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Pero qué terror (el terror).

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  Hay fechas que no significan nada, hasta que uno decide prestarles atención. Este viernes 13, por ejemplo, podría haber sido cualquier cosa: un número, una coincidencia, una broma para supersticiosos. Pero la mente —caprichosa como es— se inclinó hacia una idea distinta. No el miedo como figura que asusta, sino como sensación que detiene. El miedo no a lo que viene de fuera, sino a lo que brota desde adentro. No sabría decir cuándo comenzó exactamente. Tal vez fue al leerla por primera vez. Una frase corta, sin mayor intención aparente, pero con un filo que me alcanzó con precisión. No hubo advertencia. Solo una palabra suya —despreocupada, tal vez involuntaria— que se quedó fija, como un insecto en el vidrio. Desde entonces, algo dentro de mí se volvió más torpe cada vez que llegaba su nombre. No fue amor a primera vista. No hubo vista. Solo palabras, en su tono preciso, colocadas con esa naturalidad que tiene quien escribe sin saber que alguien la está leyendo con temblo...

Falto, luego existo.

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  Esta mañana, segundos antes de que mi tercera alarma comenzara a sonar —esa que siempre termina ganándome la batalla—, me desperté con una noticia del pasado. Sí, del pasado. No fue una notificación del banco, ni una promoción de alguna tienda departamental: fue un mensaje de esos que no hacen ruido, pero sí eco. Un personaje de quien he escrito antes —porque la literatura también es un cementerio lleno de vivos— decidió manifestarse durante la madrugada. Me contactó. O lo intentó. Como si supiera que justo esa noche, por una coincidencia poco frecuente, me había ido a dormir temprano. Tan temprano como lo permite un alma de hábitos nocturnos que siempre ha dicho con resignación: “ayer me dormí hoy, hoy dormiré mañana” . Y es curioso: uno pasa noches enteras despierto, disponible, despierto como un centinela que nunca recibe la carta. Y justo cuando apagas la lámpara del insomnio y decides regalarte una tregua, ahí llega el espectro de lo que alguna vez deseaste. Le escribí...

Se le llama "migajas".

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Las recientes lluvias me han dado en qué pensar. No por romántico —que también—, sino porque la lluvia tiene ese efecto de ralentizarlo todo. De obligarte a mirar el cielo, y después, inevitablemente, mirar hacia adentro. Y cuando uno se mira lo suficiente, empieza a recordar. No siempre lo que quiere, pero sí lo que aún duele. Hay días, por ejemplo, en que me descubro esperando algo. No sé bien qué. Un gesto, una palabra, una reaparición. A veces es un mensaje que no llega, otras veces es una reacción que nunca fue. Me he vuelto experto en adivinar señales que probablemente no existen. Y aun así, me aferro a ellas. Como si cada respiro vago, cada saludo sin énfasis, fuera una carta escondida entre líneas. A eso, me temo, se le llama migajas . No quiero sonar trágico, pero confieso que he escrito páginas enteras por una línea suya. Me he mantenido firme durante semanas con la sola esperanza de una aparición mínima, fugaz, casi accidental. He atribuido peso literario a palabras lanz...