Entradas

Más que aves, marimbondos.

Imagen
  De un tiempo para acá, se me ha vuelto costumbre encontrarme en textos que no me nombran, pero me provocan; quizá hay algo de ego o un exceso de autoestima de mi parte, pero a veces —asumo— no hace tanto daño. Es complicado verse desde el otro lado del papel —la baja autoestima retoma su puesto— y ya no sentirse autor, sino reflejo del verbo y agravio del presagio escondido entre afijos y sufijos. Así pues, aquellas letras que coqueteaban con mi conciencia me dejaron algo muy en claro: que así como el silencio es otra forma de respuesta, cuando la intermitencia no cesa, se vuelve otro tipo de presencia. No sabría decir en qué momento comencé a leerte como quien reconoce su propio pulso en un pecho ajeno. Tal vez fue cuando entendí que, incluso cuando pareces partir, nunca te vas del todo; o cuando acepté que no importa cuánto me aleje del mapa, porque a ti no te abandono: te llevo conmigo. No como carga, sino como brújula. Eres —lo he sabido siempre— mi sitio. Y a veces, en l...

Siempre es sobre ti (sobre la fidelidad y otros pormenores).

Imagen
  A unas horas de haber publicado mi última columna (le invito a leerla aquí si todavía no lo ha hecho), una línea escrita llamó —tal vez sin ánimos de hacerlo— mi atención. Aquel dilema, incómodo de pensarse, cargado de sentimiento y tintes de pregunta filosófica decía así: "Cuando el artista cambia de musa, ¿es infidelidad?" No lo sé del todo. Tal vez la respuesta dependa menos de la cantidad de nombres y más del peso específico de uno solo. En mis textos hay otras figuras paganas: algunas de paso, otras más ruidosas, otras que entran y salen como quien no quiere quedarse demasiado tiempo. Pero hay una presencia que no compite, no se disputa, no se negocia. Sin ser mi decisión, aprendí a convivir con su silencio, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que lo padecía, en el que cada pausa suya se sentía como una falta de aire. Hoy me descubro distinto: ya no sufro sus silencios, me cobijo en ellos. Espero. Y en esa espera —que no exige, que no reclama— algo se o...

No me va la tinta (ni el pelo) azul, creo.

Imagen
  Nunca he sido afecto a la tinta azul. No por alguna postura estética demasiado elaborada, sino porque siempre me ha parecido imprecisa: ni tan formal como la negra ni tan honesta como el lápiz. Algo similar me ocurrió con la muchacha de pelo azul, aunque eso lo entendí mucho después. Al principio hubo curiosidad. De esa que no hace ruido, pero se instala. Un gesto mínimo —una opinión musical lanzada al aire, un cruce breve en el pasillo, un comentario que pudo no haber sido— bastó para que algo se moviera en mi conciencia. No fue un golpe, más bien una vibración. De esas que uno decide explorar aun sabiendo que quizá no lleven a ningún sitio. Hice un par de intentos. Pobres, si se les mira con detenimiento. Comentarios medidos, silencios estratégicos, esa diplomacia emocional que uno adopta cuando no quiere parecer demasiado interesado ni demasiado ausente. Ella respondió como sabía hacerlo: a ratos, a medias, con una economía de palabras que dice más de lo que parece. Y luego vi...

Buenas rolas, y muy buenas rolas.

Imagen
De cuando en vez, me descubro atrapado en la antesala de un comentario inútil. Un “buen…” suspendido en la lengua, sin el valor suficiente para completarse ni la dignidad de retirarse a tiempo. No es timidez —o no solamente—, es más bien una cautela aprendida: la sospecha de que los gestos pequeños, cuando se dicen en voz alta, pierden algo de su potencia. Fue en uno de esos lapsos —breves, casi administrativos— cuando ocurrió la intersección con la muchacha de pelo azul. No hubo ceremonia ni intención previa. Un intercambio mesurado, incluso prescindible para cualquiera que lo hubiese presenciado. Opiniones rápidas sobre piezas musicales: unas buenas, otras muy buenas. Nada que amerite archivo histórico ni pie de página… y, sin embargo, aquí estoy. La conversación murió casi al mismo tiempo que nació, como suelen hacerlo las cosas que no saben que están destinadas a quedarse. Pero dejó algo. Una incomodidad leve. Un eco. La clase de residuo mental que no se explica por la duración...