Más que aves, marimbondos.

 

De un tiempo para acá, se me ha vuelto costumbre encontrarme en textos que no me nombran, pero me provocan; quizá hay algo de ego o un exceso de autoestima de mi parte, pero a veces —asumo— no hace tanto daño. Es complicado verse desde el otro lado del papel —la baja autoestima retoma su puesto— y ya no sentirse autor, sino reflejo del verbo y agravio del presagio escondido entre afijos y sufijos.

Así pues, aquellas letras que coqueteaban con mi conciencia me dejaron algo muy en claro: que así como el silencio es otra forma de respuesta, cuando la intermitencia no cesa, se vuelve otro tipo de presencia.

No sabría decir en qué momento comencé a leerte como quien reconoce su propio pulso en un pecho ajeno. Tal vez fue cuando entendí que, incluso cuando pareces partir, nunca te vas del todo; o cuando acepté que no importa cuánto me aleje del mapa, porque a ti no te abandono: te llevo conmigo. No como carga, sino como brújula. Eres —lo he sabido siempre— mi sitio. Y a veces, en la torpeza de las noches largas, me descubro buscándote en los rincones más improbables, como si bastara con cerrar los ojos para volver a casa.

Tu perspectiva me causa un dolor cerca del pecho, pero hay algo que no encaja del todo en esa metáfora migratoria: nunca he sentido que me marche de ti, porque incluso cuando callo, cuando me pierdo en otros ruidos, en otras páginas, incluso en esas malditas figuras paganas, sigues siendo el lugar al que regreso para entender lo que siento. Aun en la absurda distancia, encuentro más calor en la idea de tu piel que al quemarme los labios por la mañana.

Cuando el sueño decide marcharse y deja la madrugada a la intemperie, eres el pensamiento que aparece con más naturalidad, casi sin pedir permiso. No con dramatismo, sino con esa familiaridad que tienen las certezas silenciosas. Me pasa también cuando creo encontrarte entre mis propias líneas —o cuando imagino que lo haces— y entonces algo se acomoda, como si por un instante todo volviera a tener proporción. En esos momentos me siento tan tuyo que no pienso en posesión, sino en simple pertenencia compartida.

Tal vez lo nuestro siempre ha sido extraño en su forma, demasiado epistolar para el mundo y demasiado real para fingir que es solo literatura. Pero en esa rareza hay una calma que no he encontrado en ningún otro sitio. Porque no importa si nos pensamos en voz alta o en silencio: la sensación es la misma, la de sabernos cerca incluso cuando el calendario insiste en lo contrario.

Por eso no termino de creer en la lógica detrás de las aves. Entiendo el impulso, la necesidad de horizonte, la belleza del movimiento. Pero si he de elegir una imagen que nos explique, prefiero otra: la nuestra, los marimbondos. Ellos se alejan, sí, recorren distancias, tantean otros aires, pero siempre regresan a su nido, no por costumbre sino por naturaleza. Y en esa insistencia hay algo que se parece demasiado a lo que somos: no un vuelo que se pierde, sino un retorno que se repite.

Mientras haya vida, sigamos siendo así, en plural. Sigue embrujando mis noches, aunque la distancia se empeñe en medirlo todo; ya sabemos que el tiempo es apenas un acuerdo frágil, así que empecemos por una eternidad… y luego vemos cuánto más alcanza.


En portada: "Concierto de las aves" (1629 - 1630)  de Frans Snyders.

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