Esperar, esperar, escribir y seguir esperando.
Detenerse no siempre ha sido mi elección. A veces, la pausa llega no por prudencia, sino por sorpresa. Por un giro. Por una risa que no estaba en el guion. Por un rostro que, justo cuando iba a encontrarse con el mío, decide mirar hacia otro lado. Ya sabes a qué momento me refiero. Lo hemos recordado más de una vez —con cierto humor, con cierto rubor—, como si al repetirlo le quitáramos algo de peso. Como si decirlo en voz alta hiciera que duela menos... o que importe menos. Tú juras que no fue así. Que no volteaste el rostro. Que el beso no fue fallido, sino interrumpido por circunstancias no del todo definidas. Y yo —como siempre— sonrío, asiento, y dejo que la versión oficial sea la tuya. Pero en mi memoria, aquel intento frustrado fue mi primer gran naufragio íntimo, y también el inicio de este vicio de escribir para salvarme. Éramos jóvenes. Eso no lo cambia ni la memoria más poética. Éramos más pasión que juicio, más deseo que dirección. Nos acercamos sin saber realme...