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Mostrando las entradas con la etiqueta #escritura

Esperar, esperar, escribir y seguir esperando.

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  Detenerse no siempre ha sido mi elección. A veces, la pausa llega no por prudencia, sino por sorpresa. Por un giro. Por una risa que no estaba en el guion. Por un rostro que, justo cuando iba a encontrarse con el mío, decide mirar hacia otro lado. Ya sabes a qué momento me refiero. Lo hemos recordado más de una vez —con cierto humor, con cierto rubor—, como si al repetirlo le quitáramos algo de peso. Como si decirlo en voz alta hiciera que duela menos... o que importe menos. Tú juras que no fue así. Que no volteaste el rostro. Que el beso no fue fallido, sino interrumpido por circunstancias no del todo definidas. Y yo —como siempre— sonrío, asiento, y dejo que la versión oficial sea la tuya. Pero en mi memoria, aquel intento frustrado fue mi primer gran naufragio íntimo, y también el inicio de este vicio de escribir para salvarme. Éramos jóvenes. Eso no lo cambia ni la memoria más poética. Éramos más pasión que juicio, más deseo que dirección. Nos acercamos sin saber realme...

Pero qué terror (el terror).

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  Hay fechas que no significan nada, hasta que uno decide prestarles atención. Este viernes 13, por ejemplo, podría haber sido cualquier cosa: un número, una coincidencia, una broma para supersticiosos. Pero la mente —caprichosa como es— se inclinó hacia una idea distinta. No el miedo como figura que asusta, sino como sensación que detiene. El miedo no a lo que viene de fuera, sino a lo que brota desde adentro. No sabría decir cuándo comenzó exactamente. Tal vez fue al leerla por primera vez. Una frase corta, sin mayor intención aparente, pero con un filo que me alcanzó con precisión. No hubo advertencia. Solo una palabra suya —despreocupada, tal vez involuntaria— que se quedó fija, como un insecto en el vidrio. Desde entonces, algo dentro de mí se volvió más torpe cada vez que llegaba su nombre. No fue amor a primera vista. No hubo vista. Solo palabras, en su tono preciso, colocadas con esa naturalidad que tiene quien escribe sin saber que alguien la está leyendo con temblo...

Falto, luego existo.

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  Esta mañana, segundos antes de que mi tercera alarma comenzara a sonar —esa que siempre termina ganándome la batalla—, me desperté con una noticia del pasado. Sí, del pasado. No fue una notificación del banco, ni una promoción de alguna tienda departamental: fue un mensaje de esos que no hacen ruido, pero sí eco. Un personaje de quien he escrito antes —porque la literatura también es un cementerio lleno de vivos— decidió manifestarse durante la madrugada. Me contactó. O lo intentó. Como si supiera que justo esa noche, por una coincidencia poco frecuente, me había ido a dormir temprano. Tan temprano como lo permite un alma de hábitos nocturnos que siempre ha dicho con resignación: “ayer me dormí hoy, hoy dormiré mañana” . Y es curioso: uno pasa noches enteras despierto, disponible, despierto como un centinela que nunca recibe la carta. Y justo cuando apagas la lámpara del insomnio y decides regalarte una tregua, ahí llega el espectro de lo que alguna vez deseaste. Le escribí...

Un recuerdo más de cuando todo estaba bien.

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Amar es uno de los misterios más grandes que habitan en el alma humana. A menudo lo confundimos con la posesión, con la mirada que busca asegurarse la presencia del otro, con la esperanza de que el amor sea un espejo donde reflejarnos juntos. Pero amar va más allá de la vista y de los cuerpos que pueden tocarse o alejarse. Existe un amor silencioso, que no reclama ni exige, que no se mide en correspondencias ni en encuentros. Es el amor que arde en el silencio de los corazones solitarios, el que resiste la ausencia y supera la distancia. Es ese latido invisible que sigue marcando un ritmo constante cuando la mirada se cierra y la figura amada se desvanece. Nos enseñan a amar mirando, a amar viendo, y sin embargo, el amor verdadero nace en un terreno más íntimo, donde los ojos no alcanzan a llegar. Amar es un acto profundo y solitario, un pacto con la esencia del otro que no depende de su presencia, ni de su aceptación. Amar es, en esencia, una entrega sin medida, una fe que permane...

La defensa francesa.

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  No suelo jugar ajedrez. Me gusta observarlo, estudiarlo, incluso hablar de él con entusiasmo sobreactuado. Pero jugarlo, no. Me pone nervioso la idea de que cada movimiento tenga consecuencias. Que no haya azar, ni pretextos. Que todo sea culpa mía o mérito del otro. Que cada silencio tenga el peso de una decisión y cada decisión, el potencial de un jaque mate. Aun así, no dejo de volver a él, sobre todo cuando pienso en ti. Hay días en que siento que todo esto —esto de escribirte sin saber si me lees, de pensarte sin saber si me piensas— es una especie de partida por correspondencia. Como esas viejas contiendas entre maestros soviéticos que se prolongaban por meses, cada uno enviando su movimiento a través de una carta cuidadosamente redactada. El reloj no corría para quien esperaba, solo para quien respondía. Y si bien eso evitaba el apuro, también condenaba al olvido. Supongo que nosotros somos algo parecido: dos jugadores de distinta escuela, que a veces mueven piezas con e...

Se le llama "migajas".

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Las recientes lluvias me han dado en qué pensar. No por romántico —que también—, sino porque la lluvia tiene ese efecto de ralentizarlo todo. De obligarte a mirar el cielo, y después, inevitablemente, mirar hacia adentro. Y cuando uno se mira lo suficiente, empieza a recordar. No siempre lo que quiere, pero sí lo que aún duele. Hay días, por ejemplo, en que me descubro esperando algo. No sé bien qué. Un gesto, una palabra, una reaparición. A veces es un mensaje que no llega, otras veces es una reacción que nunca fue. Me he vuelto experto en adivinar señales que probablemente no existen. Y aun así, me aferro a ellas. Como si cada respiro vago, cada saludo sin énfasis, fuera una carta escondida entre líneas. A eso, me temo, se le llama migajas . No quiero sonar trágico, pero confieso que he escrito páginas enteras por una línea suya. Me he mantenido firme durante semanas con la sola esperanza de una aparición mínima, fugaz, casi accidental. He atribuido peso literario a palabras lanz...

Lámparas de espera a presencias intermitentes.

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Hace unos días —lo sé porque lo anoté, porque con ciertas memorias uno no se puede permitir el lujo del olvido— me preguntaron “¿cómo va todo?”. La pregunta es inocente, rutinaria, casi automática. Pero yo no supe responder. A veces digo que va bien por reflejo. Otras, que va mal, por cortesía. Pero esta vez me quedé en blanco, porque en realidad no tengo claro qué es “todo”. ¿La vida? ¿La salud? ¿La estabilidad emocional? ¿El desorden que dejo en cada hoja que escribo? La respuesta, por supuesto, era más compleja.  Todo va… como va lo que no termina de irse. Como esas palabras que siguen resonando mucho después de que han sido dichas. Como esa presencia que aparece de pronto —radiante, breve, impredecible— y lo desacomoda todo.  Ella tiene esa habilidad. No llega con aviso ni se despide con ceremonia. Surge, de pronto, en una historia que me cuentan, en una palabra mal usada, en un gesto que no se parece a nadie más. Y cuando lo hace, no la reconozco del todo, pero algo en mí...

La cantata de los árboles muertos.

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  Abrazar el pasado —lo sé desde hace tiempo— no es un acto de nostalgia, sino de supervivencia. No lo hago porque quiera. Lo hago porque a veces no queda otra cosa con qué cubrirse cuando el presente se vuelve inhabitable. Y no estoy hablando del drama cotidiano, de las crisis financieras o del cansancio mental que todos padecemos de vez en cuando. Me refiero al tipo de presente que te arroja al borde de ti mismo. Ese que no grita, pero asfixia. Ese que no se impone con furia, sino con silencio. El presente que te obliga a buscar sombra en lo que ya fue. De ahí nace esta columna. De la urgencia por escribir algo que me devuelva el aire. Y de esa imagen que desde hace días me ronda como un eco: la de un bosque de árboles muertos, quietos, sin hojas, pero todavía de pie. No florecen, no cantan, no hacen sombra. Pero siguen ahí. Como testigos. Como monumentos. Como advertencia. Esa es mi memoria últimamente: un bosque seco que no quiero talar. Y es que solo en el recuerdo de ...

Anatomía de una posibilidad.

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Anoche, poco antes de publicar mi columna —vaya a leerla si aún no lo hace—, tuve una conversación que me hizo pensar lo siguiente: tal vez vivir del pasado no sea tan malo, si se aprende a hacerlo con moderación y sin rencor. Me refiero, claro, a esas pequeñas sobras de belleza que el tiempo no logró llevarse del todo, a los recuerdos que se quedaron como muebles viejos: sin función práctica, pero imposibles de tirar. He pensado mucho en la posibilidad —más bien, el capricho— de imaginar versiones alternativas de mi historia. No en el sentido fantástico o escapista, sino como un ejercicio emocional, una forma de abrazar con ternura lo que ya no es, lo que nunca fue, y lo que —muy probablemente— nunca será. Hay quienes creen que eso es condenarse a no avanzar. Yo no lo creo. A veces, regresar a ciertos lugares no es un signo de debilidad, sino de afecto. Uno no vuelve donde fue feliz. Uno vuelve donde quiso serlo, pero no pudo. Con ella —y digo ella sin precisar quién, porque ella sabe...

Nunca fue demasiado, pero tampoco suficiente.

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  A veces uno escribe con la clara conciencia de que el destinatario no responderá. No por desinterés, ni por crueldad, sino porque el diálogo ya encontró su cierre silencioso y respetuoso, ese que se da cuando las cosas no terminan mal, pero tampoco del todo bien. Uno escribe entonces con la delicadeza del que no quiere molestar, pero tampoco puede quedarse callado. Escribir se convierte en una forma educada de quedarse cerca sin invadir. Hoy escribo desde ahí. Desde esa frontera tibia en la que se convive con la memoria sin hacerle preguntas nuevas. Con ella compartí una complicidad que rozaba el deseo sin decirlo en voz alta. De aquellas conexiones que no se explican bien porque no se ajustan a la lógica, ni al tiempo, ni a las etiquetas. Nos gustábamos —eso era evidente—, y por momentos, el romanticismo nos envolvía como un velo antiguo, de esos que no cubren pero sí transforman lo que uno mira. Pero el cuerpo —esa forma concreta de nombrar lo imposible— nunca fue parte de ...

Entre flores, brujas y otras permanencias.

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  Hay textos que, por alguna razón, exigen nacer en desorden. Esta columna, por ejemplo, bien podría haber cerrado con lo que ahora estoy por decir. Pero cuando uno escribe desde el temblor, lo que importa no es la estructura, sino la urgencia. Y hoy, más que un argumento claro, tengo una idea que no quiere irse: que hay cosas —cosas profundamente simples— que se nos escapan justo porque están siempre ahí. Intentaré explicarlo, aunque sospecho que la palabra me queda corta. Pensaba en esto mientras recordaba algo tan mundano como las flores. Durante muchos años, no me detuve a verlas de verdad. Las conocía, claro, pero no con la profundidad que ahora me inquieta. Eran parte del decorado: celulosa pintada de colores, útil para adornar mesas, funerales o disculpas. Jamás me había preguntado cuánto gira, simbólicamente, alrededor de una flor. Fue hasta hace poco —quizá cuando la mirada se vuelve más serena y menos ocupada— que empecé a notar sus contornos, sus formas delicadas, s...

Las Cartas del Canciller: Vol. 1

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  Esta noche, invadido por la melancolía —esa compañera que nunca pide permiso para instalarse en la silla contigua—, he querido evocar a un personaje que, desde hace tiempo, vive entre las rendijas de mis textos: el Canciller Cabezatrueno. Pocas veces he compartido sus cartas, y no porque carezcan de fuerza o sentido, sino porque en ellas habita un romanticismo tan extremo, tan arcaico, que rozan el patetismo y la tragedia a partes iguales. Cabezatrueno no escribe para obtener respuestas; escribe para confirmar su condena. Lo suyo es un acto ceremonial de derrota sostenida. Un hombre de Estado venido a menos por su propio corazón. Así pues, les comparto una de sus misivas más recientes. Una carta que me ha parecido particularmente lúgubre y sincera. Les advierto: no es para estómagos livianos ni almas cínicas. Les dejo con la epístola…   Carta encontrada entre los papeles del Canciller Cabezatrueno: Los cuervos han llegado hasta mí. Los he visto posarse en las torres ...

Sobre los actos paganos, voces dormidas y otros pormenores.

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  Durante mucho tiempo —años enteros, si soy honesto conmigo mismo— he mantenido una fidelidad dogmática a ciertos rostros, a ciertos nombres, a ciertos templos de memoria emocional donde nada nuevo podía entrar sin pasar primero por el umbral del pasado. Mis devociones eran antiguas, casi litúrgicas. Sabía a quién escribir, cómo escribirle, qué tono usar, qué nombre no mencionar jamás para no romper el hechizo. Y sin embargo, de un tiempo para acá, una figura nueva ha empezado a emerger con la persistencia silenciosa de un astro que no se postula para el centro, pero que, sin querer, desplaza la órbita. No es amor. Ni siquiera sospecho que lo será. Pero hay algo profundamente pagano en lo que siento cuando ella aparece. Algo que desobedece la línea recta de mis antiguas escrituras. Ella no me pertenece, y eso, en lugar de alejarme, me sostiene. Me doy cuenta de que la pienso más de lo prudente. Que busco sus ojos como quien interroga un oráculo que no tiene tiempo de contestar. ...

Conversando en el silencio.

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  Es impresionante la cantidad de cosas que suceden en medio del silencio abismal, lejos del bullicio tradicional que da fondo y color a la cotidianidad de nuestro día a día. Digo “suceden” con total conciencia del verbo, porque no hay nada más engañosamente activo que un silencio bien sostenido. La conversación, sin embargo, no funciona —por definición— en medio del silencio. O eso creí. Nosotros —ella y yo— hemos adoptado una forma muy particular de llevar esta extraña relación epistolar. El término ya es extraño per se —además de anticuado—, pero me permito explicar. Yo escribo. Escribo como quien lanza mensajes al mar, sabiendo que la marea es hostil, que la botella tal vez no flote o que, de hacerlo, no habrá nadie en la otra orilla. Pero igual lanzo. A veces cartas, a veces columnas, a veces una línea breve escondida entre párrafos largos que sólo ella —si está atenta— sabrá reconocer. Ella, en cambio, responde con gestos mínimos. Una mirada que no pide permiso. Una...

Non Sum Tibi: Ella no era para mí, pero igual la pensé.

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  Hoy ha sido un día definitorio. No porque haya encontrado respuestas, sino porque comprendí que hay verdades que no necesitan gritar. A veces basta una intuición que se convierte en certeza para que algo termine. Y así fue con ella. La muchacha distinta, disonante, fascinante. La pensé demasiado, la imaginé aún más, y aunque nunca fue mía, algo de mí ya le pertenecía. No hubo escena final. No cartas ni lágrimas. Lo nuestro fue de esos vínculos silenciosos que nunca inician y, sin embargo, dejan cicatriz. Me dediqué a traducirla en matices, como quien intenta leer una partitura que no está hecha para sus manos. Había en ella algo que me desarmaba, una melodía que parecía tocarse sola. Me dejé llevar por la idea —ilusoria, quizás— de que esta vez, habría música para mí. Un amigo y yo tenemos una frase que suele resumir estos casos. Hoy la parafraseo con respeto: “Ella quería entregarse… pero no a ti.” Y eso fue todo. No un golpe, sino una constatación que llevaba tiempo en la p...

Las musas que llegan tarde y las que nunca se van.

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  A veces creo que el universo tiene un sentido del humor particularmente cruel conmigo. Justo cuando empiezo a creer que algo nuevo puede florecer —una palabra, una risa, una mirada que promete distraerme—, regresa. No en cuerpo, claro. Pero sí en forma. En sombra. En eco. En esa vibración interna que delata que todavía no está fuera de mí, aunque ya no esté cerca. Había comenzado a escribir sobre alguien más. Alguien que, con su sola presencia, parecía traer luz a un rincón que llevaba demasiado tiempo dormido. No era amor. No todavía. Era esa chispa inicial que uno aprende a detectar con miedo, pero también con ilusión. Y entonces… ocurrió. Ella volvió. No físicamente. Pero basta una señal mínima, un recuerdo arbitrario, una imagen mal acomodada en la mente, para que todo lo demás tambalee. Cuando siento que puedo empezar a construir algo nuevo, ella —la que nunca nombro, pero siempre entiendo— regresa a mi sistema emocional como si tuviera derecho de admisión permanente. No...

Sobre la carta no entregada y el milagro de no estar solo.

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  La escena es clara. La mirada taciturna de un servidor frente a las puertas de su alma mater. La cita no era oficial, pero las promesas tienen su forma peculiar de instalarse en la agenda emocional: no importa si se dijeron en voz alta o apenas se susurraron en la mirada —una promesa, cuando se hace con el alma, se espera con el cuerpo completo—. Esperé. Ella no llegó. Y, aunque lo intuía, el golpe duele igual. Tenía una carta en el bolsillo. No para entregarla. Ni siquiera pensaba leerla en voz alta. La escribí en una madrugada en la que no pasaba nada y eso ya era demasiado. Era un gesto torpe, una forma de pasar el tiempo, una conversación ficticia con una ausencia que todavía tenía nombre. La llevé conmigo sin saber por qué, tal vez como quien carga un paraguas el día que más quiere que no llueva. Pero llovió. De ella, ni rastro. A veces uno escribe cartas como si eso pudiera evitar el silencio. Pero lo cierto es que las palabras no detienen lo inevitable. Solo lo hac...

Fiat Lux: sobre el derecho de imaginar que tal vez sí.

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  No es la primera vez que escribo sobre el miedo. Sobre esa punzada que aparece justo cuando algo bueno asoma su sombra. Lo he dicho antes, lo he repetido casi como credo: que cuando todo parece empezar a funcionar, uno empieza a prepararse —de forma instintiva— para perderlo. Como si el azar tuviera memoria. Como si la vida tuviera que cobrarse la dicha con una cuota de ruina. Pero esta vez quiero intentar algo distinto. Hace unos días me sorprendí pensando —con algo entre vértigo y ternura— que tal vez… esta vez las cosas podrían salir bien. No perfecto. No eterno. Solo bien. En esa forma modesta pero luminosa que tienen los días en los que no pasa nada malo y eso ya basta. Y no es que haya perdido el hábito de la sospecha. Aún lo tengo, como quien guarda un abrigo por si la tormenta regresa. Pero esta vez —aunque el abrigo esté a la mano— quiero dejar que el sol me toque un poco. Solo por hoy. Solo por esta ilusión que no quiero desarmar con palabras que sobran. Pensé en la inf...

Los miedos del peregrino.

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  Hay algo en la oración que siempre me ha conmovido. No el dogma, no el hábito impuesto, sino el gesto íntimo de sentarse a hablar con uno mismo en voz baja, con la excusa de estarle hablando a algo o a alguien más. Orar —cuando no es mecánico— se parece mucho a escribir. Es una forma de ordenar el caos, de ponerle estructura a la incertidumbre, de darle contorno al miedo. Yo no rezo, pero escribo. Y cuando escribo así, como ahora, siento que me estoy confesando con algo más grande que yo. A veces lo llamo tiempo, a veces futuro, a veces azar, pero casi siempre sé que, en el fondo, me estoy confesando conmigo mismo. Últimamente he estado pensando —más de lo que quisiera— en la mala suerte. En esa sensación que nos hace pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad. Que lo luminoso es apenas el prólogo del colapso. Que, si algo sale bien, entonces algo malo debe venir de inmediato para equilibrar la balanza. No lo digo como quien cree en el destino, lo digo como quien se ha...

Sobre los dones que no todos recibimos (y aun así cargamos).

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Hace unos días, en mi columna sobre la elección de S.S. León XIV, escribí sobre cómo mi crisis de fe durante la adolescencia fue el punto de inflexión que me llevó a convertirme en lo que ahora llamo —con más cariño que precisión— un ateo guadalupano. Lo dije entonces, y lo repito ahora: no dejé de creer por soberbia, sino por cansancio. Y, sin embargo, no me alejé del todo. Me quedé en el umbral, como quien no entra al templo, pero tampoco se atreve a darle la espalda. Hoy no quiero hablar del Papa. Hoy quiero hablar de la fe. De esa cosa tan extraña, tan frágil, tan poderosa, que no todos tuvimos el privilegio de recibir. Porque aunque me eduqué entre altares, procesiones y parábolas, nunca supe —o nunca logré— tener fe como se supone que debe tenerse: sin duda, sin resistencia, sin explicación. En un mundo donde nada es estático, las certezas son escasas. Las verdades se debaten, las convicciones se ajustan, las estructuras cambian. Y en medio de todo eso, hay quienes todavía cr...