Los miedos del peregrino.

 



Hay algo en la oración que siempre me ha conmovido. No el dogma, no el hábito impuesto, sino el gesto íntimo de sentarse a hablar con uno mismo en voz baja, con la excusa de estarle hablando a algo o a alguien más. Orar —cuando no es mecánico— se parece mucho a escribir. Es una forma de ordenar el caos, de ponerle estructura a la incertidumbre, de darle contorno al miedo.

Yo no rezo, pero escribo. Y cuando escribo así, como ahora, siento que me estoy confesando con algo más grande que yo. A veces lo llamo tiempo, a veces futuro, a veces azar, pero casi siempre sé que, en el fondo, me estoy confesando conmigo mismo.

Últimamente he estado pensando —más de lo que quisiera— en la mala suerte. En esa sensación que nos hace pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad. Que lo luminoso es apenas el prólogo del colapso. Que, si algo sale bien, entonces algo malo debe venir de inmediato para equilibrar la balanza. No lo digo como quien cree en el destino, lo digo como quien se ha tropezado tantas veces que ya camina con miedo incluso cuando el camino parece liso.

El miedo nos hace hacer cosas raras. Nos hace hablar de más o guardar de menos. Nos hace ceder cuando queríamos luchar y resistir cuando debimos dejar ir. Nos empuja a sabotearnos, a ponernos trampas, a construir escenarios ficticios donde todo sale mal… solo para estar listos cuando ocurra.

Y luego hay otro miedo. Más sutil. Más traicionero. El que aparece cuando algo —o alguien— bueno se asoma en nuestra vida. Ese miedo que no grita, pero que se instala como un zumbido en la conciencia: “esto no va a durar”. El que te impide disfrutar porque ya estás imaginando el momento en que lo perderás.

Desde hace unas noches, he sentido ese miedo. Un miedo tonto, casi infantil, de perderla a ella —la que no se nombra, pero que a ratos me rescata del abismo—. No es que la tenga —lo sé—, pero hay una forma de tener sin poseer. Y hay una forma de perder incluso sin haber comenzado. Ella es de las pocas cosas que todavía hacen vibrar mi alma de cuando en vez. Y eso, para alguien como yo, ya es demasiado.

Los hechiceros —dicen— no son los que lanzan conjuros, sino los que aprenden a transformar el dolor sin que nadie lo note. Y los peregrinos, esos caminantes eternos, son los que cargan sus templos a cuestas porque saben que la fe no está en los muros, sino en seguir avanzando. Yo soy un poco de ambos. Aprendí a no detenerme, aunque a veces no sepa a dónde voy. Aprendí a no confiar demasiado en la calma, aunque la anhele.

Y, sin embargo, cada vez que algo bueno me sucede —una conversación, una risa, un silencio que no incomoda— me preparo para perderlo. No porque quiera, sino porque es lo que he aprendido. Como si todo lo bueno en mi vida fuera una visita breve, un milagro prestado, una tregua antes del golpe.

Pero esta vez me pesa. Esta vez no quiero acostumbrarme a perder. Esta vez me molesta ser tan supersticioso. Esta vez me enfurece mi propio miedo.

No sé si esto es amor, fe o pura terquedad, pero sé que escribirlo es lo único que me queda para que no se me pudra por dentro. Que decirlo así, sin que nadie lo escuche directamente, es mi manera de invocarla sin nombrarla. Porque algunos hechizos, si se dicen con demasiada claridad, se rompen.

He aprendido a escribir para no rezar, a temer sin decirlo. Pero, si ella me leyera, sabría —sin que lo diga— que el miedo es prueba de cuánto me importa. Y que los peregrinos, por más cansados que estén, nunca dejan de avanzar.


En portada: Ophelia – John Everett Millais (1851–52)

Comentarios

LAS MÁS LEÍDAS

Sobre los huéspedes y otros embrujos.

Que la fuerza te acompañe: #MayThe4thBeWithYou

Sobre los celos, las ensoñaciones y otros pormenores.