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Mostrando las entradas con la etiqueta #nostalgia

Sobre "Alba: Oda a la nostalgia".

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  José Madero ha sido, sin yo proponérmelo, una suerte de narrador omnisciente en mi vida. Como esos personajes que, desde las sombras del telón, dictan lo que uno aún no sabe que sentirá. Su discografía ha sido una línea paralela a mis propios tránsitos: la secundaria con sus espinas, la preparatoria como umbral incierto, la adultez como una promesa sin firma. Pero entre todos sus álbumes, hubo uno que se me presentó a destiempo. Uno que no encajó, no porque estuviera mal hecho, sino porque me faltaba todavía perder ciertas cosas para comprenderlo. Me refiero a Alba , ese monumento sigiloso a la nostalgia. La nostalgia es una emoción incómoda. No tiene la violencia del dolor ni la ligereza de la alegría. Es una herida tibia, una presencia de lo que ya no está. Y Alba la recoge con la precisión de un entomólogo que estudia mariposas extintas. No hay en el álbum una búsqueda por rehacer el pasado, sino por habitarlo brevemente, como quien entra a una casa antigua solo para respirar...

Falto, luego existo.

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  Esta mañana, segundos antes de que mi tercera alarma comenzara a sonar —esa que siempre termina ganándome la batalla—, me desperté con una noticia del pasado. Sí, del pasado. No fue una notificación del banco, ni una promoción de alguna tienda departamental: fue un mensaje de esos que no hacen ruido, pero sí eco. Un personaje de quien he escrito antes —porque la literatura también es un cementerio lleno de vivos— decidió manifestarse durante la madrugada. Me contactó. O lo intentó. Como si supiera que justo esa noche, por una coincidencia poco frecuente, me había ido a dormir temprano. Tan temprano como lo permite un alma de hábitos nocturnos que siempre ha dicho con resignación: “ayer me dormí hoy, hoy dormiré mañana” . Y es curioso: uno pasa noches enteras despierto, disponible, despierto como un centinela que nunca recibe la carta. Y justo cuando apagas la lámpara del insomnio y decides regalarte una tregua, ahí llega el espectro de lo que alguna vez deseaste. Le escribí...

Recuerdos fuera de presupuesto.

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  Esta noche tenía planeado publicar otra cosa. El texto ya estaba escrito, corregido, y —como siempre— con la firma temblorosa de alguien que todavía cree que escribir es una forma de hacer las paces con lo que no se comprende. Era una columna distinta, quizás menos íntima, más reflexiva. Pero a última hora, y sin previo aviso, recordé a alguien. No como se recuerda una anécdota, sino como se recuerda una melodía que uno creyó haber olvidado. Y me fue imposible no escribir sobre ello. Hay personas que no se ven con claridad, pero cuya presencia se graba con una nitidez casi sobrenatural. Ella fue una de esas presencias. No compartimos espacio con frecuencia —de hecho, casi nunca—, pero cuando lo hicimos, yo la miré como se mira algo que se sabe lejano, como quien observa desde un andén a un tren que no abordará. No había pretensión, ni expectativa, ni plan alguno. Solo una fascinación silenciosa por su forma de estar. Era, como decirlo sin caer en lugares comunes, una de esas bell...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Entre flores, brujas y otras permanencias.

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  Hay textos que, por alguna razón, exigen nacer en desorden. Esta columna, por ejemplo, bien podría haber cerrado con lo que ahora estoy por decir. Pero cuando uno escribe desde el temblor, lo que importa no es la estructura, sino la urgencia. Y hoy, más que un argumento claro, tengo una idea que no quiere irse: que hay cosas —cosas profundamente simples— que se nos escapan justo porque están siempre ahí. Intentaré explicarlo, aunque sospecho que la palabra me queda corta. Pensaba en esto mientras recordaba algo tan mundano como las flores. Durante muchos años, no me detuve a verlas de verdad. Las conocía, claro, pero no con la profundidad que ahora me inquieta. Eran parte del decorado: celulosa pintada de colores, útil para adornar mesas, funerales o disculpas. Jamás me había preguntado cuánto gira, simbólicamente, alrededor de una flor. Fue hasta hace poco —quizá cuando la mirada se vuelve más serena y menos ocupada— que empecé a notar sus contornos, sus formas delicadas, s...

Las Cartas del Canciller: Vol. 1

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  Esta noche, invadido por la melancolía —esa compañera que nunca pide permiso para instalarse en la silla contigua—, he querido evocar a un personaje que, desde hace tiempo, vive entre las rendijas de mis textos: el Canciller Cabezatrueno. Pocas veces he compartido sus cartas, y no porque carezcan de fuerza o sentido, sino porque en ellas habita un romanticismo tan extremo, tan arcaico, que rozan el patetismo y la tragedia a partes iguales. Cabezatrueno no escribe para obtener respuestas; escribe para confirmar su condena. Lo suyo es un acto ceremonial de derrota sostenida. Un hombre de Estado venido a menos por su propio corazón. Así pues, les comparto una de sus misivas más recientes. Una carta que me ha parecido particularmente lúgubre y sincera. Les advierto: no es para estómagos livianos ni almas cínicas. Les dejo con la epístola…   Carta encontrada entre los papeles del Canciller Cabezatrueno: Los cuervos han llegado hasta mí. Los he visto posarse en las torres ...

Conversando en el silencio.

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  Es impresionante la cantidad de cosas que suceden en medio del silencio abismal, lejos del bullicio tradicional que da fondo y color a la cotidianidad de nuestro día a día. Digo “suceden” con total conciencia del verbo, porque no hay nada más engañosamente activo que un silencio bien sostenido. La conversación, sin embargo, no funciona —por definición— en medio del silencio. O eso creí. Nosotros —ella y yo— hemos adoptado una forma muy particular de llevar esta extraña relación epistolar. El término ya es extraño per se —además de anticuado—, pero me permito explicar. Yo escribo. Escribo como quien lanza mensajes al mar, sabiendo que la marea es hostil, que la botella tal vez no flote o que, de hacerlo, no habrá nadie en la otra orilla. Pero igual lanzo. A veces cartas, a veces columnas, a veces una línea breve escondida entre párrafos largos que sólo ella —si está atenta— sabrá reconocer. Ella, en cambio, responde con gestos mínimos. Una mirada que no pide permiso. Una...

Sobre la carta no entregada y el milagro de no estar solo.

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  La escena es clara. La mirada taciturna de un servidor frente a las puertas de su alma mater. La cita no era oficial, pero las promesas tienen su forma peculiar de instalarse en la agenda emocional: no importa si se dijeron en voz alta o apenas se susurraron en la mirada —una promesa, cuando se hace con el alma, se espera con el cuerpo completo—. Esperé. Ella no llegó. Y, aunque lo intuía, el golpe duele igual. Tenía una carta en el bolsillo. No para entregarla. Ni siquiera pensaba leerla en voz alta. La escribí en una madrugada en la que no pasaba nada y eso ya era demasiado. Era un gesto torpe, una forma de pasar el tiempo, una conversación ficticia con una ausencia que todavía tenía nombre. La llevé conmigo sin saber por qué, tal vez como quien carga un paraguas el día que más quiere que no llueva. Pero llovió. De ella, ni rastro. A veces uno escribe cartas como si eso pudiera evitar el silencio. Pero lo cierto es que las palabras no detienen lo inevitable. Solo lo hac...

Los miedos del peregrino.

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  Hay algo en la oración que siempre me ha conmovido. No el dogma, no el hábito impuesto, sino el gesto íntimo de sentarse a hablar con uno mismo en voz baja, con la excusa de estarle hablando a algo o a alguien más. Orar —cuando no es mecánico— se parece mucho a escribir. Es una forma de ordenar el caos, de ponerle estructura a la incertidumbre, de darle contorno al miedo. Yo no rezo, pero escribo. Y cuando escribo así, como ahora, siento que me estoy confesando con algo más grande que yo. A veces lo llamo tiempo, a veces futuro, a veces azar, pero casi siempre sé que, en el fondo, me estoy confesando conmigo mismo. Últimamente he estado pensando —más de lo que quisiera— en la mala suerte. En esa sensación que nos hace pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad. Que lo luminoso es apenas el prólogo del colapso. Que, si algo sale bien, entonces algo malo debe venir de inmediato para equilibrar la balanza. No lo digo como quien cree en el destino, lo digo como quien se ha...

A la mañana le cuesta la misma mañana.

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Hay despedidas que no se dicen, solo se alargan. Como una madrugada que no termina de volverse día. Como una mañana que parece quedarse atrapada en la humedad de su propio amanecer. A veces no hace falta que alguien se vaya del todo para que empecemos a perderlo. Se va en partes, en pausas, en detalles que no notamos hasta que ya no están. Uno siente cuando alguien comienza a alejarse. No por un portazo ni por una discusión dramática, sino porque su presencia —esa que antes era natural, inevitable, casi doméstica— empieza a sentirse como algo prestado. Una sombra que se vuelve ajena. Una voz que ya no se acomoda en la memoria con la misma ternura. Su forma de decir tu nombre cambia de temperatura, su risa ya no estalla como antes, y las palabras que antes bastaban, ahora parecen tener que esforzarse por ser escuchadas. Es extraño cómo el cariño no muere de golpe, sino por agotamiento. De pronto, responder un mensaje se vuelve más difícil. No por desinterés, sino porque ya no se sab...

La bruja de mis mejores pesadillas.

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La lluvia de esta noche, tímida y a ratos decidida, me ha arrastrado de nuevo a pensar en ella —aunque ya no sé si sigue siendo ella, o si alguna vez lo fue más allá de una invención conveniente del deseo—. Lo único cierto es que, con cada ráfaga que rozaba el techo como un susurro apenas sostenido, algo en mí volvía a crujir. No era tristeza. Era esa nostalgia más oscura, la que se instala cuando ya no se espera nada, pero todavía se recuerda todo. No escribo sobre una persona. No me atrevería. Sería profanar algo que ni siquiera sé si existió. Escribo sobre un símbolo, una silueta que no se deja atrapar por definiciones, que no cabe en las frases con las que solemos nombrar a la gente. Ella era —es— una forma que sólo toma cuerpo en las noches donde no se duerme, en los huecos que dejan las conversaciones que nunca se dijeron, en ese ardor mudo de lo que no se cerró, de lo que ni siquiera se rompió porque nunca llegó a sostenerse del todo. Es una figura temblorosa en la niebla de lo ...