La cantata de los tercos.

 

Hay canciones que uno no escribe, sino que se confiesan solas. Aparecen sin pedir permiso, con la insistencia de un recuerdo que no sabe quedarse callado. Esta —la que hoy comparto— nació en uno de esos lapsos en que el silencio se vuelve insoportable, en que uno se siente condenado a seguir pensando en aquello que ya debería haber dejado atrás. No fue un intento por ser músico, ni poeta, ni mártir del desamor; fue, simplemente, un acto de supervivencia.

No era un pensamiento complejo ni una revelación divina, solo esa absurda necesidad de ponerle nombre a la terquedad de seguir sintiendo. No buscaba escribir una obra maestra; buscaba —quizá— entender por qué a veces duele más no olvidar que haber perdido.

Le puse “La cantata de los tercos” porque, a falta de un nombre mejor, era lo más honesto que podía decir. No es un canto heroico ni una oda al romanticismo, es la crónica de quienes —como yo— seguimos aferrándonos a lo que ya no está, aunque sepamos que hacerlo es inútil. 

No se trata de amor, al menos no en el sentido solemne que le damos a esa palabra. Porque, si algo he aprendido, es que los tercos no amamos más —ni mejor—, solo nos cuesta un poco más aceptar que se acabó.


"La cantata de los tercos"

Yo siempre he sido de los que se aferran

Pero esta vez no pude sostener

El gran anhelo por sentirme parte

O tan siquiera cerca de tu menester

Le he prometido a todos mis amigos

Que no buscaré de nuevo tu calor

Y mucho menos llegar a tu corazón


Cuando me acerco tanto a tu ventana

No es inusual que me ponga a temblar

Con tanta tinta tonta desencanto

Y por tonto no consigo conjugar 

He desquiciado a mis compañeros

Y hasta al cantinero por tanto decir

Que todavía pienso tanto tanto en ti


Y si en esgrújula yo conjugándole

No importándome la entonación

Intercambiándole razón por júbilo

Cuando observándole de cerca estoy

Pues si en los páramos luego buscáramos

Aquellos pájaros detrás del sol

Entre las nubes, cantáranos una canción

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