La Victoria de los Nazis.

 

Se ha comentado desde hace tiempo en mis círculos cercanos sobre mi “problemita” con cierto arquetipo de muchachas. Aquellas que se hacen notar sin irrumpir, las que guardan su lugar desde la periferia, esas que —sin hacer ruido— captan toda mi atención y que —sin mucho esfuerzo— dejan en mi mente su recuerdo grabado en oro.

Hace poco menos de un mes, a pocos días de la semana santa, un recuerdo así llegó a las filas de mi conciencia. Como lo dije antes, llegó sin avisar, sin irrumpir; fue al mostrarse humana que mis delirios decidieron rendirle a escondidas.

Con cada palabra, risa y uno que otro codazo recíproco, fuimos desdibujando la línea que nos separaba. Sin planearlo, comenzamos a encontrarnos en las palabras del otro. Nos sorprendimos, decepcionamos e indignamos a la par; pero también reímos y recordamos cosas que nos hicieran sonreír.

Fue sencillo descifrarnos, aunque tampoco había mucho que ocultar. Donde yo anotaba frases, citas e ideas de lo que acontecía al momento, ella dibujaba lo que su mente decidía ver sin importarle en lo más mínimo el ambiente hostil.

Después de algunas notas, ella —o la idea que había construido a su alrededor— se fue colando en la minuta escrita. “¿Podrá ser?”, me pregunté de frente al papel. En mis chistes se encondía un sentimiento de entusiasmo, miedo, y sospecha, cada cosa más profunda que otra cual matrioska.

Mi hermano Pianye estaba ahí, atestiguando una más de mis delirantes batallas contra el autosabotaje. Él lo sabía, tal vez incluso antes que yo. Lo expresó de forma cruda y concisa: “Crees que te gusta, pero solo es por lo que evoca en ti, por el recuerdo que ella trae de vuelta. Tú y yo sabemos bien a quién le perteneces, y no es a ella”.

Tal vez fue su piel de porcelana, sus ojos negros o la disruptiva naturaleza de su discurso lo que me hicieron recordar todo aquello que me destroza.

Lo cierto es que en medio de tantos bolcheviques, estar junto a ella alivió mis ansias; a cambio, pidió un lugar en la sala de mis delirios. Para mí, fue buen trato.


En portada: Jojo Rabbit (2019)


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