Buenas rolas, y muy buenas rolas.
De cuando en vez, me descubro atrapado en la antesala de un comentario inútil. Un “buen…” suspendido en la lengua, sin el valor suficiente para completarse ni la dignidad de retirarse a tiempo. No es timidez —o no solamente—, es más bien una cautela aprendida: la sospecha de que los gestos pequeños, cuando se dicen en voz alta, pierden algo de su potencia. Fue en uno de esos lapsos —breves, casi administrativos— cuando ocurrió la intersección con la muchacha de pelo azul. No hubo ceremonia ni intención previa. Un intercambio mesurado, incluso prescindible para cualquiera que lo hubiese presenciado. Opiniones rápidas sobre piezas musicales: unas buenas, otras muy buenas. Nada que amerite archivo histórico ni pie de página… y, sin embargo, aquí estoy. La conversación murió casi al mismo tiempo que nació, como suelen hacerlo las cosas que no saben que están destinadas a quedarse. Pero dejó algo. Una incomodidad leve. Un eco. La clase de residuo mental que no se explica por la duración...