Figuras paganas (y otras idolatrías).
No me hace falta demasiada elocuencia para reconocer que he
sido un hombre de pocas conquistas, pero de muchas devociones. Hay quienes
nacen con el don de la persuasión amorosa, de la seguridad que les permite
entrar y salir de afectos ajenos sin dejar rastro. Yo, en cambio, siempre he
tenido una tendencia más bien eclesiástica: me arrodillo fácil ante ciertos
ojos, y conservo sus nombres como si fueran letanías.
Y cuando no hay fe suficiente, aparece la idolatría.
La situación, en el fondo, es sencilla. Lo que duele es no
saber qué hacer con lo evidente. Porque no es que no entienda lo que ocurre —lo
comprendo demasiado bien—; el problema es que no tengo el valor de asumirlo
como debería. A veces, la claridad no basta para tomar decisiones. Porque hay
amores que se entienden, pero no se superan. Y hay musas que no se tocan, pero
tampoco se olvidan.
Una de ellas —a veces de ébano y marfil, otras solo en cielo
bermejo— permanece en mi memoria como esas iglesias antiguas que uno admira
desde afuera, pero nunca entra. Tiene la belleza del mármol, el peso de lo
solemne. De ella, poco tengo salvo el recuerdo del silencio. Su nombre, que me
he prohibido escribir, ha sido la plegaria más recurrente de mi insomnio. Era
la cima a la que nunca intenté escalar, no por falta de deseo, sino por la
conciencia brutal de mi torpeza.
A veces uno no necesita que le digan “no” para saberse
descartado. Basta con sentirse las manos frías antes de hablar. Y como el alma
se resiente del vacío, algún día decidí buscar abrigo en otros ojos. En otro
tipo de fuego. Uno que no prometía eternidad, pero sí calor inmediato.
Llegó así una figura distinta, hecha más de carne que de
altar. Ella —más bruja que santa— no vino a salvarme, pero me hizo creer que la
salvación podía parecerse al vértigo. No me curó, pero anestesió. Y a veces eso
es suficiente para que uno se confunda.
Lo que ignoraba entonces —y todavía me cuesta aceptar— es
que hay venenos que se visten de remedio. Que hay abrazos que no cobijan, sino
que deshacen. Me entregué a esa nueva forma de idolatría como quien cambia de
fe sin dejar de ser devoto. Le recé también, le escribí, le soñé. Pero esta vez
no desde la distancia, sino desde una cercanía que desgasta. De ahí mi fatiga.
Escribo esto desde un lugar incierto. Entre la nostalgia por
lo que nunca fue, y el arrepentimiento por lo que sí fue. No me culpo del todo,
pero tampoco me absuelvo. Uno se vuelve adicto a lo que alivia, incluso si sabe
que no sana. Y aunque en apariencia la herida sea otra, reconozco que todo
empezó con la ausencia de lo primero. De lo imposible. De lo sagrado.
Hoy, el altar está intacto, pero la bruma no se disipa. La
bruja se fue, pero dejó su hechizo. Y yo, que nunca quise ser mártir, terminé
escribiendo mi propio martirio.
La situación es clara: ninguna cura me curó. Y, sin embargo,
sigo rezando frente al mismo altar.

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