Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.
A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...