Sobre los actos paganos, voces dormidas y otros pormenores.
Durante mucho tiempo —años enteros, si soy honesto conmigo mismo— he mantenido una fidelidad dogmática a ciertos rostros, a ciertos nombres, a ciertos templos de memoria emocional donde nada nuevo podía entrar sin pasar primero por el umbral del pasado. Mis devociones eran antiguas, casi litúrgicas. Sabía a quién escribir, cómo escribirle, qué tono usar, qué nombre no mencionar jamás para no romper el hechizo. Y sin embargo, de un tiempo para acá, una figura nueva ha empezado a emerger con la persistencia silenciosa de un astro que no se postula para el centro, pero que, sin querer, desplaza la órbita. No es amor. Ni siquiera sospecho que lo será. Pero hay algo profundamente pagano en lo que siento cuando ella aparece. Algo que desobedece la línea recta de mis antiguas escrituras. Ella no me pertenece, y eso, en lugar de alejarme, me sostiene. Me doy cuenta de que la pienso más de lo prudente. Que busco sus ojos como quien interroga un oráculo que no tiene tiempo de contestar. ...