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Siempre es sobre ti (sobre la fidelidad y otros pormenores).

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  A unas horas de haber publicado mi última columna (le invito a leerla aquí si todavía no lo ha hecho), una línea escrita llamó —tal vez sin ánimos de hacerlo— mi atención. Aquel dilema, incómodo de pensarse, cargado de sentimiento y tintes de pregunta filosófica decía así: "Cuando el artista cambia de musa, ¿es infidelidad?" No lo sé del todo. Tal vez la respuesta dependa menos de la cantidad de nombres y más del peso específico de uno solo. En mis textos hay otras figuras paganas: algunas de paso, otras más ruidosas, otras que entran y salen como quien no quiere quedarse demasiado tiempo. Pero hay una presencia que no compite, no se disputa, no se negocia. Sin ser mi decisión, aprendí a convivir con su silencio, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que lo padecía, en el que cada pausa suya se sentía como una falta de aire. Hoy me descubro distinto: ya no sufro sus silencios, me cobijo en ellos. Espero. Y en esa espera —que no exige, que no reclama— algo se o...

No me va la tinta (ni el pelo) azul, creo.

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  Nunca he sido afecto a la tinta azul. No por alguna postura estética demasiado elaborada, sino porque siempre me ha parecido imprecisa: ni tan formal como la negra ni tan honesta como el lápiz. Algo similar me ocurrió con la muchacha de pelo azul, aunque eso lo entendí mucho después. Al principio hubo curiosidad. De esa que no hace ruido, pero se instala. Un gesto mínimo —una opinión musical lanzada al aire, un cruce breve en el pasillo, un comentario que pudo no haber sido— bastó para que algo se moviera en mi conciencia. No fue un golpe, más bien una vibración. De esas que uno decide explorar aun sabiendo que quizá no lleven a ningún sitio. Hice un par de intentos. Pobres, si se les mira con detenimiento. Comentarios medidos, silencios estratégicos, esa diplomacia emocional que uno adopta cuando no quiere parecer demasiado interesado ni demasiado ausente. Ella respondió como sabía hacerlo: a ratos, a medias, con una economía de palabras que dice más de lo que parece. Y luego vi...

Buenas rolas, y muy buenas rolas.

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De cuando en vez, me descubro atrapado en la antesala de un comentario inútil. Un “buen…” suspendido en la lengua, sin el valor suficiente para completarse ni la dignidad de retirarse a tiempo. No es timidez —o no solamente—, es más bien una cautela aprendida: la sospecha de que los gestos pequeños, cuando se dicen en voz alta, pierden algo de su potencia. Fue en uno de esos lapsos —breves, casi administrativos— cuando ocurrió la intersección con la muchacha de pelo azul. No hubo ceremonia ni intención previa. Un intercambio mesurado, incluso prescindible para cualquiera que lo hubiese presenciado. Opiniones rápidas sobre piezas musicales: unas buenas, otras muy buenas. Nada que amerite archivo histórico ni pie de página… y, sin embargo, aquí estoy. La conversación murió casi al mismo tiempo que nació, como suelen hacerlo las cosas que no saben que están destinadas a quedarse. Pero dejó algo. Una incomodidad leve. Un eco. La clase de residuo mental que no se explica por la duración...

Cuando se deja ver.

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    Escribirle en segunda persona parece no hacer una gran diferencia. Tal vez si arrancamos en tercera pueda llegar un poco más allá de lo que la suerte —o ella— me lo ha permitido. Solía pensar un poco de forma cómica que cuando mi conciencia comenzaba a dejarla en segundo plano, ella se aparecía o mandaba alguna señal de vida. No era un regreso definitivo o una señal que llevara nombre. Era un recordatorio, una manera de hacerme sentir calor al leer su nombre.  Nunca pareció preocuparle que su lugar fuera ocupado por otros delirios, por otras figuras paganas ni se inmutó. Tal vez —y aquí estoy asumiendo— siempre se ha sabido dueña de su espacio. Esa despreocupación con la que abandonaba nuestro sitio sin decir mucho siempre me ha lastimado un poco, pero hay algo en saberme suyo que simplemente me hace querer guardar su lugar. Ya sé que suena un poco a reclamo barato, pero no es así.  Y es que esta noche me ha dado pensar en todo lo que me hace escribirte h...