Vigilia Infortunii: La insoportable anticipación al infortunio.

 
Con cierta frecuencia —porque decir “siempre” me resulta sumamente absolutista—, la víspera del suceso llega a ser más memorable y emocionante que el suceso per se.

Hace poco más de un año, me encontraba sentado en uno de los parajes del campus, estaba —según yo— en vísperas de la fortuna y regocijo de mi alma. Mientras esperaba la señal de una conocida tercera persona, por puro ocio abrí mis notas y comencé a escribir; fue —como casi todo lo que está escrito en mis notas— un mero ejercicio literario.

Aquella tarde que había presupuestado como una víspera de la felicidad, y no, no fue así, sino todo lo contrario. Lo que parecía una anticipación a las fanfarrias, se convirtió en un grito ahogado. Era —en realidad— la víspera del infortunio.

Y he decidido traerlo a colación porque, pensando un poco en el tono y contexto, las cosas no han cambiado mucho —a excepción de la fecha—. Hay cosas que no cambian, y aunque mi calendario sigue despojándose día con día, algunas de esas fechas siguen pesando hoy.

Les dejo pues con el texto que redacté ese fatídico 3 de junio del 2024.

Todavía no asimilo la idea de verte otra vez; es extraño porque por supuesto que deseaba verte más que otra cosa, pero una mezcla de miedo, nervios e incertidumbre me desbordan.

Ni siquiera sé qué decir, cómo empezar, si debería ignorar el hecho de que me dejaste moribundo por meses sin ninguna señal de vida o si tal vez sea buen momento para escupir todo lo que mi conciencia se ha guardado.

Parece que siempre trato de mantenerme estoico al llegar a la superficie de tu aura, pero en realidad solo es miedo de mostrarme como soy, no de una manera superficial ni burda (creo que está claro que nunca me ha interesado lucir sofisticado ni mucho menos), creo que tengo miedo de presentarte a mis delirios y demonios y de mostrarte las cicatrices de miedos y ansiedades que han dejado en mí.

Creo que he mancillado tanto mi autoestima que me siento vulnerable cada que haces cumplidos a mi memoria, a veces llego a creerlos (de manera parcial); tal vez por eso tengo tanto miedo cuando hablo contigo, porque me aterra la idea de que esa ilusión que tienes sobre mí se aclare y veas el gris de mis matices.

A veces he pensando en cambiar mis manías y mal humor, pero siento que, a unos centímetros de eso, está acabar con mi vida; no es un gran secreto que he coqueteado con esa idea (tal vez de manera melodramática) una que otra vez, pero amo estar vivo, porque solamente vivo puedo pensar un poco más en ti. Me han dicho que desde el cielo también suelen llegar esas memorias, pero los argumentos de la madre Rosa nunca lograron convencerme; además, seguro que mi lugar estaría un poco más abajo.

Ya me estoy quedando sin silogismos y todavía no sé qué decir en el hipotético de verte, tal vez debería hablarte en lengua muerta, no lo sé, no he tenido tan buenas ideas últimamente, pero tal vez tus ojos negros me ayuden a pensar en algo sobre qué escribir, o tal vez no, pero siempre han sido algo muy bello de observar.

 

En portada: The Procession of the Trojan Horse into Troy – Giovanni Domenico Tiepolo (c.1760)


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