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Mostrando las entradas con la etiqueta #amor

Un recuerdo más de cuando todo estaba bien.

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Amar es uno de los misterios más grandes que habitan en el alma humana. A menudo lo confundimos con la posesión, con la mirada que busca asegurarse la presencia del otro, con la esperanza de que el amor sea un espejo donde reflejarnos juntos. Pero amar va más allá de la vista y de los cuerpos que pueden tocarse o alejarse. Existe un amor silencioso, que no reclama ni exige, que no se mide en correspondencias ni en encuentros. Es el amor que arde en el silencio de los corazones solitarios, el que resiste la ausencia y supera la distancia. Es ese latido invisible que sigue marcando un ritmo constante cuando la mirada se cierra y la figura amada se desvanece. Nos enseñan a amar mirando, a amar viendo, y sin embargo, el amor verdadero nace en un terreno más íntimo, donde los ojos no alcanzan a llegar. Amar es un acto profundo y solitario, un pacto con la esencia del otro que no depende de su presencia, ni de su aceptación. Amar es, en esencia, una entrega sin medida, una fe que permane...

"¡Che bello suona l'Allegretto!": Sobre no hacer nada, la timidez y otros pormenores.

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La defensa francesa.

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  No suelo jugar ajedrez. Me gusta observarlo, estudiarlo, incluso hablar de él con entusiasmo sobreactuado. Pero jugarlo, no. Me pone nervioso la idea de que cada movimiento tenga consecuencias. Que no haya azar, ni pretextos. Que todo sea culpa mía o mérito del otro. Que cada silencio tenga el peso de una decisión y cada decisión, el potencial de un jaque mate. Aun así, no dejo de volver a él, sobre todo cuando pienso en ti. Hay días en que siento que todo esto —esto de escribirte sin saber si me lees, de pensarte sin saber si me piensas— es una especie de partida por correspondencia. Como esas viejas contiendas entre maestros soviéticos que se prolongaban por meses, cada uno enviando su movimiento a través de una carta cuidadosamente redactada. El reloj no corría para quien esperaba, solo para quien respondía. Y si bien eso evitaba el apuro, también condenaba al olvido. Supongo que nosotros somos algo parecido: dos jugadores de distinta escuela, que a veces mueven piezas con e...

Se le llama "migajas".

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Las recientes lluvias me han dado en qué pensar. No por romántico —que también—, sino porque la lluvia tiene ese efecto de ralentizarlo todo. De obligarte a mirar el cielo, y después, inevitablemente, mirar hacia adentro. Y cuando uno se mira lo suficiente, empieza a recordar. No siempre lo que quiere, pero sí lo que aún duele. Hay días, por ejemplo, en que me descubro esperando algo. No sé bien qué. Un gesto, una palabra, una reaparición. A veces es un mensaje que no llega, otras veces es una reacción que nunca fue. Me he vuelto experto en adivinar señales que probablemente no existen. Y aun así, me aferro a ellas. Como si cada respiro vago, cada saludo sin énfasis, fuera una carta escondida entre líneas. A eso, me temo, se le llama migajas . No quiero sonar trágico, pero confieso que he escrito páginas enteras por una línea suya. Me he mantenido firme durante semanas con la sola esperanza de una aparición mínima, fugaz, casi accidental. He atribuido peso literario a palabras lanz...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Sobre los actos paganos, voces dormidas y otros pormenores.

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  Durante mucho tiempo —años enteros, si soy honesto conmigo mismo— he mantenido una fidelidad dogmática a ciertos rostros, a ciertos nombres, a ciertos templos de memoria emocional donde nada nuevo podía entrar sin pasar primero por el umbral del pasado. Mis devociones eran antiguas, casi litúrgicas. Sabía a quién escribir, cómo escribirle, qué tono usar, qué nombre no mencionar jamás para no romper el hechizo. Y sin embargo, de un tiempo para acá, una figura nueva ha empezado a emerger con la persistencia silenciosa de un astro que no se postula para el centro, pero que, sin querer, desplaza la órbita. No es amor. Ni siquiera sospecho que lo será. Pero hay algo profundamente pagano en lo que siento cuando ella aparece. Algo que desobedece la línea recta de mis antiguas escrituras. Ella no me pertenece, y eso, en lugar de alejarme, me sostiene. Me doy cuenta de que la pienso más de lo prudente. Que busco sus ojos como quien interroga un oráculo que no tiene tiempo de contestar. ...

Conversando en el silencio.

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  Es impresionante la cantidad de cosas que suceden en medio del silencio abismal, lejos del bullicio tradicional que da fondo y color a la cotidianidad de nuestro día a día. Digo “suceden” con total conciencia del verbo, porque no hay nada más engañosamente activo que un silencio bien sostenido. La conversación, sin embargo, no funciona —por definición— en medio del silencio. O eso creí. Nosotros —ella y yo— hemos adoptado una forma muy particular de llevar esta extraña relación epistolar. El término ya es extraño per se —además de anticuado—, pero me permito explicar. Yo escribo. Escribo como quien lanza mensajes al mar, sabiendo que la marea es hostil, que la botella tal vez no flote o que, de hacerlo, no habrá nadie en la otra orilla. Pero igual lanzo. A veces cartas, a veces columnas, a veces una línea breve escondida entre párrafos largos que sólo ella —si está atenta— sabrá reconocer. Ella, en cambio, responde con gestos mínimos. Una mirada que no pide permiso. Una...

Non Sum Tibi: Ella no era para mí, pero igual la pensé.

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  Hoy ha sido un día definitorio. No porque haya encontrado respuestas, sino porque comprendí que hay verdades que no necesitan gritar. A veces basta una intuición que se convierte en certeza para que algo termine. Y así fue con ella. La muchacha distinta, disonante, fascinante. La pensé demasiado, la imaginé aún más, y aunque nunca fue mía, algo de mí ya le pertenecía. No hubo escena final. No cartas ni lágrimas. Lo nuestro fue de esos vínculos silenciosos que nunca inician y, sin embargo, dejan cicatriz. Me dediqué a traducirla en matices, como quien intenta leer una partitura que no está hecha para sus manos. Había en ella algo que me desarmaba, una melodía que parecía tocarse sola. Me dejé llevar por la idea —ilusoria, quizás— de que esta vez, habría música para mí. Un amigo y yo tenemos una frase que suele resumir estos casos. Hoy la parafraseo con respeto: “Ella quería entregarse… pero no a ti.” Y eso fue todo. No un golpe, sino una constatación que llevaba tiempo en la p...

Las musas que llegan tarde y las que nunca se van.

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  A veces creo que el universo tiene un sentido del humor particularmente cruel conmigo. Justo cuando empiezo a creer que algo nuevo puede florecer —una palabra, una risa, una mirada que promete distraerme—, regresa. No en cuerpo, claro. Pero sí en forma. En sombra. En eco. En esa vibración interna que delata que todavía no está fuera de mí, aunque ya no esté cerca. Había comenzado a escribir sobre alguien más. Alguien que, con su sola presencia, parecía traer luz a un rincón que llevaba demasiado tiempo dormido. No era amor. No todavía. Era esa chispa inicial que uno aprende a detectar con miedo, pero también con ilusión. Y entonces… ocurrió. Ella volvió. No físicamente. Pero basta una señal mínima, un recuerdo arbitrario, una imagen mal acomodada en la mente, para que todo lo demás tambalee. Cuando siento que puedo empezar a construir algo nuevo, ella —la que nunca nombro, pero siempre entiendo— regresa a mi sistema emocional como si tuviera derecho de admisión permanente. No...

Los miedos del peregrino.

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  Hay algo en la oración que siempre me ha conmovido. No el dogma, no el hábito impuesto, sino el gesto íntimo de sentarse a hablar con uno mismo en voz baja, con la excusa de estarle hablando a algo o a alguien más. Orar —cuando no es mecánico— se parece mucho a escribir. Es una forma de ordenar el caos, de ponerle estructura a la incertidumbre, de darle contorno al miedo. Yo no rezo, pero escribo. Y cuando escribo así, como ahora, siento que me estoy confesando con algo más grande que yo. A veces lo llamo tiempo, a veces futuro, a veces azar, pero casi siempre sé que, en el fondo, me estoy confesando conmigo mismo. Últimamente he estado pensando —más de lo que quisiera— en la mala suerte. En esa sensación que nos hace pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad. Que lo luminoso es apenas el prólogo del colapso. Que, si algo sale bien, entonces algo malo debe venir de inmediato para equilibrar la balanza. No lo digo como quien cree en el destino, lo digo como quien se ha...

Sobre los dones que no todos recibimos (y aun así cargamos).

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Hace unos días, en mi columna sobre la elección de S.S. León XIV, escribí sobre cómo mi crisis de fe durante la adolescencia fue el punto de inflexión que me llevó a convertirme en lo que ahora llamo —con más cariño que precisión— un ateo guadalupano. Lo dije entonces, y lo repito ahora: no dejé de creer por soberbia, sino por cansancio. Y, sin embargo, no me alejé del todo. Me quedé en el umbral, como quien no entra al templo, pero tampoco se atreve a darle la espalda. Hoy no quiero hablar del Papa. Hoy quiero hablar de la fe. De esa cosa tan extraña, tan frágil, tan poderosa, que no todos tuvimos el privilegio de recibir. Porque aunque me eduqué entre altares, procesiones y parábolas, nunca supe —o nunca logré— tener fe como se supone que debe tenerse: sin duda, sin resistencia, sin explicación. En un mundo donde nada es estático, las certezas son escasas. Las verdades se debaten, las convicciones se ajustan, las estructuras cambian. Y en medio de todo eso, hay quienes todavía cr...

Sobre lo que parece amor, aunque tal vez no lo sea.

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  Hace unos días me encontré en la red social X (antes Twitter) una fotografía del cuadro Ceci n’est pas une pipe —Esto no es una pipa— del pintor belga René Magritte. Lo recordaba vagamente de alguna memoria perdida, pero esta vez me detuve a mirarlo más de lo necesario. Lo describo: una pipa, perfectamente ilustrada, que lleva una frase escrita con pulso firme que niega lo que estamos viendo. “Esto no es una pipa”. Y, claro, tiene razón. No lo es. Es solo una representación. Una imagen. Un intento. La pipa real —la que puede olerse, tocarse, llenarse de humo— no está allí. Magritte no mintió. Solo nos recordó lo evidente que a veces se nos escapa: que lo que mostramos no siempre es lo que es. Que la forma no garantiza la esencia. Que lo que decimos no necesariamente se corresponde con lo que sentimos. Ese cuadro, sin querer, me dejó pensando todo el día. Más allá del arte, más allá de la ironía visual. Me llevó a otra pregunta, mucho más difícil de responder: ¿y si el querer...

Sobre el mañana y sus conjugaciones.

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Una vez más, he decidido escribirle al mañana. No por necesidad, comodidad o pragmatismo, es más un capricho —por no decir maña— que adopté desde la noche anterior. Algo entre superstición y costumbre. Y, siendo honesto, ¿de qué más podría escribir si no es sobre ella? He intentado llenar cuadernos con temas distintos, con cosas útiles, con pensamientos que no la mencionen. Pero siempre regreso a lo mismo: a esa presencia que no aparece, a esa ausencia que ya no necesita excusas. Es extraño, incluso después de todo. No es que siga buscándola. Es que todo lo que intento pensar sin ella se vuelve irrelevante. Conforme tratamos de encontrarle sentido, amar —como verbo— se vuelve más y más difícil de comprender. No en la teoría, claro. En el papel, amar parece sencillo: cuidar, escuchar, ceder, permanecer. Pero en la ejecución real, amar es una especie de acertijo que, en la mayoría de las veces, casi nunca puede ser resuelto. Algo siempre falta. Algo no se entiende. Y ese algo —ese mínimo...

La responsable de que hoy escriba sin faltas de ortografía.

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Hoy es 10 de mayo, y uno no sabe muy bien qué decir cuando el corazón se queda corto frente a lo que ha sido constante toda la vida. Podría hablar de flores, de desayunos con pan dulce, de mariachis en la sala o de pasteles improvisados, pero nada de eso alcanza. No cuando se trata de la mujer que nos sostuvo antes de que supiéramos hablar, la que nos enseñó a caminar y después tuvo que vernos alejarnos sin saber si volveríamos enteros. Puedo recordar claramente estar en la mesa de la sala, sentado frente a un cuaderno de doble raya. Tenía que escribir planas de las palabras que había escrito de forma incorrecta. Mi mano estaba cansada, dolía esgrimir el lápiz bicolor. Ella supervisó hasta caer la noche, haciéndome repetir los intentos fallidos hasta “hacerlo bien”. Nunca levantó la voz, pero su mirada tenía el peso de quien sabe que el esfuerzo también se enseña. Esa noche aprendí a escribir bien, sí… pero también aprendí que hay manos que, en lugar de soltar, enseñan a resistir. ...