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Mostrando las entradas con la etiqueta #ausencia

Esperar, esperar, escribir y seguir esperando.

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  Detenerse no siempre ha sido mi elección. A veces, la pausa llega no por prudencia, sino por sorpresa. Por un giro. Por una risa que no estaba en el guion. Por un rostro que, justo cuando iba a encontrarse con el mío, decide mirar hacia otro lado. Ya sabes a qué momento me refiero. Lo hemos recordado más de una vez —con cierto humor, con cierto rubor—, como si al repetirlo le quitáramos algo de peso. Como si decirlo en voz alta hiciera que duela menos... o que importe menos. Tú juras que no fue así. Que no volteaste el rostro. Que el beso no fue fallido, sino interrumpido por circunstancias no del todo definidas. Y yo —como siempre— sonrío, asiento, y dejo que la versión oficial sea la tuya. Pero en mi memoria, aquel intento frustrado fue mi primer gran naufragio íntimo, y también el inicio de este vicio de escribir para salvarme. Éramos jóvenes. Eso no lo cambia ni la memoria más poética. Éramos más pasión que juicio, más deseo que dirección. Nos acercamos sin saber realme...

Cuando todo estaba bien, de la luna y otros pormenores.

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  Desde hace no mucho —aunque, como todo en mi memoria, ese “no mucho” puede abarcar mucho, mucho tiempo— en varias de mis conversaciones con Pianye ha comenzado a aparecer, con cierta recurrencia, una frase que iniciamos como broma pero que, con el paso de los días, ha comenzado a decirnos más de lo que esperábamos. La frase, lanzada como remate o como escudo, es: “cuando todo estaba bien” . La decimos como quien señala con gracia una imagen ajada en el fondo de la casa. A veces es una referencia vaga a los días previos a la adultez, a otras es una forma pasiva de escapar al hoy. Lo curioso es que, al usarla, nunca dejamos del todo claro a qué momento exacto nos referimos. Porque si somos estrictos, ¿cuándo fue realmente que todo estaba bien? Uno podría buscar en los calendarios, revisar fotografías antiguas, tratar de identificar un punto preciso —una hora, una calle, una conversación— en la que la vida haya sido indiscutiblemente buena. Pero lo cierto es que, cuando lo vivía...

Las Sombras de San Ildefonso.

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Hay lugares que no desaparecen aunque uno los deje atrás. Espacios que no se limitan a la arquitectura ni a los muros, sino que se extienden como una bruma sobre los recuerdos. El Colegio de San Ildefonso, por ejemplo, no me ha dejado desde el día en que una sombra —no la mía— se cruzó con la mía entre los murales, y descompuso por completo mi noción de lo real. Aquella tarde el calor caía con severidad. El sol estaba en su punto más alto y los pasillos parecían hervir bajo los pies. Yo caminaba con la mente ocupada en nada importante, cuando de pronto la vi. Fue una aparición que no hizo ruido, pero dejó marcas. Llevaba un vestido bermellón, de esos que no buscan atención y, sin embargo, la retienen. Su paso tenía una cadencia que no parecía humana. Y entonces, sin buscarlo, su figura me alcanzó con la precisión de un delirio bien calculado. No hubo palabras. Ni un roce. Ni siquiera un cruce de miradas claro. Pero algo en su presencia desató en mí un tipo de vértigo que no conocía...

Sobre "Alba: Oda a la nostalgia".

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  José Madero ha sido, sin yo proponérmelo, una suerte de narrador omnisciente en mi vida. Como esos personajes que, desde las sombras del telón, dictan lo que uno aún no sabe que sentirá. Su discografía ha sido una línea paralela a mis propios tránsitos: la secundaria con sus espinas, la preparatoria como umbral incierto, la adultez como una promesa sin firma. Pero entre todos sus álbumes, hubo uno que se me presentó a destiempo. Uno que no encajó, no porque estuviera mal hecho, sino porque me faltaba todavía perder ciertas cosas para comprenderlo. Me refiero a Alba , ese monumento sigiloso a la nostalgia. La nostalgia es una emoción incómoda. No tiene la violencia del dolor ni la ligereza de la alegría. Es una herida tibia, una presencia de lo que ya no está. Y Alba la recoge con la precisión de un entomólogo que estudia mariposas extintas. No hay en el álbum una búsqueda por rehacer el pasado, sino por habitarlo brevemente, como quien entra a una casa antigua solo para respirar...

Lámparas de espera a presencias intermitentes.

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Hace unos días —lo sé porque lo anoté, porque con ciertas memorias uno no se puede permitir el lujo del olvido— me preguntaron “¿cómo va todo?”. La pregunta es inocente, rutinaria, casi automática. Pero yo no supe responder. A veces digo que va bien por reflejo. Otras, que va mal, por cortesía. Pero esta vez me quedé en blanco, porque en realidad no tengo claro qué es “todo”. ¿La vida? ¿La salud? ¿La estabilidad emocional? ¿El desorden que dejo en cada hoja que escribo? La respuesta, por supuesto, era más compleja.  Todo va… como va lo que no termina de irse. Como esas palabras que siguen resonando mucho después de que han sido dichas. Como esa presencia que aparece de pronto —radiante, breve, impredecible— y lo desacomoda todo.  Ella tiene esa habilidad. No llega con aviso ni se despide con ceremonia. Surge, de pronto, en una historia que me cuentan, en una palabra mal usada, en un gesto que no se parece a nadie más. Y cuando lo hace, no la reconozco del todo, pero algo en mí...

Recuerdos fuera de presupuesto.

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  Esta noche tenía planeado publicar otra cosa. El texto ya estaba escrito, corregido, y —como siempre— con la firma temblorosa de alguien que todavía cree que escribir es una forma de hacer las paces con lo que no se comprende. Era una columna distinta, quizás menos íntima, más reflexiva. Pero a última hora, y sin previo aviso, recordé a alguien. No como se recuerda una anécdota, sino como se recuerda una melodía que uno creyó haber olvidado. Y me fue imposible no escribir sobre ello. Hay personas que no se ven con claridad, pero cuya presencia se graba con una nitidez casi sobrenatural. Ella fue una de esas presencias. No compartimos espacio con frecuencia —de hecho, casi nunca—, pero cuando lo hicimos, yo la miré como se mira algo que se sabe lejano, como quien observa desde un andén a un tren que no abordará. No había pretensión, ni expectativa, ni plan alguno. Solo una fascinación silenciosa por su forma de estar. Era, como decirlo sin caer en lugares comunes, una de esas bell...

La cantata de los árboles muertos.

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  Abrazar el pasado —lo sé desde hace tiempo— no es un acto de nostalgia, sino de supervivencia. No lo hago porque quiera. Lo hago porque a veces no queda otra cosa con qué cubrirse cuando el presente se vuelve inhabitable. Y no estoy hablando del drama cotidiano, de las crisis financieras o del cansancio mental que todos padecemos de vez en cuando. Me refiero al tipo de presente que te arroja al borde de ti mismo. Ese que no grita, pero asfixia. Ese que no se impone con furia, sino con silencio. El presente que te obliga a buscar sombra en lo que ya fue. De ahí nace esta columna. De la urgencia por escribir algo que me devuelva el aire. Y de esa imagen que desde hace días me ronda como un eco: la de un bosque de árboles muertos, quietos, sin hojas, pero todavía de pie. No florecen, no cantan, no hacen sombra. Pero siguen ahí. Como testigos. Como monumentos. Como advertencia. Esa es mi memoria últimamente: un bosque seco que no quiero talar. Y es que solo en el recuerdo de ...

Las Cartas del Canciller: Vol. 1

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  Esta noche, invadido por la melancolía —esa compañera que nunca pide permiso para instalarse en la silla contigua—, he querido evocar a un personaje que, desde hace tiempo, vive entre las rendijas de mis textos: el Canciller Cabezatrueno. Pocas veces he compartido sus cartas, y no porque carezcan de fuerza o sentido, sino porque en ellas habita un romanticismo tan extremo, tan arcaico, que rozan el patetismo y la tragedia a partes iguales. Cabezatrueno no escribe para obtener respuestas; escribe para confirmar su condena. Lo suyo es un acto ceremonial de derrota sostenida. Un hombre de Estado venido a menos por su propio corazón. Así pues, les comparto una de sus misivas más recientes. Una carta que me ha parecido particularmente lúgubre y sincera. Les advierto: no es para estómagos livianos ni almas cínicas. Les dejo con la epístola…   Carta encontrada entre los papeles del Canciller Cabezatrueno: Los cuervos han llegado hasta mí. Los he visto posarse en las torres ...

Conversando en el silencio.

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  Es impresionante la cantidad de cosas que suceden en medio del silencio abismal, lejos del bullicio tradicional que da fondo y color a la cotidianidad de nuestro día a día. Digo “suceden” con total conciencia del verbo, porque no hay nada más engañosamente activo que un silencio bien sostenido. La conversación, sin embargo, no funciona —por definición— en medio del silencio. O eso creí. Nosotros —ella y yo— hemos adoptado una forma muy particular de llevar esta extraña relación epistolar. El término ya es extraño per se —además de anticuado—, pero me permito explicar. Yo escribo. Escribo como quien lanza mensajes al mar, sabiendo que la marea es hostil, que la botella tal vez no flote o que, de hacerlo, no habrá nadie en la otra orilla. Pero igual lanzo. A veces cartas, a veces columnas, a veces una línea breve escondida entre párrafos largos que sólo ella —si está atenta— sabrá reconocer. Ella, en cambio, responde con gestos mínimos. Una mirada que no pide permiso. Una...

Non Sum Tibi: Ella no era para mí, pero igual la pensé.

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  Hoy ha sido un día definitorio. No porque haya encontrado respuestas, sino porque comprendí que hay verdades que no necesitan gritar. A veces basta una intuición que se convierte en certeza para que algo termine. Y así fue con ella. La muchacha distinta, disonante, fascinante. La pensé demasiado, la imaginé aún más, y aunque nunca fue mía, algo de mí ya le pertenecía. No hubo escena final. No cartas ni lágrimas. Lo nuestro fue de esos vínculos silenciosos que nunca inician y, sin embargo, dejan cicatriz. Me dediqué a traducirla en matices, como quien intenta leer una partitura que no está hecha para sus manos. Había en ella algo que me desarmaba, una melodía que parecía tocarse sola. Me dejé llevar por la idea —ilusoria, quizás— de que esta vez, habría música para mí. Un amigo y yo tenemos una frase que suele resumir estos casos. Hoy la parafraseo con respeto: “Ella quería entregarse… pero no a ti.” Y eso fue todo. No un golpe, sino una constatación que llevaba tiempo en la p...

Sobre la carta no entregada y el milagro de no estar solo.

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  La escena es clara. La mirada taciturna de un servidor frente a las puertas de su alma mater. La cita no era oficial, pero las promesas tienen su forma peculiar de instalarse en la agenda emocional: no importa si se dijeron en voz alta o apenas se susurraron en la mirada —una promesa, cuando se hace con el alma, se espera con el cuerpo completo—. Esperé. Ella no llegó. Y, aunque lo intuía, el golpe duele igual. Tenía una carta en el bolsillo. No para entregarla. Ni siquiera pensaba leerla en voz alta. La escribí en una madrugada en la que no pasaba nada y eso ya era demasiado. Era un gesto torpe, una forma de pasar el tiempo, una conversación ficticia con una ausencia que todavía tenía nombre. La llevé conmigo sin saber por qué, tal vez como quien carga un paraguas el día que más quiere que no llueva. Pero llovió. De ella, ni rastro. A veces uno escribe cartas como si eso pudiera evitar el silencio. Pero lo cierto es que las palabras no detienen lo inevitable. Solo lo hac...

Sobre el mañana y sus conjugaciones.

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Una vez más, he decidido escribirle al mañana. No por necesidad, comodidad o pragmatismo, es más un capricho —por no decir maña— que adopté desde la noche anterior. Algo entre superstición y costumbre. Y, siendo honesto, ¿de qué más podría escribir si no es sobre ella? He intentado llenar cuadernos con temas distintos, con cosas útiles, con pensamientos que no la mencionen. Pero siempre regreso a lo mismo: a esa presencia que no aparece, a esa ausencia que ya no necesita excusas. Es extraño, incluso después de todo. No es que siga buscándola. Es que todo lo que intento pensar sin ella se vuelve irrelevante. Conforme tratamos de encontrarle sentido, amar —como verbo— se vuelve más y más difícil de comprender. No en la teoría, claro. En el papel, amar parece sencillo: cuidar, escuchar, ceder, permanecer. Pero en la ejecución real, amar es una especie de acertijo que, en la mayoría de las veces, casi nunca puede ser resuelto. Algo siempre falta. Algo no se entiende. Y ese algo —ese mínimo...

La bruja de mis mejores pesadillas.

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La lluvia de esta noche, tímida y a ratos decidida, me ha arrastrado de nuevo a pensar en ella —aunque ya no sé si sigue siendo ella, o si alguna vez lo fue más allá de una invención conveniente del deseo—. Lo único cierto es que, con cada ráfaga que rozaba el techo como un susurro apenas sostenido, algo en mí volvía a crujir. No era tristeza. Era esa nostalgia más oscura, la que se instala cuando ya no se espera nada, pero todavía se recuerda todo. No escribo sobre una persona. No me atrevería. Sería profanar algo que ni siquiera sé si existió. Escribo sobre un símbolo, una silueta que no se deja atrapar por definiciones, que no cabe en las frases con las que solemos nombrar a la gente. Ella era —es— una forma que sólo toma cuerpo en las noches donde no se duerme, en los huecos que dejan las conversaciones que nunca se dijeron, en ese ardor mudo de lo que no se cerró, de lo que ni siquiera se rompió porque nunca llegó a sostenerse del todo. Es una figura temblorosa en la niebla de lo ...