Esperar, esperar, escribir y seguir esperando.

 

Detenerse no siempre ha sido mi elección. A veces, la pausa llega no por prudencia, sino por sorpresa. Por un giro. Por una risa que no estaba en el guion. Por un rostro que, justo cuando iba a encontrarse con el mío, decide mirar hacia otro lado.

Ya sabes a qué momento me refiero. Lo hemos recordado más de una vez —con cierto humor, con cierto rubor—, como si al repetirlo le quitáramos algo de peso. Como si decirlo en voz alta hiciera que duela menos... o que importe menos.

Tú juras que no fue así. Que no volteaste el rostro. Que el beso no fue fallido, sino interrumpido por circunstancias no del todo definidas. Y yo —como siempre— sonrío, asiento, y dejo que la versión oficial sea la tuya. Pero en mi memoria, aquel intento frustrado fue mi primer gran naufragio íntimo, y también el inicio de este vicio de escribir para salvarme.

Éramos jóvenes. Eso no lo cambia ni la memoria más poética. Éramos más pasión que juicio, más deseo que dirección. Nos acercamos sin saber realmente qué estábamos haciendo, empujados por la euforia de sentirnos descubiertos. Y tú, de pronto, giraste el rostro.

No hubo tragedia. No hubo reclamo. Solo una pausa. Una pausa que nunca terminó.

Desde entonces, no volví a mirarte de la misma manera. No con reproche —eso jamás—, sino con una ternura nueva. Como si ese instante hubiese puesto un cristal entre nosotros. Uno transparente, pero irrompible. Porque después de ese casi-beso, entendí que hay personas que no se besan; se recuerdan.

Y, sin embargo, ahí sigues. En los márgenes de cada texto, en la risa silenciosa que aún escucho cuando releo mis primeros intentos literarios. Fuiste —no lo sabías entonces, ni tal vez ahora— la primera en decir que lo que escribía tenía algo. No sabías bien qué, pero lo encontrabas “curioso”, “excesivo”, “gracioso”. Y con eso me bastó.

Tu vida siguió un camino sensato. Hallaste —y celebro que así fuera— a alguien que sí supo leerte con claridad. Yo seguí haciendo lo único que sé: escribir de aquello que no digo. A veces me preguntas si sigo soñando contigo. Yo respondo con evasivas, con chistes, con bromas internas que solo tú y yo entendemos. Pero la verdad —si me la permito— es que sí. A veces sí.

Sigo soñando con aquella versión tuya que no giraba el rostro. Con la que sí se quedaba. Con la que no negaba la escena, sino que la dejaba vivir en su forma más imperfecta.

Pero no me quejo. Porque si algo aprendí de todo esto es que no todos los amores son para vivirse. Algunos son para quedarse ahí: en el borde, en el gesto, en el intento. En ese instante justo antes de tocar los labios del otro.

Y ese momento —aunque breve— me cambió. Me enseñó que el miedo no siempre paraliza. A veces, es el idioma secreto con el que se escriben las historias que más nos importan.

Así que no te preocupes. Puedes seguir negando el giro del rostro. Puedes seguir sosteniendo que fue el destino o el clima o una risa nerviosa. Yo lo seguiré escribiendo como lo viví: como mi primer gran silencio compartido.

Y si alguna vez lees esto —porque aún dices que me lees, aunque nunca digas cuándo—, solo quiero que sepas que no guardo rencor. Solo nostalgia. Y un poco de cariño mal archivado.

Tú sabes bien que esa historia no se escribió. Pero yo —como no podía ser de otra forma— la sigo escribiendo.


En portada: Tim Burton's Corpse Bride (2005)

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