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Disfraz en pareja.

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  A vísperas de la noche de brujas, un ingenuo —y no menos irresponsable— servidor se encontraba ocioso en clase. De un lado, un libro sobre bodegas y almacenes; del otro, fotografías de disfraces para Halloween. Entre estanterías y máscaras, pensé que una cosa tenía mucho más sentido que la otra, aunque no sabría decir cuál. Fue entonces que la idea, absurda y cómica a partes iguales, se me presentó: un disfraz en pareja para asistir a una fiesta temática. No había fiesta, mucho menos pareja, pero el disfraz tenía que estar. Y aquí conviene hacer una confesión. No es que tuviera muchas esperanzas de pasar por “mi estaquita” —como cariñosamente suelo referirme la muchacha del exclusivo, aunque jamás se lo haya dicho en voz alta— y llevarla de la mano a una fiesta de disfraces. No. Pero pensar en ello y planearlo como si fuera a suceder me daba algo parecido a la esperanza. Una esperanza que no se sostiene en la lógica, sino en la ilusión: esa necedad romántica de los que todavía cr...

La cantata de los tercos.

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  Hay canciones que uno no escribe, sino que se confiesan solas. Aparecen sin pedir permiso, con la insistencia de un recuerdo que no sabe quedarse callado. Esta —la que hoy comparto— nació en uno de esos lapsos en que el silencio se vuelve insoportable, en que uno se siente condenado a seguir pensando en aquello que ya debería haber dejado atrás. No fue un intento por ser músico, ni poeta, ni mártir del desamor; fue, simplemente, un acto de supervivencia. No era un pensamiento complejo ni una revelación divina, solo esa absurda necesidad de ponerle nombre a la terquedad de seguir sintiendo. No buscaba escribir una obra maestra; buscaba —quizá— entender por qué a veces duele más no olvidar que haber perdido. Le puse “La cantata de los tercos” porque, a falta de un nombre mejor, era lo más honesto que podía decir. No es un canto heroico ni una oda al romanticismo, es la crónica de quienes —como yo— seguimos aferrándonos a lo que ya no está, aunque sepamos que hacerlo es inútil....