La ordinaria filosofía de un calcetín.

 

Cada tanto me encuentro sumergido entre epístolas y finiquitos, a veces con personajes que no estaban presupuestados; de cuando en vez, algunos de estos catalizan ideas a las que no les prestaba cierta atención.

En amistoso debate con ella, se discutía sin demasiados ánimos —ni argumentos— la solemnidad de esas fundas que destacan entre el zapato y el pantalón. Aquello ocurrió cuando ella tomó mi solemne —y algo pretenciosa analogía— y la redujo a lo que me referí a un "mugre calcetín". 

Quizá me enojé porque ella, igual que tú, encontró la manera de destrozar mis anticuados y pretenciosos intentos de solemnidad en una sola jugada, exponiendo mis inseguridades, las que intento cubrir con esa fachada de pseudo intelectual.

Pero más allá del bochornoso hecho, aquella afrenta me hizo pensar en que tal vez —porque no termino de aceptar— estoy en un error al demeritar lo chusco y ordinaria. Debe ser por mi manía a idealizar las cosas —o a las personas— que intento dotar de significado cada momento, como si tuviera tanto miedo de aceptar lo insignificante que soy. 

Y no es miedo a sentir que soy ordinario. Es el miedo de aceptar que, para ti, no soy más extraordinario que un calcetín. 

Pero lo ordinario, lo reemplazable, no tiene por qué verse como algo malo. Quien se sabe reemplazable, tiene también la opción de dar todo de sí e intentar ser extraordinario, no porque alguien espere que lo sea, sino por el deseo de sentirse merecedor del lugar que pretende ocupar. Y creo que en eso hay algo de nobleza.

Supongo que la próxima vez que desarmes mis nefastos academicismos con tu abrumadora y pintoresca espontaneidad, recordaré que lo ordinario también es una forma de solemnidad.

 

En portada: Stuck in love (2012)


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