Cuando creí que mis problemas no podían ser peores, aquella frase de Coco Celis hizo más sentido que nunca: “a la mañana le cuesta la misma mañana”. La escena, para no extenderme en lo trágico, fue más o menos así: semáforo en rojo, café aún tibio, y un instante después, el sonido seco de una camioneta estampándose contra la parte trasera de mi coche. La física hizo lo suyo y yo, obediente a las leyes de Newton , sufrí los efectos del “ latigazo ”. Aquellos que han experimentado un siniestro de tal magnitud entenderán el sentimiento de impotencia, enojo, tristeza y frustración. Pasadas varias horas y con el apoyo de ángeles y héroes urbanos, regresé a casa con mi auto —o lo que queda de él—. Mi hermana, una sagaz doctora y estudiosa de la traumatología , me refirió a hacerme una radiografía . Así, tomé el transporte público, el mismo que no tomaba desde hacía ya un buen tiempo; recordé esos rostros cargados de historia y los sonidos de la jungla pavimentada, pero eso es p...
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