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Notas de vuelo. Vol. 1: "La revancha del Bajío"

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  Estoy sentado en el avión, esperando el despegue que me lleve a la Ciudad de México para luego dirigirme a Querétaro. Siempre me ha parecido curioso que uno pueda abandonar una ciudad antes de haber entendido del todo lo que significó. Existe una posibilidad que me asusta. Tal vez esta sea la última vez que parta desde la ciudad que nos permitió encontrarnos, al menos durante un tiempo. No porque haya algo triste en ello, sino porque la vida, cuando avanza, suele llevarse consigo los escenarios donde ocurrieron sus mejores casualidades. No es una mala noticia. Si las cosas salen como espero, significará que alguien decidió confiar en mí; que todo lo aprendido, todas las horas invertidas y todos los intentos finalmente encontraron un sitio al cual pertenecer. Pienso en mi última batalla en el Bajío. No fue la más digna. Me recibió con la dureza suficiente para hacerme volver antes de tiempo. Aunque, viéndolo bien, también fue ese mismo regreso el que terminó llevándome hasta...

Solos: Vol I

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  Todavía no entiendo cómo después de añorar tanto tu presencia, aún no me acostumbro a sentirte cerca, asfixiando lo que me queda de conciencia. Suena contradictorio que —después de buscarte tanto— ahora no pueda verte a unos cuantos metros sin sentir que mis ya mancillados pulmones dejan de responder. Será por ego, miedo o mera especulación que me alejo tanto como el alma me lo permite. Tal vez mi actuar inconsistente se argumente desde el inconsciente, porque en el fondo —no tanto—sé que volvería a caer. ¿Seré entonces yo el tonto de hojalata que no ha sabido conducirse en este confuso y sinuoso sendero? Sé que no ha sido culpa tuya, no te responsabilizo del detrimento de mi dignidad, pero es imposible ignorar tu nombre al pie. Tal vez un muérdago trastrueque los delirios sacro liricos que te escribí, tal vez los lirios o lo tulipanes te permitan entender mi vil sufrir, o tal vez frívolo mi dolor tremolo nos dejen observarnos en plural; tan poco miedo, muy poco para llorar. Y ya...

Solos: Vol. II

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  Durante mi siesta vespertina —que dicho sea de paso, no estaba presupuestada— se me reveló un sentimiento que, aunque presente, hace tiempo no sea hacía notar. En medio del bullicio del subconsciente, lo único que decidí recordar —aunque tampoco es que tenga mucha opción— es a ti, a nosotros.  Es complicado pensarnos así, en plural singularidad; conjugarnos en el mismo verbo siempre ha sido un sueño —hoy más que nunca— pero jamás había tenido el placer —o desdicha, según el tiempo verbal— de sentirnos de forma tan vívida. Y es que después del sueño, la realidad se volvió pesadilla, se sentía como haberte perdido, porque ahí, en el sueño, sí fuiste mía.  Te sentí tanto que despertar sin ti se sentía como no sentirme a mí del todo, vivir sin sentirme completo. Por un segundo, tal vez un poco más, extrañarte me dolió hasta el alma —o lo que queda de ella—; quiero creer que es porque parte de ella se quedó contigo allá. Y es que suena lógico que solo en mis sueños, ...

Epístolas en cuarto menguante.

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  Es algo cómico —pero no sorprendente— que mi relación más pura y duradera haya sido literaria. No lo expreso en reclamo, más bien en confesión. El verbo ha tomado otro significado cuando se trata de ti, de nosotros, de lo nuestro: sentirnos, tenernos, hablarnos. Todo eso ha escapado del sentido tradicional para empaparse de un matiz anticuado y envuelto en solemnidad literaria. Y es que hasta nuestros celos se dignan al mostrarse en nada menos que la prosa larga. Reclamando entre poemas y silogismos el lugar que el otro se ha ganado con tanta línea, con tanto verso. Esta relación —como casi cualquier otra— ha vivido sus momentos álgidos, momentos de intermitencia, silencios en los que he aprendido a sobrevivir y epítomes de alegría en los que te siento tan mía como yo tuyo. Debe ser condicionante humana. Pero hasta hoy, no imagino una vida en la que escriba para alguien más. Ha sido extraño —por decir menos— lidiar con nuestra extraña forma de sentirnos, de escribirnos, d...