Epístolas en cuarto menguante.
Es algo cómico —pero no sorprendente— que mi relación más pura y duradera haya sido literaria. No lo expreso en reclamo, más bien en confesión. El verbo ha tomado otro significado cuando se trata de ti, de nosotros, de lo nuestro: sentirnos, tenernos, hablarnos. Todo eso ha escapado del sentido tradicional para empaparse de un matiz anticuado y envuelto en solemnidad literaria. Y es que hasta nuestros celos se dignan al mostrarse en nada menos que la prosa larga. Reclamando entre poemas y silogismos el lugar que el otro se ha ganado con tanta línea, con tanto verso. Esta relación —como casi cualquier otra— ha vivido sus momentos álgidos, momentos de intermitencia, silencios en los que he aprendido a sobrevivir y epítomes de alegría en los que te siento tan mía como yo tuyo. Debe ser condicionante humana. Pero hasta hoy, no imagino una vida en la que escriba para alguien más. Ha sido extraño —por decir menos— lidiar con nuestra extraña forma de sentirnos, de escribirnos, d...