Las flores y tú.

 

Hay cosas que cambian de significado sin hacer ruido. No sucede de golpe ni con la solemnidad de los grandes acontecimientos; más bien se infiltran, como una nota que se repite en la misma canción hasta que un día descubres que ya no puedes escucharla igual. Así me ha pasado con las flores. Antes eran apenas ornamento: color, forma, un gesto amable del paisaje. Hoy son otra cosa, un idioma que aprendí sin darme cuenta.

No sé en qué momento dejaron de ser simples presencias para convertirse en señales. Quizá fue una tarde cualquiera, quizá una coincidencia mínima, pero desde entonces cada pétalo parece guardar una versión tuya: una manera de estar sin decir nada, de ocupar espacio con delicadeza. Me descubro deteniéndome más de la cuenta frente a los arreglos improvisados de la banqueta o los jardines que sobreviven al descuido, como si en ellos hubiera una pista, un eco.

Las flores tienen esa cualidad extraña de ser frágiles sin parecer débiles. Se marchitan, sí, pero mientras duran lo hacen con una dignidad que desarma. Algo parecido me ocurre cuando pienso en ti: no es la permanencia lo que importa, sino la intensidad con la que ciertos momentos se quedan adheridos a la memoria, como polen en la ropa después de caminar demasiado cerca.

Con el tiempo, el significante se ha ido desplazando. Donde antes veía un gesto bonito, ahora encuentro un recordatorio; donde había simple estética, ahora hay una emoción que no siempre sé nombrar. No es que las flores te sustituyan —eso sería injusto para ambas—, pero sí han aprendido a pronunciarte de una forma que solo yo entiendo. Son, si acaso, una traducción aproximada de algo que nunca ha cabido del todo en palabras.

Tal vez sea cosa de abejas esta extraña obsesión; como escritores llenos de embrujos, como nuestra forma de sentirnos del otro. Tal vez sea eso, o no. Pienso en la manera en que las abejas recorren distancias improbables para volver siempre al mismo sitio, guiadas por algo que no se ve pero se sabe. Hay en ese viaje una fidelidad silenciosa que me resulta familiar: la certeza de que ciertos lugares —ciertas personas— se convierten en hogar sin pedir permiso.

Imagino entonces que las flores no son solo belleza, sino punto de encuentro. El instante en que algo vivo decide abrirse, exponerse al mundo, confiar en que alguien —o algo— llegará. Y en esa espera hay una ternura que me conmueve más de lo que admitiría en voz alta. Quizá por eso me descubro buscándote en los colores, en las formas, en la manera en que la luz cae sobre los pétalos como si supiera exactamente dónde quedarse.

No sé si las flores han cambiado o si he sido yo quien aprendió a mirarlas distinto. Lo cierto es que ahora, cada vez que me detengo frente a una, hay una sensación breve —casi imperceptible— de cercanía. Como si por un segundo el mundo se ordenara alrededor de una idea sencilla: que algunas presencias, incluso cuando no están, encuentran la forma de seguir floreciendo.


En portada: Midsommar (2019)

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