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Fiat Lux: sobre el derecho de imaginar que tal vez sí.

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  No es la primera vez que escribo sobre el miedo. Sobre esa punzada que aparece justo cuando algo bueno asoma su sombra. Lo he dicho antes, lo he repetido casi como credo: que cuando todo parece empezar a funcionar, uno empieza a prepararse —de forma instintiva— para perderlo. Como si el azar tuviera memoria. Como si la vida tuviera que cobrarse la dicha con una cuota de ruina. Pero esta vez quiero intentar algo distinto. Hace unos días me sorprendí pensando —con algo entre vértigo y ternura— que tal vez… esta vez las cosas podrían salir bien. No perfecto. No eterno. Solo bien. En esa forma modesta pero luminosa que tienen los días en los que no pasa nada malo y eso ya basta. Y no es que haya perdido el hábito de la sospecha. Aún lo tengo, como quien guarda un abrigo por si la tormenta regresa. Pero esta vez —aunque el abrigo esté a la mano— quiero dejar que el sol me toque un poco. Solo por hoy. Solo por esta ilusión que no quiero desarmar con palabras que sobran. Pensé en la inf...

Los miedos del peregrino.

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  Hay algo en la oración que siempre me ha conmovido. No el dogma, no el hábito impuesto, sino el gesto íntimo de sentarse a hablar con uno mismo en voz baja, con la excusa de estarle hablando a algo o a alguien más. Orar —cuando no es mecánico— se parece mucho a escribir. Es una forma de ordenar el caos, de ponerle estructura a la incertidumbre, de darle contorno al miedo. Yo no rezo, pero escribo. Y cuando escribo así, como ahora, siento que me estoy confesando con algo más grande que yo. A veces lo llamo tiempo, a veces futuro, a veces azar, pero casi siempre sé que, en el fondo, me estoy confesando conmigo mismo. Últimamente he estado pensando —más de lo que quisiera— en la mala suerte. En esa sensación que nos hace pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad. Que lo luminoso es apenas el prólogo del colapso. Que, si algo sale bien, entonces algo malo debe venir de inmediato para equilibrar la balanza. No lo digo como quien cree en el destino, lo digo como quien se ha...

A la mañana le cuesta la misma mañana.

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Hay despedidas que no se dicen, solo se alargan. Como una madrugada que no termina de volverse día. Como una mañana que parece quedarse atrapada en la humedad de su propio amanecer. A veces no hace falta que alguien se vaya del todo para que empecemos a perderlo. Se va en partes, en pausas, en detalles que no notamos hasta que ya no están. Uno siente cuando alguien comienza a alejarse. No por un portazo ni por una discusión dramática, sino porque su presencia —esa que antes era natural, inevitable, casi doméstica— empieza a sentirse como algo prestado. Una sombra que se vuelve ajena. Una voz que ya no se acomoda en la memoria con la misma ternura. Su forma de decir tu nombre cambia de temperatura, su risa ya no estalla como antes, y las palabras que antes bastaban, ahora parecen tener que esforzarse por ser escuchadas. Es extraño cómo el cariño no muere de golpe, sino por agotamiento. De pronto, responder un mensaje se vuelve más difícil. No por desinterés, sino porque ya no se sab...

Sobre el dolor y otros pormenores.

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El dolor, ese algo que nos recuerda que estamos vivos y, según algunos, una alerta de que nos hacemos daño. El dolor es tan complejo que no sabemos exactamente cuándo nace y cuándo se esfuma, cuándo una astilla en el dedo se convierte en una estaca en la garganta; si bien entendemos lo que es sentir, el dolor es indescriptible, es tan personal, tan subjetivo, que la mano izquierda no sabe cuánto le dolió a la mano derecha haberse machucado con la puerta de la habitación.  Pensamos en el dolor como algo temporal o intermitente, algo que llega con boleto de ida y vuelta; esa idea nos conforta porque el dolor es un huésped mal recibido, rezamos para que tome sus maletas viejas y se aleje de nuestro. Mal inquilino resulta el dolor, que deja su marca en el tapiz de la conciencia y provoca cicatrices que, en el mejor de los casos, solo harán breve remembranza de su visita.  Algunos creen que el mejor analgésico para el dolor es la indiferencia, como si ignorar su existencia nos hici...