Disfraz en pareja.
A vísperas de la noche de brujas, un ingenuo —y no menos irresponsable— servidor se encontraba ocioso en clase. De un lado, un libro sobre bodegas y almacenes; del otro, fotografías de disfraces para Halloween. Entre estanterías y máscaras, pensé que una cosa tenía mucho más sentido que la otra, aunque no sabría decir cuál. Fue entonces que la idea, absurda y cómica a partes iguales, se me presentó: un disfraz en pareja para asistir a una fiesta temática. No había fiesta, mucho menos pareja, pero el disfraz tenía que estar.
Y aquí conviene hacer una confesión. No es que tuviera muchas esperanzas de pasar por “mi estaquita” —como cariñosamente suelo referirme la muchacha del exclusivo, aunque jamás se lo haya dicho en voz alta— y llevarla de la mano a una fiesta de disfraces. No. Pero pensar en ello y planearlo como si fuera a suceder me daba algo parecido a la esperanza. Una esperanza que no se sostiene en la lógica, sino en la ilusión: esa necedad romántica de los que todavía creemos que algunas imposibilidades valen la pena soñarlas.
Recuerdo que abrí una pestaña nueva en el navegador, busqué “disfraces en pareja”, y vi desfilar ante mis ojos toda clase de ridiculeces: desde los clásicos de “fantasma y cazafantasmas” hasta cosas más pretenciosas, como “sol y luna” o “ángel y demonio”. Ninguno me convencía. Ninguno parecía describirnos. Tal vez porque no existe disfraz que pueda retratar lo que no ha sido, pero se siente como si sí.
Pensé entonces en esa costumbre mía —tan poco práctica— de planear lo que nunca pasa. Reservar lugares a los que no iré, escribir mensajes que no enviaré, imaginar diálogos que se disuelven antes de pronunciarse. Hay una ternura extraña en esos planes condenados al fracaso, como si en ellos se escondiera la única manera de seguir creyendo en algo, aunque sepamos que no pasará. A veces, planear lo imposible es la forma más pura de esperanza.
Y claro, también pensé en ella. En cómo sería verla reír con una diadema de cuernos o un sombrero de bruja, en cómo probablemente se burlaría de mi disfraz, en cómo, al final, no importaría nada de eso si lograba verla sonreír. Pensar en ella siempre ha tenido ese efecto: convierte el absurdo en ritual y el imposible en costumbre.
No hubo fiesta, tampoco disfraz, mucho menos pareja. Tal vez el siguiente año. Hasta entonces, se me ocurre un buen disfraz: ella de milagro, yo de diluvio. Porque, al final, ¿qué otra cosa somos, sino la tormenta que busca tocar el cielo aunque sepa que no lo alcanzará?
En portada: The Office (NBC, 2006)

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