Entradas

Las flores y tú.

Imagen
  Hay cosas que cambian de significado sin hacer ruido. No sucede de golpe ni con la solemnidad de los grandes acontecimientos; más bien se infiltran, como una nota que se repite en la misma canción hasta que un día descubres que ya no puedes escucharla igual. Así me ha pasado con las flores. Antes eran apenas ornamento: color, forma, un gesto amable del paisaje. Hoy son otra cosa, un idioma que aprendí sin darme cuenta. No sé en qué momento dejaron de ser simples presencias para convertirse en señales. Quizá fue una tarde cualquiera, quizá una coincidencia mínima, pero desde entonces cada pétalo parece guardar una versión tuya: una manera de estar sin decir nada, de ocupar espacio con delicadeza. Me descubro deteniéndome más de la cuenta frente a los arreglos improvisados de la banqueta o los jardines que sobreviven al descuido, como si en ellos hubiera una pista, un eco. Las flores tienen esa cualidad extraña de ser frágiles sin parecer débiles. Se marchitan, sí, pero mientras du...

Más que aves, marimbondos.

Imagen
  De un tiempo para acá, se me ha vuelto costumbre encontrarme en textos que no me nombran, pero me provocan; quizá hay algo de ego o un exceso de autoestima de mi parte, pero a veces —asumo— no hace tanto daño. Es complicado verse desde el otro lado del papel —la baja autoestima retoma su puesto— y ya no sentirse autor, sino reflejo del verbo y agravio del presagio escondido entre afijos y sufijos. Así pues, aquellas letras que coqueteaban con mi conciencia me dejaron algo muy en claro: que así como el silencio es otra forma de respuesta, cuando la intermitencia no cesa, se vuelve otro tipo de presencia. No sabría decir en qué momento comencé a leerte como quien reconoce su propio pulso en un pecho ajeno. Tal vez fue cuando entendí que, incluso cuando pareces partir, nunca te vas del todo; o cuando acepté que no importa cuánto me aleje del mapa, porque a ti no te abandono: te llevo conmigo. No como carga, sino como brújula. Eres —lo he sabido siempre— mi sitio. Y a veces, en l...

Siempre es sobre ti (sobre la fidelidad y otros pormenores).

Imagen
  A unas horas de haber publicado mi última columna (le invito a leerla aquí si todavía no lo ha hecho), una línea escrita llamó —tal vez sin ánimos de hacerlo— mi atención. Aquel dilema, incómodo de pensarse, cargado de sentimiento y tintes de pregunta filosófica decía así: "Cuando el artista cambia de musa, ¿es infidelidad?" No lo sé del todo. Tal vez la respuesta dependa menos de la cantidad de nombres y más del peso específico de uno solo. En mis textos hay otras figuras paganas: algunas de paso, otras más ruidosas, otras que entran y salen como quien no quiere quedarse demasiado tiempo. Pero hay una presencia que no compite, no se disputa, no se negocia. Sin ser mi decisión, aprendí a convivir con su silencio, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que lo padecía, en el que cada pausa suya se sentía como una falta de aire. Hoy me descubro distinto: ya no sufro sus silencios, me cobijo en ellos. Espero. Y en esa espera —que no exige, que no reclama— algo se o...

No me va la tinta (ni el pelo) azul, creo.

Imagen
  Nunca he sido afecto a la tinta azul. No por alguna postura estética demasiado elaborada, sino porque siempre me ha parecido imprecisa: ni tan formal como la negra ni tan honesta como el lápiz. Algo similar me ocurrió con la muchacha de pelo azul, aunque eso lo entendí mucho después. Al principio hubo curiosidad. De esa que no hace ruido, pero se instala. Un gesto mínimo —una opinión musical lanzada al aire, un cruce breve en el pasillo, un comentario que pudo no haber sido— bastó para que algo se moviera en mi conciencia. No fue un golpe, más bien una vibración. De esas que uno decide explorar aun sabiendo que quizá no lleven a ningún sitio. Hice un par de intentos. Pobres, si se les mira con detenimiento. Comentarios medidos, silencios estratégicos, esa diplomacia emocional que uno adopta cuando no quiere parecer demasiado interesado ni demasiado ausente. Ella respondió como sabía hacerlo: a ratos, a medias, con una economía de palabras que dice más de lo que parece. Y luego vi...