Buenas rolas, y muy buenas rolas.



De cuando en vez, me descubro atrapado en la antesala de un comentario inútil. Un “buen…” suspendido en la lengua, sin el valor suficiente para completarse ni la dignidad de retirarse a tiempo. No es timidez —o no solamente—, es más bien una cautela aprendida: la sospecha de que los gestos pequeños, cuando se dicen en voz alta, pierden algo de su potencia.

Fue en uno de esos lapsos —breves, casi administrativos— cuando ocurrió la intersección con la muchacha de pelo azul. No hubo ceremonia ni intención previa. Un intercambio mesurado, incluso prescindible para cualquiera que lo hubiese presenciado. Opiniones rápidas sobre piezas musicales: unas buenas, otras muy buenas. Nada que amerite archivo histórico ni pie de página… y, sin embargo, aquí estoy.

La conversación murió casi al mismo tiempo que nació, como suelen hacerlo las cosas que no saben que están destinadas a quedarse. Pero dejó algo. Una incomodidad leve. Un eco. La clase de residuo mental que no se explica por la duración del estímulo, sino por la precisión con la que cae.

Me inquieta lo fácil que ha sido pensarla después de eso. No a ella en su totalidad —sería injusto y pretencioso—, sino a la idea que dejó al pasar. A lo que provocó con tan poco. Un gesto mínimo, una opinión dicha sin énfasis, una melena azulada que no pedía atención y que, aun así, la reclamó toda. Hay algo profundamente perturbador en darse cuenta de que no se necesita más.

No es que haya cambiado mis días ni reordenado mis prioridades. Es peor: los ha contaminado de preguntas innecesarias. ¿Por qué esa frase y no otra? ¿Por qué ese tono? ¿Por qué sigo repasando una conversación que, objetivamente, no dijo nada? Tal vez porque en ese “nada” cabía demasiada posibilidad. Y la posibilidad —cuando no se nombra— suele crecer como moho en la conciencia.

No escribo esto como anuncio ni como intento de captura. Mucho menos como declaración. Es apenas una anotación marginal, un recordatorio de que incluso en los pasillos más transitados pueden ocurrir accidentes silenciosos. De que a veces basta una coincidencia mínima para poner en jaque la tranquilidad con la que uno creía caminar.

Supongo que no hay moraleja. Solo la constatación de que pensar demasiado a alguien por tan poco dice más de uno que del otro. Y eso, debo admitirlo, asusta.

Solo espero que, al encontrarme su melena azulada más de cerca, la conciencia no me traicione.


En portada: Harry Potter and the Half-Blood Prince (2009)

Comentarios

LAS MÁS LEÍDAS

Sobre los huéspedes y otros embrujos.

Que la fuerza te acompañe: #MayThe4thBeWithYou

Sobre los celos, las ensoñaciones y otros pormenores.