Más que aves, marimbondos.
De un tiempo para acá, se me ha vuelto costumbre encontrarme en textos que no me nombran, pero me provocan; quizá hay algo de ego o un exceso de autoestima de mi parte, pero a veces —asumo— no hace tanto daño. Es complicado verse desde el otro lado del papel —la baja autoestima retoma su puesto— y ya no sentirse autor, sino reflejo del verbo y agravio del presagio escondido entre afijos y sufijos. Así pues, aquellas letras que coqueteaban con mi conciencia me dejaron algo muy en claro: que así como el silencio es otra forma de respuesta, cuando la intermitencia no cesa, se vuelve otro tipo de presencia. No sabría decir en qué momento comencé a leerte como quien reconoce su propio pulso en un pecho ajeno. Tal vez fue cuando entendí que, incluso cuando pareces partir, nunca te vas del todo; o cuando acepté que no importa cuánto me aleje del mapa, porque a ti no te abandono: te llevo conmigo. No como carga, sino como brújula. Eres —lo he sabido siempre— mi sitio. Y a veces, en l...