La defensa francesa.
No suelo jugar ajedrez. Me gusta observarlo, estudiarlo, incluso hablar de él con entusiasmo sobreactuado. Pero jugarlo, no. Me pone nervioso la idea de que cada movimiento tenga consecuencias. Que no haya azar, ni pretextos. Que todo sea culpa mía o mérito del otro. Que cada silencio tenga el peso de una decisión y cada decisión, el potencial de un jaque mate. Aun así, no dejo de volver a él, sobre todo cuando pienso en ti. Hay días en que siento que todo esto —esto de escribirte sin saber si me lees, de pensarte sin saber si me piensas— es una especie de partida por correspondencia. Como esas viejas contiendas entre maestros soviéticos que se prolongaban por meses, cada uno enviando su movimiento a través de una carta cuidadosamente redactada. El reloj no corría para quien esperaba, solo para quien respondía. Y si bien eso evitaba el apuro, también condenaba al olvido. Supongo que nosotros somos algo parecido: dos jugadores de distinta escuela, que a veces mueven piezas con e...