El camino del Léon: ¡Habemus Papam!



Aún recuerdo claramente aquella tarde del 13 de marzo de 2013. Volvía de la escuela primaria y, como cada día, mi madre calentaba la comida mientras en la televisión de la cocina sonaba la voz inconfundible del “Teacher” Joaquín López-Dóriga. La transmisión interrumpía la programación habitual para anunciar que había fumata blanca en el Vaticano. Habemus Papam. Así lo proclamó, con una entonación peculiar y entrañable, el Cardenal Jean-Louis Tauran. Jorge Mario Bergoglio se convertía en el Papa Francisco.

Desde entonces, mamá y yo recordamos esa escena con una mezcla de ternura y humor, repitiendo a modo de broma familiar la famosa frase como si fuera un conjuro sagrado. No sabíamos entonces que aquel hombre de voz suave y mirada firme marcaría profundamente la manera en la que muchos —incluyéndome— nos relacionaríamos con la Iglesia católica.

Años después, en medio de mi adolescencia y ya inmerso en los cuestionamientos existenciales que acompañan al pensamiento crítico, empecé a alejarme de la fe. Fue en los pasillos de un colegio católico donde esa tensión entre lo dogmático y lo racional creció con más fuerza. No lograba encontrar a Dios, aunque tampoco hice gran esfuerzo por buscarlo. Durante el bachillerato, ya en un sistema laico, mi crisis espiritual dejó de ser crisis: se convirtió en certeza. Me asumí agnóstico, sin culpa ni miedo. Lo entendí como una forma más —legítima y humana— de estar en el mundo.

Citando al Dr. Robert Langdon, personaje de las novelas de Dan Brown: “La fe es un don que todavía no he recibido”. Hasta hoy, sigo sin recibirlo.

Y, sin embargo, pese a esa ausencia de fe, mi historia con la Iglesia nunca fue de ruptura total. Alguna vez me definí como “ateo guadalupano”: una paradoja que resume bien el cariño que le tengo a ciertos símbolos, personas y momentos que viví en comunidad religiosa. Frente a la cruz, aprendí a guardar silencio; en los gestos amorosos de las madres del colegio encontré abrigo; y en los mensajes del Papa Francisco, encontré razones para creer —no en Dios, quizás— pero sí en la bondad, la justicia, y la compasión humanas.

La Iglesia católica tiene muchas grietas —no pretendo negarlas ni minimizarlas— pero Jorge Mario Bergoglio fue siempre, para mí, una suerte de puente. Su humildad desentonaba con la rigidez de otros prelados; su empatía contrastaba con la soberbia de muchos creyentes que hablaban desde púlpitos morales. Francisco era un pastor, no un juez.

Hoy, 8 de mayo de 2025, he vuelto a estar frente a la televisión. Esta vez no hay sopa caliente, pero sí una taza de café entre mis manos. Cuando el Cardenal Robert Presvot apareció en el balcón como el nuevo sucesor de Pedro, no fue su nombre lo que me conmovió, ni el protocolo del anuncio, ni siquiera las palabras que pronunció. Fue su rostro. Fue ese instante breve —pero profundamente elocuente— en el que sus ojos se empañaron al ver a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro. Y luego, una lágrima. Sincera, limpia, sin pudor. Una lágrima que descendió lenta por su mejilla mientras intentaba sonreír. En ese gesto vulnerable y hermoso, lo vi no como un pontífice, sino como un hombre tocado por el peso de la responsabilidad… y por el amor de millones. Un papa que siente, que no teme mostrar que siente. En esa lágrima, encontré algo más poderoso que cualquier homilía: humanidad.

No soy creyente. Pero hoy, al igual que hace doce años, sentí que estaba presenciando algo sagrado. Y tal vez, sólo tal vez, ese también sea un don.

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