Las Sombras de San Ildefonso.
Hay lugares que no desaparecen aunque uno los deje atrás. Espacios que no se limitan a la arquitectura ni a los muros, sino que se extienden como una bruma sobre los recuerdos. El Colegio de San Ildefonso, por ejemplo, no me ha dejado desde el día en que una sombra —no la mía— se cruzó con la mía entre los murales, y descompuso por completo mi noción de lo real. Aquella tarde el calor caía con severidad. El sol estaba en su punto más alto y los pasillos parecían hervir bajo los pies. Yo caminaba con la mente ocupada en nada importante, cuando de pronto la vi. Fue una aparición que no hizo ruido, pero dejó marcas. Llevaba un vestido bermellón, de esos que no buscan atención y, sin embargo, la retienen. Su paso tenía una cadencia que no parecía humana. Y entonces, sin buscarlo, su figura me alcanzó con la precisión de un delirio bien calculado. No hubo palabras. Ni un roce. Ni siquiera un cruce de miradas claro. Pero algo en su presencia desató en mí un tipo de vértigo que no conocía...