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No es el alcohol, juro que no.

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  El etanol se ha apoderado de mí (no es la primera vez, seguro tampoco la última). Pero no tenía presupuestado encontrarte hoy. Es ingenuo creer que mi prosa hará alguna diferencia, pero es peor no intentarlo.  No confío en mí, porque el delirio es mayor que lo que el ron pueda hacerme, pero sé que poco o nada podrá hacer la resaca contra lo que has hecho tú.  ¿Demasiado intenso? Puede ser (aunque tampoco puedo culpar al alcohol de todo).  Tal vez lo único que puedo concederle al etanol en mi sistema es el valor para acercarme (aún ponemos en duda esa concesión).  Tarde o temprano, ante tus ventanas o dicho al aire, habría de canalizar todo el desastre que has provocado en forma de verborrea. Pero eso no lo hace menos real. Porque sé que en cualquier otro universo, esos ojos de bruja me habrían atrapado. Habrá sido coincidencia que el etanol haya estado en mi sistema, lo juro. Porque sé que, en cualquier circunstancia, con todos mis sentidos en mí, li...

Más que abejas, marimbondos.

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  Hace poco —unos días para mí, unas horas para ustedes— hablé de provocaciones. Pero no fue hasta este momento en que fui víctima de una verdadera provocación, con nombre y apellido y —admito— ha funcionado. No fue el escándalo lo que me alcanzó, ni la insinuación ligera que suele abundar en los márgenes de lo escrito. Fue algo más preciso, más íntimo, casi quirúrgico: una intervención en el lenguaje que yo mismo creí dominar. Y ahí, en ese territorio donde uno escribe creyéndose dueño de las formas, apareciste tú a recordarme que hay símbolos que no se prestan, que no se multiplican sin perder algo en el intento. Tal vez tengas razón en algo: las abejas, cuando se extravían, pierden su propósito. Pero hay otra posibilidad que no contemplaste —o que decidiste omitir—: que no se trate de una abeja degradándose, sino de algo distinto revelándose. Porque no todo lo que zumba busca miel; hay criaturas que no recolectan, que no endulzan, que no prometen… pero que saben exactamente ...

Provocaciones.

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  No soy de la idea de que haya que usar cada obra para causar respuesta o generar reacciones a terceros, muchas veces he expresado que la obra es más catarsis que mensaje. Pero si he de lanzar una provocación, habrá de ser por el medio en el que soy menos torpe: el escrito. Y justo de eso quiero hablar. Desde hace poco he sido blanco de una provocación. No sé si esa ha sido la intención, sería presuntuoso creerlo, pero la intencionalidad poco o nada tiene que ver con lo efectiva que ha sido. No me ha quitado el sueño, pero se ha hecho notar. Me es extraño describirlo desde este lado, normalmente soy yo quien lanza las provocaciones, no quien las recibe. ¿Me siento vulnerable? Cuando se trata de ella, siempre. Y cómo no habría de sentirme así, si ha sido ella quien me ha hecho tambalear de mi soberbia y caer en la sentimentalidad. No es dueña de mi alma, tampoco de mis recuerdos, pero aprendió a entrar sin llave —aunque tampoco he hecho mucho por detenerla—. Fue ella quie...

La Victoria de los Nazis.

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  Se ha comentado desde hace tiempo en mis círculos cercanos sobre mi “problemita” con cierto arquetipo de muchachas. Aquellas que se hacen notar sin irrumpir, las que guardan su lugar desde la periferia, esas que —sin hacer ruido— captan toda mi atención y que —sin mucho esfuerzo— dejan en mi mente su recuerdo grabado en oro. Hace poco menos de un mes, a pocos días de la semana santa, un recuerdo así llegó a las filas de mi conciencia. Como lo dije antes, llegó sin avisar, sin irrumpir; fue al mostrarse humana que mis delirios decidieron rendirle a escondidas. Con cada palabra, risa y uno que otro codazo recíproco, fuimos desdibujando la línea que nos separaba. Sin planearlo, comenzamos a encontrarnos en las palabras del otro. Nos sorprendimos, decepcionamos e indignamos a la par; pero también reímos y recordamos cosas que nos hicieran sonreír. Fue sencillo descifrarnos, aunque tampoco había mucho que ocultar. Donde yo anotaba frases, citas e ideas de lo que acontecía al mom...