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Más que abejas, marimbondos.

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  Hace poco —unos días para mí, unas horas para ustedes— hablé de provocaciones. Pero no fue hasta este momento en que fui víctima de una verdadera provocación, con nombre y apellido y —admito— ha funcionado. No fue el escándalo lo que me alcanzó, ni la insinuación ligera que suele abundar en los márgenes de lo escrito. Fue algo más preciso, más íntimo, casi quirúrgico: una intervención en el lenguaje que yo mismo creí dominar. Y ahí, en ese territorio donde uno escribe creyéndose dueño de las formas, apareciste tú a recordarme que hay símbolos que no se prestan, que no se multiplican sin perder algo en el intento. Tal vez tengas razón en algo: las abejas, cuando se extravían, pierden su propósito. Pero hay otra posibilidad que no contemplaste —o que decidiste omitir—: que no se trate de una abeja degradándose, sino de algo distinto revelándose. Porque no todo lo que zumba busca miel; hay criaturas que no recolectan, que no endulzan, que no prometen… pero que saben exactamente ...

Provocaciones.

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  No soy de la idea de que haya que usar cada obra para causar respuesta o generar reacciones a terceros, muchas veces he expresado que la obra es más catarsis que mensaje. Pero si he de lanzar una provocación, habrá de ser por el medio en el que soy menos torpe: el escrito. Y justo de eso quiero hablar. Desde hace poco he sido blanco de una provocación. No sé si esa ha sido la intención, sería presuntuoso creerlo, pero la intencionalidad poco o nada tiene que ver con lo efectiva que ha sido. No me ha quitado el sueño, pero se ha hecho notar. Me es extraño describirlo desde este lado, normalmente soy yo quien lanza las provocaciones, no quien las recibe. ¿Me siento vulnerable? Cuando se trata de ella, siempre. Y cómo no habría de sentirme así, si ha sido ella quien me ha hecho tambalear de mi soberbia y caer en la sentimentalidad. No es dueña de mi alma, tampoco de mis recuerdos, pero aprendió a entrar sin llave —aunque tampoco he hecho mucho por detenerla—. Fue ella quie...

La Victoria de los Nazis.

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  Se ha comentado desde hace tiempo en mis círculos cercanos sobre mi “problemita” con cierto arquetipo de muchachas. Aquellas que se hacen notar sin irrumpir, las que guardan su lugar desde la periferia, esas que —sin hacer ruido— captan toda mi atención y que —sin mucho esfuerzo— dejan en mi mente su recuerdo grabado en oro. Hace poco menos de un mes, a pocos días de la semana santa, un recuerdo así llegó a las filas de mi conciencia. Como lo dije antes, llegó sin avisar, sin irrumpir; fue al mostrarse humana que mis delirios decidieron rendirle a escondidas. Con cada palabra, risa y uno que otro codazo recíproco, fuimos desdibujando la línea que nos separaba. Sin planearlo, comenzamos a encontrarnos en las palabras del otro. Nos sorprendimos, decepcionamos e indignamos a la par; pero también reímos y recordamos cosas que nos hicieran sonreír. Fue sencillo descifrarnos, aunque tampoco había mucho que ocultar. Donde yo anotaba frases, citas e ideas de lo que acontecía al mom...

Un poco más que ayer.

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  No hace mucho que escribirte era lo más normal para mí, y no lo digo como quien encuentra tediosa la rutina, sino como quien entiende la belleza detrás de la constancia. No fue hasta que mi propio temple comenzó a flaquear que —en un acto de pundonor— guardé tus cuadros bajo llave. Ahora solo los veo de cuando en vez. Sin embargo, si algo has mantenido es tu facilidad para desquebrajarme en menos de lo que puedo reaccionar. Hoy fue uno de esos días, uno de esos en los que me partes a la mitad con tu sonrisa y tientas mi alma hereje para volver a tu iglesia. No ha sido la primera vez, pero esta ocasión hubo algo diferente, algo cambió. Puede ser simple percepción, coincidencia o pura mala suerte, pero esta vez te sentí —como casi nunca— cerca. De pensarte, te pienso siempre. Eso no ha cambiado. ¿Cómo no hacerlo, si basta con sentirte en la periferia para morir de miedo? Aun cuando solo tu recuerdo es lo que vaga por los pasillos. No, no he dejado de pensarte, se trata de alg...