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La Victoria de los Nazis.

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  Se ha comentado desde hace tiempo en mis círculos cercanos sobre mi “problemita” con cierto arquetipo de muchachas. Aquellas que se hacen notar sin irrumpir, las que guardan su lugar desde la periferia, esas que —sin hacer ruido— captan toda mi atención y que —sin mucho esfuerzo— dejan en mi mente su recuerdo grabado en oro. Hace poco menos de un mes, a pocos días de la semana santa, un recuerdo así llegó a las filas de mi conciencia. Como lo dije antes, llegó sin avisar, sin irrumpir; fue al mostrarse humana que mis delirios decidieron rendirle a escondidas. Con cada palabra, risa y uno que otro codazo recíproco, fuimos desdibujando la línea que nos separaba. Sin planearlo, comenzamos a encontrarnos en las palabras del otro. Nos sorprendimos, decepcionamos e indignamos a la par; pero también reímos y recordamos cosas que nos hicieran sonreír. Fue sencillo descifrarnos, aunque tampoco había mucho que ocultar. Donde yo anotaba frases, citas e ideas de lo que acontecía al mom...

Un poco más que ayer.

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  No hace mucho que escribirte era lo más normal para mí, y no lo digo como quien encuentra tediosa la rutina, sino como quien entiende la belleza detrás de la constancia. No fue hasta que mi propio temple comenzó a flaquear que —en un acto de pundonor— guardé tus cuadros bajo llave. Ahora solo los veo de cuando en vez. Sin embargo, si algo has mantenido es tu facilidad para desquebrajarme en menos de lo que puedo reaccionar. Hoy fue uno de esos días, uno de esos en los que me partes a la mitad con tu sonrisa y tientas mi alma hereje para volver a tu iglesia. No ha sido la primera vez, pero esta ocasión hubo algo diferente, algo cambió. Puede ser simple percepción, coincidencia o pura mala suerte, pero esta vez te sentí —como casi nunca— cerca. De pensarte, te pienso siempre. Eso no ha cambiado. ¿Cómo no hacerlo, si basta con sentirte en la periferia para morir de miedo? Aun cuando solo tu recuerdo es lo que vaga por los pasillos. No, no he dejado de pensarte, se trata de alg...

Amantes y dementes.

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  Hace unos meses, en medio del bullicio citadino y pendientes por cumplir, una breve —pero significativa— escena llamó mi atención. Una pareja, ambos en sus veintes, sentados sobre la banqueta donde poco o nada parecía importarles el tránsito peatonal, con ella recargando su cabeza en el hombro y él recibiendo el gesto sin mayor pretensión que la de dar lugar a su descanso. Fue inevitable pensarte —pensarnos, tal vez— y no sonreír. Aquel momento no había sido solo un monumento al romance juvenil, sino una declaración de que el resto del mundo deja de importar cuando encuentras lo que de verdad importa. Desde entonces, no he podido sacarme esa imagen de la cabeza. No por lo que fue en sí misma, sino por lo que provocó. Hay algo en el amor —infatuado, si quieres— que trastoca el orden natural de las cosas. Uno deja de obedecer las reglas más básicas de la razón y comienza a moverse bajo otras leyes, unas más suaves, más absurdas, pero también más honestas. Es ahí donde empieza...

Las flores y tú.

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  Hay cosas que cambian de significado sin hacer ruido. No sucede de golpe ni con la solemnidad de los grandes acontecimientos; más bien se infiltran, como una nota que se repite en la misma canción hasta que un día descubres que ya no puedes escucharla igual. Así me ha pasado con las flores. Antes eran apenas ornamento: color, forma, un gesto amable del paisaje. Hoy son otra cosa, un idioma que aprendí sin darme cuenta. No sé en qué momento dejaron de ser simples presencias para convertirse en señales. Quizá fue una tarde cualquiera, quizá una coincidencia mínima, pero desde entonces cada pétalo parece guardar una versión tuya: una manera de estar sin decir nada, de ocupar espacio con delicadeza. Me descubro deteniéndome más de la cuenta frente a los arreglos improvisados de la banqueta o los jardines que sobreviven al descuido, como si en ellos hubiera una pista, un eco. Las flores tienen esa cualidad extraña de ser frágiles sin parecer débiles. Se marchitan, sí, pero mientras du...