Epístolas en cuarto menguante.
Es algo cómico —pero no sorprendente— que mi relación más pura y duradera haya sido literaria. No lo expreso en reclamo, más bien en confesión.
El verbo ha tomado otro significado cuando se trata de ti,
de nosotros, de lo nuestro: sentirnos, tenernos, hablarnos. Todo eso ha
escapado del sentido tradicional para empaparse de un matiz anticuado y envuelto
en solemnidad literaria.
Y es que hasta nuestros celos se dignan al mostrarse en nada
menos que la prosa larga. Reclamando entre poemas y silogismos el lugar que el
otro se ha ganado con tanta línea, con tanto verso.
Esta relación —como casi cualquier otra— ha vivido sus
momentos álgidos, momentos de intermitencia, silencios en los que he aprendido
a sobrevivir y epítomes de alegría en los que te siento tan mía como yo tuyo. Debe
ser condicionante humana. Pero hasta hoy, no imagino una vida en la que escriba
para alguien más.
Ha sido extraño —por decir menos— lidiar con nuestra extraña
forma de sentirnos, de escribirnos, de tenernos. Todavía no sé lo que es tenerte
entre mis brazos, o sentirme vulnerable entre los tuyos; no conozco el sonido
de tu voz o la forma en que tus ojos reflejan a los míos. Tal vez no esté en mi
destino sentirte cerca, tal vez lo más cerca que estaré de tu piel sea cuando
mis epístolas yacen entre tus manos.
En cualquiera de los casos, en medio de tus letras y uno que
otro pensamiento, leerme entre tus líneas hace que me sienta tuyo.
Mientras tanto, mientras rezas, mientras el tiempo nos
despoja de momentos y el viento nos lleva hasta donde el alma lo permite,
seguiré escribiendo sobre flores, sobre abejas y —como siempre— sobre ti,
esperando a que me reclames en ese mundo más allá de las letras, más allá de
las cartas.
Porque vivir entre tus líneas ha sido el mayor confort de mi
vida, pero el calor de tu piel es algo con lo que sigo soñando cada tercer
luna.
En portada: Pride & Prejudice (2005)

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