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Solos: Vol. II

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  Durante mi siesta vespertina —que dicho sea de paso, no estaba presupuestada— se me reveló un sentimiento que, aunque presente, hace tiempo no sea hacía notar. En medio del bullicio del subconsciente, lo único que decidí recordar —aunque tampoco es que tenga mucha opción— es a ti, a nosotros.  Es complicado pensarnos así, en plural singularidad; conjugarnos en el mismo verbo siempre ha sido un sueño —hoy más que nunca— pero jamás había tenido el placer —o desdicha, según el tiempo verbal— de sentirnos de forma tan vívida. Y es que después del sueño, la realidad se volvió pesadilla, se sentía como haberte perdido, porque ahí, en el sueño, sí fuiste mía.  Te sentí tanto que despertar sin ti se sentía como no sentirme a mí del todo, vivir sin sentirme completo. Por un segundo, tal vez un poco más, extrañarte me dolió hasta el alma —o lo que queda de ella—; quiero creer que es porque parte de ella se quedó contigo allá. Y es que suena lógico que solo en mis sueños, ...

Epístolas en cuarto menguante.

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  Es algo cómico —pero no sorprendente— que mi relación más pura y duradera haya sido literaria. No lo expreso en reclamo, más bien en confesión. El verbo ha tomado otro significado cuando se trata de ti, de nosotros, de lo nuestro: sentirnos, tenernos, hablarnos. Todo eso ha escapado del sentido tradicional para empaparse de un matiz anticuado y envuelto en solemnidad literaria. Y es que hasta nuestros celos se dignan al mostrarse en nada menos que la prosa larga. Reclamando entre poemas y silogismos el lugar que el otro se ha ganado con tanta línea, con tanto verso. Esta relación —como casi cualquier otra— ha vivido sus momentos álgidos, momentos de intermitencia, silencios en los que he aprendido a sobrevivir y epítomes de alegría en los que te siento tan mía como yo tuyo. Debe ser condicionante humana. Pero hasta hoy, no imagino una vida en la que escriba para alguien más. Ha sido extraño —por decir menos— lidiar con nuestra extraña forma de sentirnos, de escribirnos, d...

No es el alcohol, juro que no.

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  El etanol se ha apoderado de mí (no es la primera vez, seguro tampoco la última). Pero no tenía presupuestado encontrarte hoy. Es ingenuo creer que mi prosa hará alguna diferencia, pero es peor no intentarlo.  No confío en mí, porque el delirio es mayor que lo que el ron pueda hacerme, pero sé que poco o nada podrá hacer la resaca contra lo que has hecho tú.  ¿Demasiado intenso? Puede ser (aunque tampoco puedo culpar al alcohol de todo).  Tal vez lo único que puedo concederle al etanol en mi sistema es el valor para acercarme (aún ponemos en duda esa concesión).  Tarde o temprano, ante tus ventanas o dicho al aire, habría de canalizar todo el desastre que has provocado en forma de verborrea. Pero eso no lo hace menos real. Porque sé que en cualquier otro universo, esos ojos de bruja me habrían atrapado. Habrá sido coincidencia que el etanol haya estado en mi sistema, lo juro. Porque sé que, en cualquier circunstancia, con todos mis sentidos en mí, li...

Más que abejas, marimbondos.

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  Hace poco —unos días para mí, unas horas para ustedes— hablé de provocaciones. Pero no fue hasta este momento en que fui víctima de una verdadera provocación, con nombre y apellido y —admito— ha funcionado. No fue el escándalo lo que me alcanzó, ni la insinuación ligera que suele abundar en los márgenes de lo escrito. Fue algo más preciso, más íntimo, casi quirúrgico: una intervención en el lenguaje que yo mismo creí dominar. Y ahí, en ese territorio donde uno escribe creyéndose dueño de las formas, apareciste tú a recordarme que hay símbolos que no se prestan, que no se multiplican sin perder algo en el intento. Tal vez tengas razón en algo: las abejas, cuando se extravían, pierden su propósito. Pero hay otra posibilidad que no contemplaste —o que decidiste omitir—: que no se trate de una abeja degradándose, sino de algo distinto revelándose. Porque no todo lo que zumba busca miel; hay criaturas que no recolectan, que no endulzan, que no prometen… pero que saben exactamente ...