Fiat Lux: sobre el derecho de imaginar que tal vez sí.
No es la primera vez que escribo sobre el miedo. Sobre esa punzada que aparece justo cuando algo bueno asoma su sombra. Lo he dicho antes, lo he repetido casi como credo: que cuando todo parece empezar a funcionar, uno empieza a prepararse —de forma instintiva— para perderlo. Como si el azar tuviera memoria. Como si la vida tuviera que cobrarse la dicha con una cuota de ruina.
Pero esta vez quiero intentar algo distinto.
Hace unos días me sorprendí pensando —con algo entre vértigo y ternura— que tal vez… esta vez las cosas podrían salir bien. No perfecto. No eterno. Solo bien. En esa forma modesta pero luminosa que tienen los días en los que no pasa nada malo y eso ya basta.
Y no es que haya perdido el hábito de la sospecha. Aún lo tengo, como quien guarda un abrigo por si la tormenta regresa. Pero esta vez —aunque el abrigo esté a la mano— quiero dejar que el sol me toque un poco. Solo por hoy. Solo por esta ilusión que no quiero desarmar con palabras que sobran.
Pensé en la infatuación. En ese arranque emocional que antes temía como se teme a una droga mal medida. Pero últimamente empiezo a sospechar que no siempre lleva a la perdición. Que hay entusiasmos que no vienen a rompernos, sino a despertarnos. Que tal vez no todo lo que arde destruye. Que hay llamas que abrigan.
Fiat Lux —que haya luz— fue lo que se dijo al principio de todo, según los que creen. Y esa frase, breve y poderosa, me vino a la mente como un deseo que no había tenido antes con tanta claridad. Quiero luz. No como epifanía, sino como certeza simple: un cuarto tibio, una risa compartida, una mirada que no busca explicación.
No he dejado de pensar en ella. Lo confieso. No en el recuerdo congelado, sino en la idea posible. No en lo que fue o no fue, sino en lo que —sin promesas— podría ser. Hay personas que nos devuelven el pulso. Que aparecen como casualidad y se quedan como parámetro. Y aunque mi oficio es escribir sin nombres, los lectores más obstinados sabrán encontrarla entre las líneas. Siempre ha estado ahí, incluso cuando yo no sabía que seguía escribiéndola.
Y ahora que hay algo en mí que se atreve a imaginar una historia no trágica, me cuesta saber qué hacer con las palabras. Porque estoy acostumbrado a la pérdida, no a la posibilidad. Pero si alguna vez quise escribir con esperanza, creo que hoy es el día.
Sí, puede salir mal. Lo sé. Pero ¿y si no? ¿Y si esta vez no hay catástrofe? ¿Y si esta vez, el salto no es al vacío sino hacia un lugar donde finalmente aterrizamos?
No sé cuánto dure esta sensación. Tal vez se deshaga mañana. Tal vez vuelva el miedo con sus frases hechas y su cronómetro en mano. Pero hoy no.
Hoy, solo por hoy, quiero escribir desde la luz. Fiat Lux, me repito. Que haya luz. Que haya fe, aunque sea prestada. Que haya un “sí” sin condiciones. Que haya amor —aunque tímido— sin temor inmediato a su fin.
En portada: Morning Sun – Edward Hopper (1952)
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