Cuando todo estaba bien, de la luna y otros pormenores.
Desde hace no mucho —aunque, como todo en mi memoria, ese “no mucho” puede abarcar mucho, mucho tiempo— en varias de mis conversaciones con Pianye ha comenzado a aparecer, con cierta recurrencia, una frase que iniciamos como broma pero que, con el paso de los días, ha comenzado a decirnos más de lo que esperábamos. La frase, lanzada como remate o como escudo, es: “cuando todo estaba bien” . La decimos como quien señala con gracia una imagen ajada en el fondo de la casa. A veces es una referencia vaga a los días previos a la adultez, a otras es una forma pasiva de escapar al hoy. Lo curioso es que, al usarla, nunca dejamos del todo claro a qué momento exacto nos referimos. Porque si somos estrictos, ¿cuándo fue realmente que todo estaba bien? Uno podría buscar en los calendarios, revisar fotografías antiguas, tratar de identificar un punto preciso —una hora, una calle, una conversación— en la que la vida haya sido indiscutiblemente buena. Pero lo cierto es que, cuando lo vivía...