Filosofía de una flor imperial.

Algo que he aprendido en mi muy corta —demasiado, en realidad— carrera en el póker es que cuando las cosas lucen demasiado buenas para ser verdad, es porque no lo son; sin embargo, de cuando en vez, uno puede presentir que algo bueno se avecina, es ahí cuando uno decide apostar hasta la última ficha y rezarle a Dios para que tengas razón.

Hace algunos años, antes —mucho antes— de que me iniciara en el póker, ya había estado en una de estas encrucijadas.

Nuestra historia comenzó con una mano no tan esperanzadora, pero que, por alguna razón creí que sería interesante dejar vivir. Mi intención ni siquiera era le de entrar a la mesa, pero no sé qué fue, tal vez su sonrisa, el hecho de que encontrara comicidad en mí, sus ojos castaños o la esperanza oculta de que algo bueno podría salir de ahí.

De a poco, me fui dando cuenta de que las cartas comenzaban a corresponderme. Ya podía saberme autor de una que otra sonrisa, logré adueñarme de un par de desvelos, comencé a figurar en sus pensamientos -o eso me gusta creer-, parecía que había futuro en seguir ahí.

A diferencia de mi postura política en aquel entonces, cuando se trata de apostar, siempre tuve un comportamiento mucho más conservador, y esta vez no hablo estrictamente de fichas. Mi vida era —casi en su totalidad— conducida bajo la Ley de Murphy, y eso permeó a cada aspecto de ella.

Las cosas parecían demasiado buenas para ser verdad. Analicé tantos escenarios como pude, fui tan optimista como pude y, aunque los datos no eran concluyentes, era casi seguro que las cosas no saldrían del todo bien. Pero eso no fue del todo malo; tener en mente que las cosas —tarde o temprano— se irían al demonio, me hizo apreciar un poco más cada momento.

Dijimos mucho, sentimos muchísimo más, pero lo que más pesa —sin duda— es lo que no sucedió. A diferencia de en el póker, sabía que podía ganar —o eso me cuento por las noches—, pero no era perder lo que me quitaba el sueño, no. La preguntaba que me hacía temblar era: ¿Qué haré si gano?

Un premio como ese escapaba más allá de todo lo que podía comprender, no iba conmigo. No quiero fingir modestia diciendo que “no lo merecía”, es solo que ella no habría lucido tan bella conmigo. Ya sé que suena idiota —no lo niego—, pero creí que sería la mejor decisión. Ella merecía mucho más de lo que yo podía dar —al menos en ese momento— y yo, bueno, tampoco hice demasiado al respecto.

Las cosas no fueron tan malas después de eso. Ella siguió encontrando motivos para sonreír, trasnocharse y reír hasta llorar. Mis textos dejaron de ser un acontecimiento y se volvieron meras rémoras de la memoria que aparecían en su buzón de cuando en vez. Ella lo niega, pero su vida es mejor, y sé que el día que o vuelva a saber de mí, las cosas no cambiarían mucho en la portada de sus diarios.

A mí tampoco me va muy mal que digamos. Después de aquella mano perdida, me dediqué a hacer algo en lo que sí soy competente: escribir. Con el tiempo, figuras paganas comenzaron a visitarme; una —en específico— aparece cada 500 noches, alimentando mi paranoia a cambio de leer mis delirios.

Ha pasado de todo en esta mesa, ya casi no me quedan fichas, pero tal vez la próxima noche tenga mejor suerte.


En portada: Casino Royal (2006)

Comentarios

LAS MÁS LEÍDAS

Sobre los huéspedes y otros embrujos.

Que la fuerza te acompañe: #MayThe4thBeWithYou

Sobre los celos, las ensoñaciones y otros pormenores.