Abejas y funerales.

 

Jamás me diste derecho de réplica cuando decidiste irte la última vez. Recriminaste que las moscas merodeaban tus flores, que alguien más ocupaba tu lugar. Pero te equivocaste. Asumiste que tu lugar era en medio de mis textos, cuando no es así; porque un par de hojas, un ramo de flores, incluso un campo entero te queda chicos.

No quería que tu lugar se limitara a mis textos porque sentía que merecías más, y quizás mi vida sería un buen comienzo. Temo que nunca me dejaste explicarlo, aunque no creo que hubiera hecho una gran diferencia. Como sea, poco o nada importa ya.

Lo que sí importa es que decidiste marcharte creyendo que solo abandonabas unas cuantas letras. Nunca entendiste que el problema no era perder una musa, sino perder el lugar donde aprendí a sentirme en paz. Tú pensabas que escribía sobre ti; la verdad es que escribía desde ti. Hay una diferencia enorme. Una se archiva. La otra te cambia para siempre.

Me hubiera gustado que, por una sola vez, me preguntaras qué significabas antes de dictar sentencia. Tal vez habrías descubierto que nunca competiste con nadie, porque jamás hubo nadie ocupando tu sitio. Hubo nombres, sí. Hubo flores distintas, otros colores, otras estaciones. Pero ninguna fue hogar. Ninguna consiguió hacerme sentir tan cerca de mí como cuando todavía existías en la forma en que te conocí.

Siempre creí que tú serías quien leyera mi esquela, no tenía presupuestado que yo leyera la tuya, mucho menos creí que tú la escribirías. ¿Cómo se es juez, víctima y verdugo al mismo tiempo? Tú lo descubriste.

Tuviste el valor de matar a la única mujer de la que verdaderamente me enamoré. Y lo hiciste con la tranquilidad de quien cree estar despidiendo con nobleza a una buena amiga. No sé cómo explicarte lo injusto que se siente ver a alguien firmar el acta de defunción de quien todavía respira en tu memoria.

Escribí miles de letras pensando en ti, pasé noches enteras sin dormir por culpa de tu ausencia, me recriminé el no ser suficiente para ti y dolió tanto aceptar que tal vez nunca sería lo que necesitabas. Ahora pretendes matar tu pasado, escribiendo el nombre al que dediqué tanto tinta y llanto sobre una cripta.

¿Sabes qué es lo peor? Que ese nombre ya no era solamente tuyo. También era mío. Era el nombre con el que aprendí a rezar, el que pronunciaba cuando las noches pesaban demasiado, el que me obligó a escribir hasta dejarme sin palabras. No puedes pedirme que vea una lápida donde yo todavía encuentro un altar.

Tal vez creas que solo se trata de ti, que es tu forma de reinventarte, pero al matarla a ella me matas a mí, matas todo lo que significó. Tal vez eso no importe para ti, y no tendría por qué importarte, pero no puedo aceptar que me entierres junto a ella.

No voy a acompañarte en ese funeral. Si quieres despedirte de quien fuiste, hazlo. Si necesitas incendiar tus fotografías, romper tus cartas o borrar tu nombre de los márgenes de la historia, adelante. Pero no me pidas que cargue el ataúd de la mujer que todavía me salva del frío.

Me niego a creer que ella está muerta. Cada vez que entra aire a mis lastimados pulmones, significa que ella respira también. Porque no puedes matarla si sigue conmigo, y no dejaré que lo hagas.

Mientras siga recordando la forma en que sonreía, la manera en que sus silencios me hacían escribir y el calor que encontraba en la simple idea de su existencia, seguirá viva. Hay muertos que descansan en cementerios; ella decidió hacerlo en mi pecho. Ahí no la alcanzan tus decretos.

No sé por qué regresaste, tal vez solo para irte otra vez, tal vez para intentar matar lo que quedaba de ella, o tal vez porque no quisiste matarla del todo.

¿Será que ella pidió que me cuidaras antes de irse? ¿O será solo una última broma?

Hay algo que todavía la delata. Por más que cambies el nombre de las cosas, hay gestos que no aprenden a mentir. A veces siento que eres tú quien intenta convencerme de que ella ya no existe, y son precisamente tus ojos los que terminan contradiciéndote.

No voy a discutir contigo sobre quién eres ahora. Esa batalla te pertenece. La mía consiste en cuidar a quien conocí, porque mientras yo exista habrá alguien pronunciando su nombre con cariño, recordándola con amor y escribiéndole como si todavía pudiera leerme. Por favor, haz que mis letras llegan a ella, préstale tus ojos esta noche.

Sé que no se ha ido, y sé que hay algo de ella en ti, en lo oscuro de tus ojos, tus mejillas, tu nariz. Y si la sigo amando a ella, tal vez pueda amarte a ti.


En portada: The Amazing Spiderman 2 (2014)

Comentarios

TOP MENSUAL

La ordinaria filosofía de un calcetín.

Notas de vuelo. Vol. 1: "La revancha del Bajío"

Un poco más que ayer.