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Mostrando las entradas con la etiqueta #melancolía

Cuando todo estaba bien, de la luna y otros pormenores.

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  Desde hace no mucho —aunque, como todo en mi memoria, ese “no mucho” puede abarcar mucho, mucho tiempo— en varias de mis conversaciones con Pianye ha comenzado a aparecer, con cierta recurrencia, una frase que iniciamos como broma pero que, con el paso de los días, ha comenzado a decirnos más de lo que esperábamos. La frase, lanzada como remate o como escudo, es: “cuando todo estaba bien” . La decimos como quien señala con gracia una imagen ajada en el fondo de la casa. A veces es una referencia vaga a los días previos a la adultez, a otras es una forma pasiva de escapar al hoy. Lo curioso es que, al usarla, nunca dejamos del todo claro a qué momento exacto nos referimos. Porque si somos estrictos, ¿cuándo fue realmente que todo estaba bien? Uno podría buscar en los calendarios, revisar fotografías antiguas, tratar de identificar un punto preciso —una hora, una calle, una conversación— en la que la vida haya sido indiscutiblemente buena. Pero lo cierto es que, cuando lo vivía...

Sobre "Alba: Oda a la nostalgia".

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  José Madero ha sido, sin yo proponérmelo, una suerte de narrador omnisciente en mi vida. Como esos personajes que, desde las sombras del telón, dictan lo que uno aún no sabe que sentirá. Su discografía ha sido una línea paralela a mis propios tránsitos: la secundaria con sus espinas, la preparatoria como umbral incierto, la adultez como una promesa sin firma. Pero entre todos sus álbumes, hubo uno que se me presentó a destiempo. Uno que no encajó, no porque estuviera mal hecho, sino porque me faltaba todavía perder ciertas cosas para comprenderlo. Me refiero a Alba , ese monumento sigiloso a la nostalgia. La nostalgia es una emoción incómoda. No tiene la violencia del dolor ni la ligereza de la alegría. Es una herida tibia, una presencia de lo que ya no está. Y Alba la recoge con la precisión de un entomólogo que estudia mariposas extintas. No hay en el álbum una búsqueda por rehacer el pasado, sino por habitarlo brevemente, como quien entra a una casa antigua solo para respirar...

"¡Che bello suona l'Allegretto!": Sobre no hacer nada, la timidez y otros pormenores.

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La cantata de los árboles muertos.

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  Abrazar el pasado —lo sé desde hace tiempo— no es un acto de nostalgia, sino de supervivencia. No lo hago porque quiera. Lo hago porque a veces no queda otra cosa con qué cubrirse cuando el presente se vuelve inhabitable. Y no estoy hablando del drama cotidiano, de las crisis financieras o del cansancio mental que todos padecemos de vez en cuando. Me refiero al tipo de presente que te arroja al borde de ti mismo. Ese que no grita, pero asfixia. Ese que no se impone con furia, sino con silencio. El presente que te obliga a buscar sombra en lo que ya fue. De ahí nace esta columna. De la urgencia por escribir algo que me devuelva el aire. Y de esa imagen que desde hace días me ronda como un eco: la de un bosque de árboles muertos, quietos, sin hojas, pero todavía de pie. No florecen, no cantan, no hacen sombra. Pero siguen ahí. Como testigos. Como monumentos. Como advertencia. Esa es mi memoria últimamente: un bosque seco que no quiero talar. Y es que solo en el recuerdo de ...

Anatomía de una posibilidad.

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Anoche, poco antes de publicar mi columna —vaya a leerla si aún no lo hace—, tuve una conversación que me hizo pensar lo siguiente: tal vez vivir del pasado no sea tan malo, si se aprende a hacerlo con moderación y sin rencor. Me refiero, claro, a esas pequeñas sobras de belleza que el tiempo no logró llevarse del todo, a los recuerdos que se quedaron como muebles viejos: sin función práctica, pero imposibles de tirar. He pensado mucho en la posibilidad —más bien, el capricho— de imaginar versiones alternativas de mi historia. No en el sentido fantástico o escapista, sino como un ejercicio emocional, una forma de abrazar con ternura lo que ya no es, lo que nunca fue, y lo que —muy probablemente— nunca será. Hay quienes creen que eso es condenarse a no avanzar. Yo no lo creo. A veces, regresar a ciertos lugares no es un signo de debilidad, sino de afecto. Uno no vuelve donde fue feliz. Uno vuelve donde quiso serlo, pero no pudo. Con ella —y digo ella sin precisar quién, porque ella sabe...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Entre flores, brujas y otras permanencias.

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  Hay textos que, por alguna razón, exigen nacer en desorden. Esta columna, por ejemplo, bien podría haber cerrado con lo que ahora estoy por decir. Pero cuando uno escribe desde el temblor, lo que importa no es la estructura, sino la urgencia. Y hoy, más que un argumento claro, tengo una idea que no quiere irse: que hay cosas —cosas profundamente simples— que se nos escapan justo porque están siempre ahí. Intentaré explicarlo, aunque sospecho que la palabra me queda corta. Pensaba en esto mientras recordaba algo tan mundano como las flores. Durante muchos años, no me detuve a verlas de verdad. Las conocía, claro, pero no con la profundidad que ahora me inquieta. Eran parte del decorado: celulosa pintada de colores, útil para adornar mesas, funerales o disculpas. Jamás me había preguntado cuánto gira, simbólicamente, alrededor de una flor. Fue hasta hace poco —quizá cuando la mirada se vuelve más serena y menos ocupada— que empecé a notar sus contornos, sus formas delicadas, s...

Sobre lo que fue, lo que no fue, y lo que todavía nos abraza.

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  Estaba revisitando El Alba de José Madero. Un disco que tiene algo de exilio emocional y de espejo retrovisor. Las canciones —todas, sin excepción— cargan una melancolía que no se impone, sino que se queda flotando en el ambiente como una humedad emocional que uno no sabe si le alivia o le enferma. Pero entre todas, hubo una que me atrapó con más fuerza esta vez: Ahora y Hoy . No es la primera vez que la escucho, claro. Pero ya sabemos que hay canciones que se entienden mejor según el día, según el temblor que uno lleve dentro. Y hoy, no sé por qué, esa letra me hizo pensar en el pasado —en ese pasado que uno a veces romantiza para no tener que enfrentar lo gris del presente—. Me hizo pensar en lo que fui, en lo que quise, en lo que no llegó. Y me hizo pensar en ella. No en la persona que ahora camina por otros rumbos, sino en quien fue entonces. La que, sin proponérselo, todavía aparece cuando suena cierta música o al cruzar una calle con historia. La que persiste como sombra t...

La bruja de mis mejores pesadillas.

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La lluvia de esta noche, tímida y a ratos decidida, me ha arrastrado de nuevo a pensar en ella —aunque ya no sé si sigue siendo ella, o si alguna vez lo fue más allá de una invención conveniente del deseo—. Lo único cierto es que, con cada ráfaga que rozaba el techo como un susurro apenas sostenido, algo en mí volvía a crujir. No era tristeza. Era esa nostalgia más oscura, la que se instala cuando ya no se espera nada, pero todavía se recuerda todo. No escribo sobre una persona. No me atrevería. Sería profanar algo que ni siquiera sé si existió. Escribo sobre un símbolo, una silueta que no se deja atrapar por definiciones, que no cabe en las frases con las que solemos nombrar a la gente. Ella era —es— una forma que sólo toma cuerpo en las noches donde no se duerme, en los huecos que dejan las conversaciones que nunca se dijeron, en ese ardor mudo de lo que no se cerró, de lo que ni siquiera se rompió porque nunca llegó a sostenerse del todo. Es una figura temblorosa en la niebla de lo ...