Se le llama "migajas".
Las recientes lluvias me han dado en qué pensar. No por romántico —que también—, sino porque la lluvia tiene ese efecto de ralentizarlo todo. De obligarte a mirar el cielo, y después, inevitablemente, mirar hacia adentro. Y cuando uno se mira lo suficiente, empieza a recordar. No siempre lo que quiere, pero sí lo que aún duele. Hay días, por ejemplo, en que me descubro esperando algo. No sé bien qué. Un gesto, una palabra, una reaparición. A veces es un mensaje que no llega, otras veces es una reacción que nunca fue. Me he vuelto experto en adivinar señales que probablemente no existen. Y aun así, me aferro a ellas. Como si cada respiro vago, cada saludo sin énfasis, fuera una carta escondida entre líneas. A eso, me temo, se le llama migajas . No quiero sonar trágico, pero confieso que he escrito páginas enteras por una línea suya. Me he mantenido firme durante semanas con la sola esperanza de una aparición mínima, fugaz, casi accidental. He atribuido peso literario a palabras lanz...