Un poco más que ayer.
No hace mucho que escribirte era lo más normal para mí, y no lo digo como quien encuentra tediosa la rutina, sino como quien entiende la belleza detrás de la constancia. No fue hasta que mi propio temple comenzó a flaquear que —en un acto de pundonor— guardé tus cuadros bajo llave. Ahora solo los veo de cuando en vez. Sin embargo, si algo has mantenido es tu facilidad para desquebrajarme en menos de lo que puedo reaccionar. Hoy fue uno de esos días, uno de esos en los que me partes a la mitad con tu sonrisa y tientas mi alma hereje para volver a tu iglesia. No ha sido la primera vez, pero esta ocasión hubo algo diferente, algo cambió. Puede ser simple percepción, coincidencia o pura mala suerte, pero esta vez te sentí —como casi nunca— cerca. De pensarte, te pienso siempre. Eso no ha cambiado. ¿Cómo no hacerlo, si basta con sentirte en la periferia para morir de miedo? Aun cuando solo tu recuerdo es lo que vaga por los pasillos. No, no he dejado de pensarte, se trata de alg...