Siempre es sobre ti (sobre la fidelidad y otros pormenores).
A unas horas de haber publicado mi última columna (le invito a leerla aquí si todavía no lo ha hecho), una línea escrita llamó —tal vez sin ánimos de hacerlo— mi atención. Aquel dilema, incómodo de pensarse, cargado de sentimiento y tintes de pregunta filosófica decía así:
"Cuando el artista cambia de musa, ¿es
infidelidad?"
No lo sé del todo. Tal vez la respuesta dependa menos de la
cantidad de nombres y más del peso específico de uno solo. En mis textos hay
otras figuras paganas: algunas de paso, otras más ruidosas, otras que entran y
salen como quien no quiere quedarse demasiado tiempo. Pero hay una presencia
que no compite, no se disputa, no se negocia.
Sin ser mi decisión, aprendí a convivir con su silencio,
pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que lo padecía, en el que cada
pausa suya se sentía como una falta de aire. Hoy me descubro distinto: ya no
sufro sus silencios, me cobijo en ellos. Espero. Y en esa espera —que no exige,
que no reclama— algo se ordena.
Cuando abandonaba su sitio, yo la buscaba en mis propios
textos. No por terquedad, sino por refugio. Había calor en la idea que construí
a su alrededor, un lugar seguro al que volver cuando la realidad no daba
señales claras. Ahí entendí que no escribía para llamarla, sino para no
perderla del todo.
Es curioso. Fue ella quien me quitó el miedo a verme
retratado. Antes escribía con distancia, con personajes que funcionaban como
máscaras. Con ella, esa necesidad se fue diluyendo. Ya no me aterra aparecer
entre líneas, dejar rastros evidentes, aceptar que hay textos donde no estoy
fingiendo nada.
Hay noches en las que no escribo, pero aun así ella está. No
como palabra ni como figura retórica, sino como presencia. Como esas iglesias
vacías que conservan el eco de las oraciones mucho después de la misa No
necesito nombrarla para saber que habita ahí, basta el silencio, basta el frío
que se cuela cuando todo se apaga.
He sido peregrino torpe de su ausencia. Camino sin mucho
rumbo, repitiendo senderos que ya conozco, sabiendo que no siempre se llega al
altar que uno imagina —o decide construir—. A veces la busco en textos, gestos,
intentos; y otras la encuentro justo en lo contrario: en la penumbra, en la
paciencia, en la fe de que no todo lo sagrado exige ser tocado. Ella no es
promesa ni milagro; es constancia. Y eso pesa más.
Ella va más allá de lo que escribo. Está en el frío de mis
noches, embrujando mis peores pesadillas, pero también en la memoria que me
devuelve el calor a la piel cuando recuerdo cómo se sentía leerla de corrido.
Es paradoja viva: refugio y distancia, templo y camino. No se limita a habitar
mis textos; los antecede, los sostiene y, a veces, los sobrevive.
No diría que es solo una musa, eso se queda corto y suena
cómodo. Es más bien una forma de habitar la escritura, una constante que no
exige exclusividad pero que, aun así, permanece intacta. Mientras el corazón —y
ella— lo permitan, seguirá siendo el punto al que todo vuelve.
Así que, volviendo a la pregunta inicial: no creo que se
trate de infidelidad. Hay presencias que no se reemplazan, aunque otras
aparezcan. Hay lealtades que no necesitan promesas, solo constancia. Y en ese
terreno —el único que me importa— sigo escribiendo con la misma fidelidad de
siempre, aunque cambie la tinta, aunque cambien los nombres, aunque el mundo
insista en moverse.
Y a sabiendas que ella sabe encontrarse entre mis textos:
Siempre es —y será— sobre ti.

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