Falto, luego existo.
Esta mañana, segundos antes de que mi tercera alarma comenzara a sonar —esa que siempre termina ganándome la batalla—, me desperté con una noticia del pasado. Sí, del pasado. No fue una notificación del banco, ni una promoción de alguna tienda departamental: fue un mensaje de esos que no hacen ruido, pero sí eco. Un personaje de quien he escrito antes —porque la literatura también es un cementerio lleno de vivos— decidió manifestarse durante la madrugada. Me contactó. O lo intentó. Como si supiera que justo esa noche, por una coincidencia poco frecuente, me había ido a dormir temprano. Tan temprano como lo permite un alma de hábitos nocturnos que siempre ha dicho con resignación: “ayer me dormí hoy, hoy dormiré mañana” . Y es curioso: uno pasa noches enteras despierto, disponible, despierto como un centinela que nunca recibe la carta. Y justo cuando apagas la lámpara del insomnio y decides regalarte una tregua, ahí llega el espectro de lo que alguna vez deseaste. Le escribí...