Sobre lo que parece amor, aunque tal vez no lo sea.

 



Hace unos días me encontré en la red social X (antes Twitter) una fotografía del cuadro Ceci n’est pas une pipe —Esto no es una pipa— del pintor belga René Magritte. Lo recordaba vagamente de alguna memoria perdida, pero esta vez me detuve a mirarlo más de lo necesario. Lo describo: una pipa, perfectamente ilustrada, que lleva una frase escrita con pulso firme que niega lo que estamos viendo. “Esto no es una pipa”.

Y, claro, tiene razón. No lo es. Es solo una representación. Una imagen. Un intento. La pipa real —la que puede olerse, tocarse, llenarse de humo— no está allí. Magritte no mintió. Solo nos recordó lo evidente que a veces se nos escapa: que lo que mostramos no siempre es lo que es. Que la forma no garantiza la esencia. Que lo que decimos no necesariamente se corresponde con lo que sentimos.

Ese cuadro, sin querer, me dejó pensando todo el día. Más allá del arte, más allá de la ironía visual. Me llevó a otra pregunta, mucho más difícil de responder: ¿y si el querer —el mío, el que siento, el que digo— también es solo una representación de algo más profundo que no sé cómo nombrar? ¿Y si decirte que te quiero, escribirte, pensarte, soñarte… no es, en realidad, quererte?

Es decir, ¿qué significa querer? ¿Cuál es mi forma de querer? Porque se puede decir “te quiero” con flores, con cartas, con ausencias elegidas, con silencios compartidos, con frases repetidas, con preocupaciones mal comunicadas. Se puede querer a alguien desde la distancia, desde la costumbre, desde el miedo. Se puede querer con ternura, con torpeza, con exceso. Se puede querer tanto que uno asfixia, o tan poco que el otro ni se entera. Y en todos los casos, uno cree que está queriendo.

Entonces, ¿lo mío es querer… o solo la imagen de eso?

A veces siento que te quiero con honestidad, pero no con claridad. Que mi forma de hacerlo es confusa incluso para mí. Que te escribo no por tener certezas, sino porque necesito poner en papel algo que, al hablarse, se rompería. Tal vez porque, como la pipa de Magritte, lo que siento no puede fumarse, ni olerse, ni sostenerse. Solo puede imaginarse, representarse, proyectarse.

Me gustaría decir que te quiero de una manera que puedas entender sin explicación. Pero me temo que mi forma de querer no siempre coincide con la forma de recibir. Que mi cariño se parece más a un cuadro que a una presencia. Que a veces parezco estar, pero soy solo el marco. Que mi afecto no llega a tocarte, aunque lo haya pensado para ti.

Y, aun así, lo siento. Aunque no sea “una pipa”. Aunque no sea “quererte” como lo dictan los libros o las canciones o los gestos socialmente aceptables. Lo mío es más bien una mezcla entre deseo de estar, incapacidad de acercarme y necesidad de que al menos sepas que, de algún modo, existes en mí. Que estás —o estuviste— en cada trazo. Que el cuadro, aunque no sea lo real, sigue siendo mío.

Quizá eso es lo único que tengo para ofrecer: una forma incompleta, imperfecta, pero profundamente mía de quererte.

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