Entradas

Buenas rolas, y muy buenas rolas.

Imagen
De cuando en vez, me descubro atrapado en la antesala de un comentario inútil. Un “buen…” suspendido en la lengua, sin el valor suficiente para completarse ni la dignidad de retirarse a tiempo. No es timidez —o no solamente—, es más bien una cautela aprendida: la sospecha de que los gestos pequeños, cuando se dicen en voz alta, pierden algo de su potencia. Fue en uno de esos lapsos —breves, casi administrativos— cuando ocurrió la intersección con la muchacha de pelo azul. No hubo ceremonia ni intención previa. Un intercambio mesurado, incluso prescindible para cualquiera que lo hubiese presenciado. Opiniones rápidas sobre piezas musicales: unas buenas, otras muy buenas. Nada que amerite archivo histórico ni pie de página… y, sin embargo, aquí estoy. La conversación murió casi al mismo tiempo que nació, como suelen hacerlo las cosas que no saben que están destinadas a quedarse. Pero dejó algo. Una incomodidad leve. Un eco. La clase de residuo mental que no se explica por la duración...

Cuando se deja ver.

Imagen
    Escribirle en segunda persona parece no hacer una gran diferencia. Tal vez si arrancamos en tercera pueda llegar un poco más allá de lo que la suerte —o ella— me lo ha permitido. Solía pensar un poco de forma cómica que cuando mi conciencia comenzaba a dejarla en segundo plano, ella se aparecía o mandaba alguna señal de vida. No era un regreso definitivo o una señal que llevara nombre. Era un recordatorio, una manera de hacerme sentir calor al leer su nombre.  Nunca pareció preocuparle que su lugar fuera ocupado por otros delirios, por otras figuras paganas ni se inmutó. Tal vez —y aquí estoy asumiendo— siempre se ha sabido dueña de su espacio. Esa despreocupación con la que abandonaba nuestro sitio sin decir mucho siempre me ha lastimado un poco, pero hay algo en saberme suyo que simplemente me hace querer guardar su lugar. Ya sé que suena un poco a reclamo barato, pero no es así.  Y es que esta noche me ha dado pensar en todo lo que me hace escribirte h...

Recaídas de madrugada.

Imagen
  Antes ustedes, un mensaje jamás enviado que se convirtió en columna. Con la esperanza de que sepas encontrarte entre mis líneas... ¿Habré de mancillar mi honor por dos noches seguidas? No, no lo creo, tampoco me odio tanto. Tal vez eso pasa cuando el ocio toma posesión. No hay intención clara o móvil que justifique el acto mismo; es, de alguna extraña y enfermiza forma, lo único que queda. Causa algo de miedo, no por la naturaleza del momento, tampoco es el ambiente que hace parecer, es más por el nivel de sentencia y determinación que se respira. Perdón, creo que ya estoy siendo demasiado metafórico —mi verborrea de por sí ya es insufrible—. Te escribo buscando una respuesta a la que no sabría qué responder, como un can que persigue autos sin tener la menor idea de qué haría si los alcanzara. Tal vez esto se ha convertido más en una especie de deporte macabro en el que pongo mi cordura en riesgo con cada palabra que elijo. He contemplado la idea de que simplemente extraño ...

Geburstag notes, helados de vainilla y chocolate oscuro.

Imagen
  Hay días que no se anuncian. No llegan con estruendo ni con una fecha subrayada en el calendario; simplemente aparecen, se sientan a un costado del pensamiento y se niegan a irse. Hoy fue uno de esos días. No ocurrió nada extraordinario —al menos no en el mundo tangible—, pero algo en el aire me recordó que el tiempo también tiene memoria y que, de cuando en vez, decide cobrarla. Pensé en ella sin proponérmelo. Como suelen aparecer las cosas que alguna vez importaron de verdad: sin permiso y sin urgencia. Ya no fue esa sacudida que obligaba a escribir de madrugada ni el vértigo que empujaba a redactar cartas con más fe que sentido. Fue distinto. Fue una presencia tenue, casi amable, como si el recuerdo hubiera aprendido a no doler. Y en esa quietud entendí algo que antes me costaba aceptar: que hoy, poco o nada significo en su vida. Y, sorprendentemente, eso no me entristeció. Al contrario. Me pareció una buena noticia. Una señal tardía —pero bienvenida— de que tal vez renunciar ...

La muchacha de pelo azul.

Imagen
  A pesar de la pretenciosa profundidad de algunos de mis textos, mi mente se siente más cómoda divagando con lo que mis ojos se distraen al deambular. Fue en uno de estos escenarios en los que me topé con la musa que ha provocado lo que a continuación leerán.  Hace casi un año, tal vez un poco menos, fue la primera vez que coincidí con aquella figura. Eso era en aquel entonces: una figura, forma y color, nada más. No había nombre, tiempo, sabor o corazonada, solo forma y color. De a poco, comenzó a adquirir tiempo, tono y contexto. Pasó de memoria falsa a presencia constante. Un árbol que me recordaba sobre qué camino me encontraba.   Poco o nada puedo decir de sus alrededores; casi siempre acompañada —o así le recuerdo— y de presencia sutil. Difícil de leer, pero extrañamente familiar; por alguna razón, supuse que tendríamos uno que otro delirio en común.  Luego de un tiempo, ya sea caminando con mis amigos o acompañado de mis demonios, su presencia dejó...

Sobre el adulterio, año nuevo y otros pormenores.

Imagen
  Después de decenas de crónicas del sentimiento humano protagonizadas por brujas, ceferinas, figuras paganas y una que otra muchacha del exclusivo —todas ellas más reales de lo que me atrevería a admitir—, hoy decido hacer una pausa distinta. No porque el sentimiento se haya agotado, ni porque la tinta haya perdido filo, sino porque el calendario insiste. Para despedir el año y conmemorar las cien publicaciones de este portal, estas líneas no buscan una musa esquiva ni un altar imposible: buscan a quienes, sin mayor ceremonia, decidieron quedarse. Mis amigos. El 2025 fue —en lo personal— un año extraño y, al mismo tiempo, brutalmente honesto. Un recordatorio constante de aquello que se sembró en el pasado y de lo que, con algo de suerte o terquedad, se espera cosechar en el futuro. Y aunque siempre me he refugiado en la idea de que el porvenir es incierto, hoy prefiero hablar de probabilidades: de la posibilidad real de que las cosas sigan, de que algo funcione, de que alguien pe...

Otra terca Navidad y yo pensando en "el control... el control..."

Imagen
  La Navidad siempre ha tenido algo de tregua mal entendida. Se le atribuye la capacidad de reconciliarlo todo —los afectos rotos, las ausencias, incluso las renuncias— cuando en realidad lo único que hace es iluminar con mayor claridad aquello que decidimos callar el resto del año. Tal vez por eso diciembre pesa distinto: no por lo que trae, sino por lo que deja ver. Hace un par de semanas comenzó una abstinencia que no figuraba en ningún calendario litúrgico. No hubo anuncio solemne ni gesto dramático; fue más bien una decisión tomada en voz baja, como se toman las cosas que duelen de verdad. Desde entonces, las mañanas se han vuelto más largas y las noches, curiosamente, más breves. No porque el insomnio haya cedido, sino porque ahora sueño menos. O sueño distinto. Las canciones volvieron —las mismas de cada año— y uno finge no saberlas de memoria. En ese ejercicio de repetición hay algo profundamente humano: insistir en lo conocido para no pensar en lo que falta. Y, sin emb...