A la mañana le cuesta la misma mañana.



Hay despedidas que no se dicen, solo se alargan. Como una madrugada que no termina de volverse día. Como una mañana que parece quedarse atrapada en la humedad de su propio amanecer. A veces no hace falta que alguien se vaya del todo para que empecemos a perderlo. Se va en partes, en pausas, en detalles que no notamos hasta que ya no están.

Uno siente cuando alguien comienza a alejarse. No por un portazo ni por una discusión dramática, sino porque su presencia —esa que antes era natural, inevitable, casi doméstica— empieza a sentirse como algo prestado. Una sombra que se vuelve ajena. Una voz que ya no se acomoda en la memoria con la misma ternura. Su forma de decir tu nombre cambia de temperatura, su risa ya no estalla como antes, y las palabras que antes bastaban, ahora parecen tener que esforzarse por ser escuchadas.

Es extraño cómo el cariño no muere de golpe, sino por agotamiento. De pronto, responder un mensaje se vuelve más difícil. No por desinterés, sino porque ya no se sabe cómo. No se sabe si se sigue teniendo el lugar que una vez se ocupó. No se sabe si el silencio es espacio o distancia. Si la espera es espera… o indiferencia.

Y uno insiste. Un poco. Después, menos. Hasta que, sin querer, lo único que queda de la otra persona... es uno mismo.

Uno, que recuerda. Uno, que guarda las frases. Uno, que revive momentos como si fueran fósiles de una conversación todavía caliente. Uno, que se queda sosteniendo el eco de un nombre que ya nadie más dice.

En ocasiones, cuando el alba amenaza con llegar, pienso: Me cuesta acomodarme a la mañana, pero tal vez, solo tal vez, a la mañana le cuesta la misma mañana, con su luz tenue que no termina de llegar. Y siento que así es como duele perder a alguien: como una luz que no se apaga, pero tampoco alumbra del todo.

Sé que suena triste. Lo es. Pero no desesperado. Porque en medio de esa ausencia creciente, hay algo que resiste: el hecho de haberlo sentido todo. De haber querido bien. De haber sido —aunque solo un rato— hogar para alguien que ahora ya no vuelve.

Al final, cuando la voz se ha ido, cuando la mirada ya no te busca, cuando el tiempo entre palabras se hace demasiado largo, uno aprende a habitarse solo. A no esperar la señal. A decirse a sí mismo lo que antes venía de otro. Y eso también es una forma de seguir.


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