Sobre el dolor y otros pormenores.
Pensamos en el dolor como algo temporal o intermitente, algo que llega con boleto de ida y vuelta; esa idea nos conforta porque el dolor es un huésped mal recibido, rezamos para que tome sus maletas viejas y se aleje de nuestro. Mal inquilino resulta el dolor, que deja su marca en el tapiz de la conciencia y provoca cicatrices que, en el mejor de los casos, solo harán breve remembranza de su visita.
Algunos creen que el mejor analgésico para el dolor es la indiferencia, como si ignorar su existencia nos hiciera dejar de sentirlo o, por lo menos, olvidarnos de él por un rato. Me han dicho que eso suele funcionar en la gran mayoría de los casos, pero me pregunto: ¿Qué pasa cuando el dolor no se presta a la indiferencia? ¿Qué sucede cuando el dolor se viste de tonos bermejos y rodeado bugambilias que acrecentan su fascinante presencia? ¿Qué hacer cuando uno no desea ser indiferente ante el dolor?
Tal vez el dolor no es un sentimiento temporal, sino una constante que disfraza con antifaces distintos cada noche, que a veces se muestra sutil, con pinchazos certeros al alma, y otras lo hace de manera más teatral, rompiéndonos el brazo izquierdo. Tal vez el dolor es más un faro intermitente que no responde a nuestra burda atención, sino que enciende su luz a libre pastoreo.
Mi dolor se ha presentado en formas muy distintas, tengo el presentimiento que es su máscara en reluciente ocre la que me ha dado la idea de escribirle esta vez. No somos los mejores compañeros de conciencia, pero he aprendido a sentir su presencia como parte de mi cotidianeidad. Mi dolor no es la cabeza de mi menester, pero es lo único que me recuerda que mis chamuscados pulmones siguen llenándose del mismo aire que ella respiras, así que bienvenido sea, mi terrible, desgarrador y fiel dolor.

Comentarios
Publicar un comentario