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Mostrando las entradas con la etiqueta #memoria

Cuando todo estaba bien, de la luna y otros pormenores.

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  Desde hace no mucho —aunque, como todo en mi memoria, ese “no mucho” puede abarcar mucho, mucho tiempo— en varias de mis conversaciones con Pianye ha comenzado a aparecer, con cierta recurrencia, una frase que iniciamos como broma pero que, con el paso de los días, ha comenzado a decirnos más de lo que esperábamos. La frase, lanzada como remate o como escudo, es: “cuando todo estaba bien” . La decimos como quien señala con gracia una imagen ajada en el fondo de la casa. A veces es una referencia vaga a los días previos a la adultez, a otras es una forma pasiva de escapar al hoy. Lo curioso es que, al usarla, nunca dejamos del todo claro a qué momento exacto nos referimos. Porque si somos estrictos, ¿cuándo fue realmente que todo estaba bien? Uno podría buscar en los calendarios, revisar fotografías antiguas, tratar de identificar un punto preciso —una hora, una calle, una conversación— en la que la vida haya sido indiscutiblemente buena. Pero lo cierto es que, cuando lo vivía...

Pero qué terror (el terror).

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  Hay fechas que no significan nada, hasta que uno decide prestarles atención. Este viernes 13, por ejemplo, podría haber sido cualquier cosa: un número, una coincidencia, una broma para supersticiosos. Pero la mente —caprichosa como es— se inclinó hacia una idea distinta. No el miedo como figura que asusta, sino como sensación que detiene. El miedo no a lo que viene de fuera, sino a lo que brota desde adentro. No sabría decir cuándo comenzó exactamente. Tal vez fue al leerla por primera vez. Una frase corta, sin mayor intención aparente, pero con un filo que me alcanzó con precisión. No hubo advertencia. Solo una palabra suya —despreocupada, tal vez involuntaria— que se quedó fija, como un insecto en el vidrio. Desde entonces, algo dentro de mí se volvió más torpe cada vez que llegaba su nombre. No fue amor a primera vista. No hubo vista. Solo palabras, en su tono preciso, colocadas con esa naturalidad que tiene quien escribe sin saber que alguien la está leyendo con temblo...

Falto, luego existo.

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  Esta mañana, segundos antes de que mi tercera alarma comenzara a sonar —esa que siempre termina ganándome la batalla—, me desperté con una noticia del pasado. Sí, del pasado. No fue una notificación del banco, ni una promoción de alguna tienda departamental: fue un mensaje de esos que no hacen ruido, pero sí eco. Un personaje de quien he escrito antes —porque la literatura también es un cementerio lleno de vivos— decidió manifestarse durante la madrugada. Me contactó. O lo intentó. Como si supiera que justo esa noche, por una coincidencia poco frecuente, me había ido a dormir temprano. Tan temprano como lo permite un alma de hábitos nocturnos que siempre ha dicho con resignación: “ayer me dormí hoy, hoy dormiré mañana” . Y es curioso: uno pasa noches enteras despierto, disponible, despierto como un centinela que nunca recibe la carta. Y justo cuando apagas la lámpara del insomnio y decides regalarte una tregua, ahí llega el espectro de lo que alguna vez deseaste. Le escribí...

Lámparas de espera a presencias intermitentes.

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Hace unos días —lo sé porque lo anoté, porque con ciertas memorias uno no se puede permitir el lujo del olvido— me preguntaron “¿cómo va todo?”. La pregunta es inocente, rutinaria, casi automática. Pero yo no supe responder. A veces digo que va bien por reflejo. Otras, que va mal, por cortesía. Pero esta vez me quedé en blanco, porque en realidad no tengo claro qué es “todo”. ¿La vida? ¿La salud? ¿La estabilidad emocional? ¿El desorden que dejo en cada hoja que escribo? La respuesta, por supuesto, era más compleja.  Todo va… como va lo que no termina de irse. Como esas palabras que siguen resonando mucho después de que han sido dichas. Como esa presencia que aparece de pronto —radiante, breve, impredecible— y lo desacomoda todo.  Ella tiene esa habilidad. No llega con aviso ni se despide con ceremonia. Surge, de pronto, en una historia que me cuentan, en una palabra mal usada, en un gesto que no se parece a nadie más. Y cuando lo hace, no la reconozco del todo, pero algo en mí...

La cantata de los árboles muertos.

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  Abrazar el pasado —lo sé desde hace tiempo— no es un acto de nostalgia, sino de supervivencia. No lo hago porque quiera. Lo hago porque a veces no queda otra cosa con qué cubrirse cuando el presente se vuelve inhabitable. Y no estoy hablando del drama cotidiano, de las crisis financieras o del cansancio mental que todos padecemos de vez en cuando. Me refiero al tipo de presente que te arroja al borde de ti mismo. Ese que no grita, pero asfixia. Ese que no se impone con furia, sino con silencio. El presente que te obliga a buscar sombra en lo que ya fue. De ahí nace esta columna. De la urgencia por escribir algo que me devuelva el aire. Y de esa imagen que desde hace días me ronda como un eco: la de un bosque de árboles muertos, quietos, sin hojas, pero todavía de pie. No florecen, no cantan, no hacen sombra. Pero siguen ahí. Como testigos. Como monumentos. Como advertencia. Esa es mi memoria últimamente: un bosque seco que no quiero talar. Y es que solo en el recuerdo de ...

Anatomía de una posibilidad.

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Anoche, poco antes de publicar mi columna —vaya a leerla si aún no lo hace—, tuve una conversación que me hizo pensar lo siguiente: tal vez vivir del pasado no sea tan malo, si se aprende a hacerlo con moderación y sin rencor. Me refiero, claro, a esas pequeñas sobras de belleza que el tiempo no logró llevarse del todo, a los recuerdos que se quedaron como muebles viejos: sin función práctica, pero imposibles de tirar. He pensado mucho en la posibilidad —más bien, el capricho— de imaginar versiones alternativas de mi historia. No en el sentido fantástico o escapista, sino como un ejercicio emocional, una forma de abrazar con ternura lo que ya no es, lo que nunca fue, y lo que —muy probablemente— nunca será. Hay quienes creen que eso es condenarse a no avanzar. Yo no lo creo. A veces, regresar a ciertos lugares no es un signo de debilidad, sino de afecto. Uno no vuelve donde fue feliz. Uno vuelve donde quiso serlo, pero no pudo. Con ella —y digo ella sin precisar quién, porque ella sabe...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Entre flores, brujas y otras permanencias.

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  Hay textos que, por alguna razón, exigen nacer en desorden. Esta columna, por ejemplo, bien podría haber cerrado con lo que ahora estoy por decir. Pero cuando uno escribe desde el temblor, lo que importa no es la estructura, sino la urgencia. Y hoy, más que un argumento claro, tengo una idea que no quiere irse: que hay cosas —cosas profundamente simples— que se nos escapan justo porque están siempre ahí. Intentaré explicarlo, aunque sospecho que la palabra me queda corta. Pensaba en esto mientras recordaba algo tan mundano como las flores. Durante muchos años, no me detuve a verlas de verdad. Las conocía, claro, pero no con la profundidad que ahora me inquieta. Eran parte del decorado: celulosa pintada de colores, útil para adornar mesas, funerales o disculpas. Jamás me había preguntado cuánto gira, simbólicamente, alrededor de una flor. Fue hasta hace poco —quizá cuando la mirada se vuelve más serena y menos ocupada— que empecé a notar sus contornos, sus formas delicadas, s...

Las Cartas del Canciller: Vol. 1

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  Esta noche, invadido por la melancolía —esa compañera que nunca pide permiso para instalarse en la silla contigua—, he querido evocar a un personaje que, desde hace tiempo, vive entre las rendijas de mis textos: el Canciller Cabezatrueno. Pocas veces he compartido sus cartas, y no porque carezcan de fuerza o sentido, sino porque en ellas habita un romanticismo tan extremo, tan arcaico, que rozan el patetismo y la tragedia a partes iguales. Cabezatrueno no escribe para obtener respuestas; escribe para confirmar su condena. Lo suyo es un acto ceremonial de derrota sostenida. Un hombre de Estado venido a menos por su propio corazón. Así pues, les comparto una de sus misivas más recientes. Una carta que me ha parecido particularmente lúgubre y sincera. Les advierto: no es para estómagos livianos ni almas cínicas. Les dejo con la epístola…   Carta encontrada entre los papeles del Canciller Cabezatrueno: Los cuervos han llegado hasta mí. Los he visto posarse en las torres ...

Sobre lo que fue, lo que no fue, y lo que todavía nos abraza.

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  Estaba revisitando El Alba de José Madero. Un disco que tiene algo de exilio emocional y de espejo retrovisor. Las canciones —todas, sin excepción— cargan una melancolía que no se impone, sino que se queda flotando en el ambiente como una humedad emocional que uno no sabe si le alivia o le enferma. Pero entre todas, hubo una que me atrapó con más fuerza esta vez: Ahora y Hoy . No es la primera vez que la escucho, claro. Pero ya sabemos que hay canciones que se entienden mejor según el día, según el temblor que uno lleve dentro. Y hoy, no sé por qué, esa letra me hizo pensar en el pasado —en ese pasado que uno a veces romantiza para no tener que enfrentar lo gris del presente—. Me hizo pensar en lo que fui, en lo que quise, en lo que no llegó. Y me hizo pensar en ella. No en la persona que ahora camina por otros rumbos, sino en quien fue entonces. La que, sin proponérselo, todavía aparece cuando suena cierta música o al cruzar una calle con historia. La que persiste como sombra t...

Sobre lo que parece amor, aunque tal vez no lo sea.

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  Hace unos días me encontré en la red social X (antes Twitter) una fotografía del cuadro Ceci n’est pas une pipe —Esto no es una pipa— del pintor belga René Magritte. Lo recordaba vagamente de alguna memoria perdida, pero esta vez me detuve a mirarlo más de lo necesario. Lo describo: una pipa, perfectamente ilustrada, que lleva una frase escrita con pulso firme que niega lo que estamos viendo. “Esto no es una pipa”. Y, claro, tiene razón. No lo es. Es solo una representación. Una imagen. Un intento. La pipa real —la que puede olerse, tocarse, llenarse de humo— no está allí. Magritte no mintió. Solo nos recordó lo evidente que a veces se nos escapa: que lo que mostramos no siempre es lo que es. Que la forma no garantiza la esencia. Que lo que decimos no necesariamente se corresponde con lo que sentimos. Ese cuadro, sin querer, me dejó pensando todo el día. Más allá del arte, más allá de la ironía visual. Me llevó a otra pregunta, mucho más difícil de responder: ¿y si el querer...

La bruja de mis mejores pesadillas.

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La lluvia de esta noche, tímida y a ratos decidida, me ha arrastrado de nuevo a pensar en ella —aunque ya no sé si sigue siendo ella, o si alguna vez lo fue más allá de una invención conveniente del deseo—. Lo único cierto es que, con cada ráfaga que rozaba el techo como un susurro apenas sostenido, algo en mí volvía a crujir. No era tristeza. Era esa nostalgia más oscura, la que se instala cuando ya no se espera nada, pero todavía se recuerda todo. No escribo sobre una persona. No me atrevería. Sería profanar algo que ni siquiera sé si existió. Escribo sobre un símbolo, una silueta que no se deja atrapar por definiciones, que no cabe en las frases con las que solemos nombrar a la gente. Ella era —es— una forma que sólo toma cuerpo en las noches donde no se duerme, en los huecos que dejan las conversaciones que nunca se dijeron, en ese ardor mudo de lo que no se cerró, de lo que ni siquiera se rompió porque nunca llegó a sostenerse del todo. Es una figura temblorosa en la niebla de lo ...