No me va la tinta (ni el pelo) azul, creo.

 


Nunca he sido afecto a la tinta azul. No por alguna postura estética demasiado elaborada, sino porque siempre me ha parecido imprecisa: ni tan formal como la negra ni tan honesta como el lápiz. Algo similar me ocurrió con la muchacha de pelo azul, aunque eso lo entendí mucho después.

Al principio hubo curiosidad. De esa que no hace ruido, pero se instala. Un gesto mínimo —una opinión musical lanzada al aire, un cruce breve en el pasillo, un comentario que pudo no haber sido— bastó para que algo se moviera en mi conciencia. No fue un golpe, más bien una vibración. De esas que uno decide explorar aun sabiendo que quizá no lleven a ningún sitio.

Hice un par de intentos. Pobres, si se les mira con detenimiento. Comentarios medidos, silencios estratégicos, esa diplomacia emocional que uno adopta cuando no quiere parecer demasiado interesado ni demasiado ausente. Ella respondió como sabía hacerlo: a ratos, a medias, con una economía de palabras que dice más de lo que parece. Y luego vinieron los silencios. Especialmente los silencios.

Con el tiempo he aprendido a leerlos. No como castigos ni como misterios irresolubles, sino como respuestas en sí mismas. El suyo no fue hostil; fue definitivo. Resonó más que cualquier negativa explícita, y llegó hasta lugares de la conciencia que no suelen visitarse sin permiso. Ahí entendí que la curiosidad no siempre es un puente: a veces es solo un mirador.

Ahora, cuando me preguntan por la muchacha de pelo azul, no sé bien qué decir. No porque no tenga palabras —eso rara vez me ocurre—, sino porque ninguna parece justa. No sé en qué momento se coló entre mis textos, aunque tampoco me sorprende. Hay figuras que no piden permiso para habitar la escritura, simplemente llegan, dejan un rastro, y se van.

Supongo que lo más honorable será archivarla donde van estas cosas: en el subconsciente, junto a las canciones que ya no se buscan pero siguen apareciendo. Tal vez, al escuchar a Deftones o a Foo Fighters, algo de ella —o de su tinte— vuelva a filtrarse en la memoria. No como reclamo ni como promesa, sino como lo que fue: una posibilidad que no prosperó y, aun así, encontró la manera de existir un rato más.

No me va la tinta azul. Pero admito que, de cuando en vez, todavía mancha.


En portada: Scott Pilgrim vs The World (2010)

Comentarios

LAS MÁS LEÍDAS

Sobre los huéspedes y otros embrujos.

Que la fuerza te acompañe: #MayThe4thBeWithYou

Sobre los celos, las ensoñaciones y otros pormenores.