Las flores y tú.
Hay cosas que cambian de significado sin hacer ruido. No sucede de golpe ni con la solemnidad de los grandes acontecimientos; más bien se infiltran, como una nota que se repite en la misma canción hasta que un día descubres que ya no puedes escucharla igual. Así me ha pasado con las flores. Antes eran apenas ornamento: color, forma, un gesto amable del paisaje. Hoy son otra cosa, un idioma que aprendí sin darme cuenta. No sé en qué momento dejaron de ser simples presencias para convertirse en señales. Quizá fue una tarde cualquiera, quizá una coincidencia mínima, pero desde entonces cada pétalo parece guardar una versión tuya: una manera de estar sin decir nada, de ocupar espacio con delicadeza. Me descubro deteniéndome más de la cuenta frente a los arreglos improvisados de la banqueta o los jardines que sobreviven al descuido, como si en ellos hubiera una pista, un eco. Las flores tienen esa cualidad extraña de ser frágiles sin parecer débiles. Se marchitan, sí, pero mientras du...