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Mostrando las entradas con la etiqueta #desamor

Un recuerdo más de cuando todo estaba bien.

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Amar es uno de los misterios más grandes que habitan en el alma humana. A menudo lo confundimos con la posesión, con la mirada que busca asegurarse la presencia del otro, con la esperanza de que el amor sea un espejo donde reflejarnos juntos. Pero amar va más allá de la vista y de los cuerpos que pueden tocarse o alejarse. Existe un amor silencioso, que no reclama ni exige, que no se mide en correspondencias ni en encuentros. Es el amor que arde en el silencio de los corazones solitarios, el que resiste la ausencia y supera la distancia. Es ese latido invisible que sigue marcando un ritmo constante cuando la mirada se cierra y la figura amada se desvanece. Nos enseñan a amar mirando, a amar viendo, y sin embargo, el amor verdadero nace en un terreno más íntimo, donde los ojos no alcanzan a llegar. Amar es un acto profundo y solitario, un pacto con la esencia del otro que no depende de su presencia, ni de su aceptación. Amar es, en esencia, una entrega sin medida, una fe que permane...

Recuerdos fuera de presupuesto.

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  Esta noche tenía planeado publicar otra cosa. El texto ya estaba escrito, corregido, y —como siempre— con la firma temblorosa de alguien que todavía cree que escribir es una forma de hacer las paces con lo que no se comprende. Era una columna distinta, quizás menos íntima, más reflexiva. Pero a última hora, y sin previo aviso, recordé a alguien. No como se recuerda una anécdota, sino como se recuerda una melodía que uno creyó haber olvidado. Y me fue imposible no escribir sobre ello. Hay personas que no se ven con claridad, pero cuya presencia se graba con una nitidez casi sobrenatural. Ella fue una de esas presencias. No compartimos espacio con frecuencia —de hecho, casi nunca—, pero cuando lo hicimos, yo la miré como se mira algo que se sabe lejano, como quien observa desde un andén a un tren que no abordará. No había pretensión, ni expectativa, ni plan alguno. Solo una fascinación silenciosa por su forma de estar. Era, como decirlo sin caer en lugares comunes, una de esas bell...

Las Cartas del Canciller: Vol. 1

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  Esta noche, invadido por la melancolía —esa compañera que nunca pide permiso para instalarse en la silla contigua—, he querido evocar a un personaje que, desde hace tiempo, vive entre las rendijas de mis textos: el Canciller Cabezatrueno. Pocas veces he compartido sus cartas, y no porque carezcan de fuerza o sentido, sino porque en ellas habita un romanticismo tan extremo, tan arcaico, que rozan el patetismo y la tragedia a partes iguales. Cabezatrueno no escribe para obtener respuestas; escribe para confirmar su condena. Lo suyo es un acto ceremonial de derrota sostenida. Un hombre de Estado venido a menos por su propio corazón. Así pues, les comparto una de sus misivas más recientes. Una carta que me ha parecido particularmente lúgubre y sincera. Les advierto: no es para estómagos livianos ni almas cínicas. Les dejo con la epístola…   Carta encontrada entre los papeles del Canciller Cabezatrueno: Los cuervos han llegado hasta mí. Los he visto posarse en las torres ...

Las musas que llegan tarde y las que nunca se van.

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  A veces creo que el universo tiene un sentido del humor particularmente cruel conmigo. Justo cuando empiezo a creer que algo nuevo puede florecer —una palabra, una risa, una mirada que promete distraerme—, regresa. No en cuerpo, claro. Pero sí en forma. En sombra. En eco. En esa vibración interna que delata que todavía no está fuera de mí, aunque ya no esté cerca. Había comenzado a escribir sobre alguien más. Alguien que, con su sola presencia, parecía traer luz a un rincón que llevaba demasiado tiempo dormido. No era amor. No todavía. Era esa chispa inicial que uno aprende a detectar con miedo, pero también con ilusión. Y entonces… ocurrió. Ella volvió. No físicamente. Pero basta una señal mínima, un recuerdo arbitrario, una imagen mal acomodada en la mente, para que todo lo demás tambalee. Cuando siento que puedo empezar a construir algo nuevo, ella —la que nunca nombro, pero siempre entiendo— regresa a mi sistema emocional como si tuviera derecho de admisión permanente. No...

Sobre la carta no entregada y el milagro de no estar solo.

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  La escena es clara. La mirada taciturna de un servidor frente a las puertas de su alma mater. La cita no era oficial, pero las promesas tienen su forma peculiar de instalarse en la agenda emocional: no importa si se dijeron en voz alta o apenas se susurraron en la mirada —una promesa, cuando se hace con el alma, se espera con el cuerpo completo—. Esperé. Ella no llegó. Y, aunque lo intuía, el golpe duele igual. Tenía una carta en el bolsillo. No para entregarla. Ni siquiera pensaba leerla en voz alta. La escribí en una madrugada en la que no pasaba nada y eso ya era demasiado. Era un gesto torpe, una forma de pasar el tiempo, una conversación ficticia con una ausencia que todavía tenía nombre. La llevé conmigo sin saber por qué, tal vez como quien carga un paraguas el día que más quiere que no llueva. Pero llovió. De ella, ni rastro. A veces uno escribe cartas como si eso pudiera evitar el silencio. Pero lo cierto es que las palabras no detienen lo inevitable. Solo lo hac...

Sobre los dones que no todos recibimos (y aun así cargamos).

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Hace unos días, en mi columna sobre la elección de S.S. León XIV, escribí sobre cómo mi crisis de fe durante la adolescencia fue el punto de inflexión que me llevó a convertirme en lo que ahora llamo —con más cariño que precisión— un ateo guadalupano. Lo dije entonces, y lo repito ahora: no dejé de creer por soberbia, sino por cansancio. Y, sin embargo, no me alejé del todo. Me quedé en el umbral, como quien no entra al templo, pero tampoco se atreve a darle la espalda. Hoy no quiero hablar del Papa. Hoy quiero hablar de la fe. De esa cosa tan extraña, tan frágil, tan poderosa, que no todos tuvimos el privilegio de recibir. Porque aunque me eduqué entre altares, procesiones y parábolas, nunca supe —o nunca logré— tener fe como se supone que debe tenerse: sin duda, sin resistencia, sin explicación. En un mundo donde nada es estático, las certezas son escasas. Las verdades se debaten, las convicciones se ajustan, las estructuras cambian. Y en medio de todo eso, hay quienes todavía cr...

Sobre el dolor y otros pormenores.

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El dolor, ese algo que nos recuerda que estamos vivos y, según algunos, una alerta de que nos hacemos daño. El dolor es tan complejo que no sabemos exactamente cuándo nace y cuándo se esfuma, cuándo una astilla en el dedo se convierte en una estaca en la garganta; si bien entendemos lo que es sentir, el dolor es indescriptible, es tan personal, tan subjetivo, que la mano izquierda no sabe cuánto le dolió a la mano derecha haberse machucado con la puerta de la habitación.  Pensamos en el dolor como algo temporal o intermitente, algo que llega con boleto de ida y vuelta; esa idea nos conforta porque el dolor es un huésped mal recibido, rezamos para que tome sus maletas viejas y se aleje de nuestro. Mal inquilino resulta el dolor, que deja su marca en el tapiz de la conciencia y provoca cicatrices que, en el mejor de los casos, solo harán breve remembranza de su visita.  Algunos creen que el mejor analgésico para el dolor es la indiferencia, como si ignorar su existencia nos hici...