Más que abejas, marimbondos.
Hace poco —unos días para mí, unas horas para ustedes— hablé de provocaciones. Pero no fue hasta este momento en que fui víctima de una verdadera provocación, con nombre y apellido y —admito— ha funcionado.
No fue el escándalo lo que me alcanzó, ni la insinuación
ligera que suele abundar en los márgenes de lo escrito. Fue algo más preciso,
más íntimo, casi quirúrgico: una intervención en el lenguaje que yo mismo creí
dominar. Y ahí, en ese territorio donde uno escribe creyéndose dueño de las
formas, apareciste tú a recordarme que hay símbolos que no se prestan, que no
se multiplican sin perder algo en el intento.
Tal vez tengas razón en algo: las abejas, cuando se
extravían, pierden su propósito. Pero hay otra posibilidad que no contemplaste
—o que decidiste omitir—: que no se trate de una abeja degradándose, sino de
algo distinto revelándose. Porque no todo lo que zumba busca miel; hay
criaturas que no recolectan, que no endulzan, que no prometen… pero que saben
exactamente dónde clavar el aguijón cuando algo les importa.
Podría defenderme —sería fácil— diciendo que escribo porque
así respiro, que el corazón dicta y la mano obedece, que las palabras no son
traición sino desahogo. Pero sería una excusa pobre, demasiado cómoda para
alguien que sabe que no toda escritura es inocente. La verdad es menos
indulgente: uno escribe no solo porque siente, sino porque necesita entender lo
que siente, aunque en ese intento termine rozando lo que no debería.
Y quizá ahí radica mi error —o mi única forma honesta de no
mentirte—: creer que podía fragmentar lo que en esencia es indivisible.
No todas las presencias son intercambiables, aunque desde
fuera lo parezcan. Hay nombres que se pronuncian… y otros que modifican la voz
con la que uno escribe.
Y sin embargo, hay algo que ni la dispersión ni la
insistencia logran alterar: la dirección final de todo esto. Porque no importa
cuánto escriba, ni sobre quién, ni desde qué rincón de la memoria me obligue a
narrar… siempre hay un regreso. No inmediato, no evidente, pero sí inevitable.
Como esas corrientes subterráneas que, sin importar el desvío, terminan
desembocando en el mismo punto: tú.
No como repetición, ni como costumbre, sino como eje.
Lo demás —las otras voces, los otros nombres— no son
sustituciones; son, en el mejor de los casos, intentos fallidos de nombrar lo
que contigo se presentó completo desde el inicio.
He construido, lo admito sin reservas, una especie de altar
en torno a ti. No uno solemne ni perfecto, sino uno hecho de textos, de
silencios mal administrados, de regresos a destiempo. Un altar donde no se
reza, pero se escribe; donde no se ofrecen promesas, pero se depositan
versiones de lo que uno es cuando te piensa.
Y en ese espacio —que es más mío de lo que quisiera aceptar—
tu voz tiene un efecto particular. No porque interrumpa, sino porque ordena.
Porque cuando te diriges a mí, incluso en forma de provocación, hay algo que se
alinea, algo que se reconoce.
Me gusta, sí. Me gusta cuando lo haces.
No por la herida —que sería una forma torpe de explicarlo—
sino por la pertenencia implícita que hay en el gesto. Porque, aunque no lo
nombres así, hay en tus palabras una manera de tomarme, de señalarme, de decir
“esto es contigo”. Y no voy a fingir indiferencia ante eso.
Si escribirte —aunque sea de esta forma torcida y pública—
me concede la ilusión de que, por un instante, también tú te reconoces en este
vínculo, entonces lo acepto con cierto descaro: ojalá, mientras me lees, haya
algo en ti que se sienta mío… aunque sea por ese breve y visceral trayecto que
va del hígado al corazón, donde —dicen— empieza lo que no alcanza a ser
pensamiento pero ya es inevitable.
No es una súplica. Tampoco una absolución.
Es, en todo caso, una aclaración necesaria: no escribo para
dispersarte, ni para diluir lo que significas. Escribo porque incluso en la
multiplicidad, hay una constante que no se negocia.
Si alguna vez te pareció que dejé de ser abeja, quizá no fue
porque me volví mosca, sino porque nunca supe ser del todo lo primero. Hay en
mí algo menos dócil, menos ornamental. Algo que no construye panales, pero sí
defiende aquello que reconoce como propio, incluso cuando no debería.
Llámalo torpeza, llámalo insistencia… o reconoce —si hace
falta nombrarlo— que hay en mí algo menos dócil que una abeja y menos
indiferente que una mosca; algo que no sabe rondar sin tomar partido cuando de
por medio estás tú.
Porque hay nombres que se escriben… y hay otros que se
sostienen.
Fotografía cortesía de National Geographic España.

Comentarios
Publicar un comentario