Te regalo mi pulmón.
Hace años era aún más tonto e inmaduro de lo que soy ahora. Es un pecado usual, uno que no debería de extrañarle a nadie, más cuando sigue presente en los detalles del día, en nuestros modos, delirios y ansiedades. No hablaré de los pecados porque no alcanza esta columna, y menos de los míos, porque no alcanza la tinta; pero hablaré de uno, solo uno. No es el que más me duele, tampoco el que recuerdo más, pero sí el que me deja tirado un par de horas sobre la cama, el que me hace escribir de más, y el primero en su tipo que cometí. Cuando apenas comenzaba a discernir entre lo bueno y lo perfecto, y en medio de mis primeras lecciones sobre esa ordinaria forma de engatusarnos que tenemos los adolescentes por otros, me fue entregado algo tan bello como peligroso: un corazón adolescente. Pasé tiempo queriendo darle el mío a una ballerina de grandes mejillas, le llamaré 'Julieta'. Cada intento de entregar a Julieta la potestad de mi sangre resultó en fracaso. Pasó el tie...