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Mostrando las entradas con la etiqueta #recuerdos

Recuerdos fuera de presupuesto.

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  Esta noche tenía planeado publicar otra cosa. El texto ya estaba escrito, corregido, y —como siempre— con la firma temblorosa de alguien que todavía cree que escribir es una forma de hacer las paces con lo que no se comprende. Era una columna distinta, quizás menos íntima, más reflexiva. Pero a última hora, y sin previo aviso, recordé a alguien. No como se recuerda una anécdota, sino como se recuerda una melodía que uno creyó haber olvidado. Y me fue imposible no escribir sobre ello. Hay personas que no se ven con claridad, pero cuya presencia se graba con una nitidez casi sobrenatural. Ella fue una de esas presencias. No compartimos espacio con frecuencia —de hecho, casi nunca—, pero cuando lo hicimos, yo la miré como se mira algo que se sabe lejano, como quien observa desde un andén a un tren que no abordará. No había pretensión, ni expectativa, ni plan alguno. Solo una fascinación silenciosa por su forma de estar. Era, como decirlo sin caer en lugares comunes, una de esas bell...

La cantata de los árboles muertos.

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  Abrazar el pasado —lo sé desde hace tiempo— no es un acto de nostalgia, sino de supervivencia. No lo hago porque quiera. Lo hago porque a veces no queda otra cosa con qué cubrirse cuando el presente se vuelve inhabitable. Y no estoy hablando del drama cotidiano, de las crisis financieras o del cansancio mental que todos padecemos de vez en cuando. Me refiero al tipo de presente que te arroja al borde de ti mismo. Ese que no grita, pero asfixia. Ese que no se impone con furia, sino con silencio. El presente que te obliga a buscar sombra en lo que ya fue. De ahí nace esta columna. De la urgencia por escribir algo que me devuelva el aire. Y de esa imagen que desde hace días me ronda como un eco: la de un bosque de árboles muertos, quietos, sin hojas, pero todavía de pie. No florecen, no cantan, no hacen sombra. Pero siguen ahí. Como testigos. Como monumentos. Como advertencia. Esa es mi memoria últimamente: un bosque seco que no quiero talar. Y es que solo en el recuerdo de ...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Entre flores, brujas y otras permanencias.

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  Hay textos que, por alguna razón, exigen nacer en desorden. Esta columna, por ejemplo, bien podría haber cerrado con lo que ahora estoy por decir. Pero cuando uno escribe desde el temblor, lo que importa no es la estructura, sino la urgencia. Y hoy, más que un argumento claro, tengo una idea que no quiere irse: que hay cosas —cosas profundamente simples— que se nos escapan justo porque están siempre ahí. Intentaré explicarlo, aunque sospecho que la palabra me queda corta. Pensaba en esto mientras recordaba algo tan mundano como las flores. Durante muchos años, no me detuve a verlas de verdad. Las conocía, claro, pero no con la profundidad que ahora me inquieta. Eran parte del decorado: celulosa pintada de colores, útil para adornar mesas, funerales o disculpas. Jamás me había preguntado cuánto gira, simbólicamente, alrededor de una flor. Fue hasta hace poco —quizá cuando la mirada se vuelve más serena y menos ocupada— que empecé a notar sus contornos, sus formas delicadas, s...

Sobre lo que fue, lo que no fue, y lo que todavía nos abraza.

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  Estaba revisitando El Alba de José Madero. Un disco que tiene algo de exilio emocional y de espejo retrovisor. Las canciones —todas, sin excepción— cargan una melancolía que no se impone, sino que se queda flotando en el ambiente como una humedad emocional que uno no sabe si le alivia o le enferma. Pero entre todas, hubo una que me atrapó con más fuerza esta vez: Ahora y Hoy . No es la primera vez que la escucho, claro. Pero ya sabemos que hay canciones que se entienden mejor según el día, según el temblor que uno lleve dentro. Y hoy, no sé por qué, esa letra me hizo pensar en el pasado —en ese pasado que uno a veces romantiza para no tener que enfrentar lo gris del presente—. Me hizo pensar en lo que fui, en lo que quise, en lo que no llegó. Y me hizo pensar en ella. No en la persona que ahora camina por otros rumbos, sino en quien fue entonces. La que, sin proponérselo, todavía aparece cuando suena cierta música o al cruzar una calle con historia. La que persiste como sombra t...

Sobre la carta no entregada y el milagro de no estar solo.

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  La escena es clara. La mirada taciturna de un servidor frente a las puertas de su alma mater. La cita no era oficial, pero las promesas tienen su forma peculiar de instalarse en la agenda emocional: no importa si se dijeron en voz alta o apenas se susurraron en la mirada —una promesa, cuando se hace con el alma, se espera con el cuerpo completo—. Esperé. Ella no llegó. Y, aunque lo intuía, el golpe duele igual. Tenía una carta en el bolsillo. No para entregarla. Ni siquiera pensaba leerla en voz alta. La escribí en una madrugada en la que no pasaba nada y eso ya era demasiado. Era un gesto torpe, una forma de pasar el tiempo, una conversación ficticia con una ausencia que todavía tenía nombre. La llevé conmigo sin saber por qué, tal vez como quien carga un paraguas el día que más quiere que no llueva. Pero llovió. De ella, ni rastro. A veces uno escribe cartas como si eso pudiera evitar el silencio. Pero lo cierto es que las palabras no detienen lo inevitable. Solo lo hac...

Sobre la breve levedad de la palabra escrita.

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  Nunca he sabido iniciar conversaciones. A veces ni siquiera responderlas. Hay personas que cargan carisma como si lo hubieran heredado genéticamente: saben qué decir, cuándo reír, cómo mirar. Yo, en cambio, he tenido que aprender a fondo el silencio. No como refugio poético, sino como forma práctica de evitarme la ansiedad de interrumpir algo que no me incluye. He querido hablarle a gente que me importa. Personas que me parecen fascinantes, inquietantes, generosas. Pero la idea de abordarlas, de lanzarme con un "hola" sin ser invitado, me resulta insoportablemente ajena. No porque no quiera, sino porque, a veces, uno siente que su voz no pertenece al volumen del mundo. Que lo suyo es el margen. La nota a pie de página. Así que he escrito cartas. Demasiadas. Algunas las envié. Otras no. Unas eran para alguien en concreto, otras solo intentaban traducir un ruido interno. Escribir es lo único que sé hacer cuando hablar me parece una impertinencia. Y no porque piense que lo...

La bruja de mis mejores pesadillas.

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La lluvia de esta noche, tímida y a ratos decidida, me ha arrastrado de nuevo a pensar en ella —aunque ya no sé si sigue siendo ella, o si alguna vez lo fue más allá de una invención conveniente del deseo—. Lo único cierto es que, con cada ráfaga que rozaba el techo como un susurro apenas sostenido, algo en mí volvía a crujir. No era tristeza. Era esa nostalgia más oscura, la que se instala cuando ya no se espera nada, pero todavía se recuerda todo. No escribo sobre una persona. No me atrevería. Sería profanar algo que ni siquiera sé si existió. Escribo sobre un símbolo, una silueta que no se deja atrapar por definiciones, que no cabe en las frases con las que solemos nombrar a la gente. Ella era —es— una forma que sólo toma cuerpo en las noches donde no se duerme, en los huecos que dejan las conversaciones que nunca se dijeron, en ese ardor mudo de lo que no se cerró, de lo que ni siquiera se rompió porque nunca llegó a sostenerse del todo. Es una figura temblorosa en la niebla de lo ...