La responsable de que hoy escriba sin faltas de ortografía.
Hoy es 10 de mayo, y uno no sabe muy bien qué decir cuando el corazón se queda corto frente a lo que ha sido constante toda la vida. Podría hablar de flores, de desayunos con pan dulce, de mariachis en la sala o de pasteles improvisados, pero nada de eso alcanza. No cuando se trata de la mujer que nos sostuvo antes de que supiéramos hablar, la que nos enseñó a caminar y después tuvo que vernos alejarnos sin saber si volveríamos enteros. Puedo recordar claramente estar en la mesa de la sala, sentado frente a un cuaderno de doble raya. Tenía que escribir planas de las palabras que había escrito de forma incorrecta. Mi mano estaba cansada, dolía esgrimir el lápiz bicolor. Ella supervisó hasta caer la noche, haciéndome repetir los intentos fallidos hasta “hacerlo bien”. Nunca levantó la voz, pero su mirada tenía el peso de quien sabe que el esfuerzo también se enseña. Esa noche aprendí a escribir bien, sí… pero también aprendí que hay manos que, en lugar de soltar, enseñan a resistir. ...