La muchacha de pelo azul.
A pesar de la pretenciosa profundidad de algunos de mis textos, mi mente se siente más cómoda divagando con lo que mis ojos se distraen al deambular. Fue en uno de estos escenarios en los que me topé con la musa que ha provocado lo que a continuación leerán.
Hace casi un año, tal vez un poco menos, fue la primera vez
que coincidí con aquella figura. Eso era en aquel entonces: una figura, forma y
color, nada más. No había nombre, tiempo, sabor o corazonada, solo forma y
color. De a poco, comenzó a adquirir tiempo, tono y contexto. Pasó de memoria
falsa a presencia constante. Un árbol que me recordaba sobre qué camino me
encontraba.
Poco o nada puedo decir de sus alrededores; casi siempre
acompañada —o así le recuerdo— y de presencia sutil. Difícil de leer, pero
extrañamente familiar; por alguna razón, supuse que tendríamos uno que otro
delirio en común.
Luego de un tiempo, ya sea caminando con mis amigos o
acompañado de mis demonios, su presencia dejó de ser imperceptible. Era
evidente, sutil, pero evidente al fin. Por supuesto que no fui el único en
experimentar aquello, así que fue bautizada bajo el mote de: "la de pelo
azul".
Hasta ahora no ha significado más que eso: una figura
recurrente, un pensamiento que vuelve sin ser llamado. Del otro lado, no me
siento más que un conocido circunstancial, alguien que pasa y no deja rastro. Y
aun así, me resulta inquietante que, sin gesto alguno, sin palabra, sin
intención aparente, siga colándose en mis textos. No he descubierto demasiado
—salvo un gusto musical decente— y tampoco me interesa descifrarla por
completo. No es ese el punto. El punto es que algo hizo. Algo mínimo, casi insignificante,
pero suficiente para quedarse. Y a veces, eso es más que de sobra.

Comentarios
Publicar un comentario