Hace poco —unos días para mí, unas horas para ustedes— hablé de provocaciones. Pero no fue hasta este momento en que fui víctima de una verdadera provocación, con nombre y apellido y —admito— ha funcionado. No fue el escándalo lo que me alcanzó, ni la insinuación ligera que suele abundar en los márgenes de lo escrito. Fue algo más preciso, más íntimo, casi quirúrgico: una intervención en el lenguaje que yo mismo creí dominar. Y ahí, en ese territorio donde uno escribe creyéndose dueño de las formas, apareciste tú a recordarme que hay símbolos que no se prestan, que no se multiplican sin perder algo en el intento. Tal vez tengas razón en algo: las abejas, cuando se extravían, pierden su propósito. Pero hay otra posibilidad que no contemplaste —o que decidiste omitir—: que no se trate de una abeja degradándose, sino de algo distinto revelándose. Porque no todo lo que zumba busca miel; hay criaturas que no recolectan, que no endulzan, que no prometen… pero que saben exactamente ...
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