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Te regalo mi pulmón.

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  Hace años era aún más tonto e inmaduro de lo que soy ahora. Es un pecado usual, uno que no debería de extrañarle a nadie, más cuando sigue presente en los detalles del día, en nuestros modos, delirios y ansiedades.  No hablaré de los pecados porque no alcanza esta columna, y menos de los míos, porque no alcanza la tinta; pero hablaré de uno, solo uno. No es el que más me duele, tampoco el que recuerdo más, pero sí el que me deja tirado un par de horas sobre la cama, el que me hace escribir de más, y el primero en su tipo que cometí. Cuando apenas comenzaba a discernir entre lo bueno y lo perfecto, y en medio de mis primeras lecciones sobre esa ordinaria forma de engatusarnos que tenemos los adolescentes por otros, me fue entregado algo tan bello como peligroso: un corazón adolescente. Pasé tiempo queriendo darle el mío a una ballerina de grandes mejillas, le llamaré 'Julieta'. Cada intento de entregar a Julieta la potestad de mi sangre resultó en fracaso. Pasó el tie...

Las muchachas de industrial | Rutina poco solemne

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  Hace unos días escribí un par de textos que decidí guardar. Probablemente fue porque temía por las represalias de cierto personaje; pero en vista de no haber recibido ningún maleficio, y un poco a sabiendas de que ya ni su desprecio me permite leer, les quiero compartir dos ejercicios literarios que espero disfruten de leer tanto como yo de escribirlos. "Las muchachas de industrial" Al entrar a la carrera no sabía lo fácil que me iba a enamorar. Por más que había caído antes en romances escolares no había manera de presupuestar que al entrar al salón me encontraría con una sonrisa tan peculiar, con unos modos tan reconocibles y unos ojos muy chiquitos, era tan especial. Fue pasando semana tras semana, a penas la podía saludar. Trataba de mostrarme interesante, pero parece que nunca fui demasiado genial. Me fui poniendo triste ante los hechos, creí que mi vida se iba a acabar. En eso me cambiaron de salón y una nueva muchacha se robó mi corazón. Siempre me gustó más la p...

Notas de una mosca peregrina.

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  Ya me he topado antes con gritos ahogados en mares de melancolía; con textos que no me nombran, pero me contienen; con ojos que no me observan, pero me embrujan.  Espero no cuente como hacer trampa, finalmente todo se reduce —aunque no disminuye— a escribir sobre ti, y aunque escriba de delirios, sobre demonios y recuerdos, poco o nada escapa de ti.  Ya no le haces caso a las abejas, sin mucha explicación nos quemaste a todas dentro del panal; chamuscadas, apestosas, y las alas medio rotas, en viles moscas putrefactas se volvieron mis textos y yo no es que me queje, no me es ajeno el azufroso olor. Pero esta mosca sigue terca, tal vez por desidia de salvarse de tus telarañas frías, o simplemente porque no le gusta escribir para alguien más que no sea su majestad. Luego entonces, parece la manera más discreta que tiene la conciencia de recordarnos que todavía existimos en la decrépita mente del otro. No siempre te recuerdo con estruendo, ni necesitas un nombre pron...

La cantata del becario sin candado.

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  La residencia profesional no solo ha enriquecido mi acervo académico, sino que ha sido un generador de experiencias relatables y singular catalizador de líricas y romántica prosa. Algunas presencias que acompañan mis deberes han llegado a inmiscuirse en los asuntos íntimos de mi conciencia. No es algo que yo haya buscado, pero tampoco he hecho mucho por evitarlo. No tengo por qué dar explicaciones, tampoco es que alguien me las pida, pero sí creo importante (para fines de lectura contextualizada) decir que lo que están a punto de leer ha sido un mero ejercicio literario, una forma de matar los últimos minutos antes de marcar salida. Los dejo entonces con los siguientes versos. No había tenido tiempo de pensar  En cuántas veces te observé sin parpadear Y es que mis ojos se sentían inútiles Cuando salías del campo visual Era muy poco mas me volví loco Con las canas a la orilla de tu faz Encasillando esos ojos de coral.   Creo la primera vez que me embrujas...