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La balada del guisante y los despiertos.

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Hoy no tenía planeado publicar. En realidad, ni siquiera estoy seguro de si publicaré esto; ya tenía algunos otros temas programados para las próximas columnas, pero esto es algo que, en su momento, me dio qué pensar y me hizo reflexionar un poco. Cualquiera que esté medianamente en contacto con las redes sociales y/o los noticiarios nacionales, sabrá sobre el tema de Javier “Chicharito” Hernández. Si hay alguien que no esté enterado, lo explico brevemente: Hernández publicó una serie de videos en sus redes sociales, videos en los que el futbolista del Club Deportivo Guadalajara hacía “observaciones” sobre la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres con —lo que quiero creer que eran— intentos de comicidad. Estos videos desataron una polémica conversación en todas las redes. La parte más ruidosa fue aquella en contra de las declaraciones del campeón olímpico. Chicharito remató su discurso con un video en el que alertaba sobre —parafraseo— “la desaparición de la masculin...

Sobre los dones que no todos recibimos (y aun así cargamos).

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Hace unos días, en mi columna sobre la elección de S.S. León XIV, escribí sobre cómo mi crisis de fe durante la adolescencia fue el punto de inflexión que me llevó a convertirme en lo que ahora llamo —con más cariño que precisión— un ateo guadalupano. Lo dije entonces, y lo repito ahora: no dejé de creer por soberbia, sino por cansancio. Y, sin embargo, no me alejé del todo. Me quedé en el umbral, como quien no entra al templo, pero tampoco se atreve a darle la espalda. Hoy no quiero hablar del Papa. Hoy quiero hablar de la fe. De esa cosa tan extraña, tan frágil, tan poderosa, que no todos tuvimos el privilegio de recibir. Porque aunque me eduqué entre altares, procesiones y parábolas, nunca supe —o nunca logré— tener fe como se supone que debe tenerse: sin duda, sin resistencia, sin explicación. En un mundo donde nada es estático, las certezas son escasas. Las verdades se debaten, las convicciones se ajustan, las estructuras cambian. Y en medio de todo eso, hay quienes todavía cr...

La responsable de que hoy escriba sin faltas de ortografía.

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Hoy es 10 de mayo, y uno no sabe muy bien qué decir cuando el corazón se queda corto frente a lo que ha sido constante toda la vida. Podría hablar de flores, de desayunos con pan dulce, de mariachis en la sala o de pasteles improvisados, pero nada de eso alcanza. No cuando se trata de la mujer que nos sostuvo antes de que supiéramos hablar, la que nos enseñó a caminar y después tuvo que vernos alejarnos sin saber si volveríamos enteros. Puedo recordar claramente estar en la mesa de la sala, sentado frente a un cuaderno de doble raya. Tenía que escribir planas de las palabras que había escrito de forma incorrecta. Mi mano estaba cansada, dolía esgrimir el lápiz bicolor. Ella supervisó hasta caer la noche, haciéndome repetir los intentos fallidos hasta “hacerlo bien”. Nunca levantó la voz, pero su mirada tenía el peso de quien sabe que el esfuerzo también se enseña. Esa noche aprendí a escribir bien, sí… pero también aprendí que hay manos que, en lugar de soltar, enseñan a resistir. ...