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La cantata de los tercos.

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  Hay canciones que uno no escribe, sino que se confiesan solas. Aparecen sin pedir permiso, con la insistencia de un recuerdo que no sabe quedarse callado. Esta —la que hoy comparto— nació en uno de esos lapsos en que el silencio se vuelve insoportable, en que uno se siente condenado a seguir pensando en aquello que ya debería haber dejado atrás. No fue un intento por ser músico, ni poeta, ni mártir del desamor; fue, simplemente, un acto de supervivencia. No era un pensamiento complejo ni una revelación divina, solo esa absurda necesidad de ponerle nombre a la terquedad de seguir sintiendo. No buscaba escribir una obra maestra; buscaba —quizá— entender por qué a veces duele más no olvidar que haber perdido. Le puse “La cantata de los tercos” porque, a falta de un nombre mejor, era lo más honesto que podía decir. No es un canto heroico ni una oda al romanticismo, es la crónica de quienes —como yo— seguimos aferrándonos a lo que ya no está, aunque sepamos que hacerlo es inútil....