Si tan solo pudiera amarte.

 

Resulta complicado explicar de manera lógica los actos que carecen de la misma, aquellos que parecen más cercanos a la doctrina que al raciocinio, alejados del pensamiento crítico, allegados al dogma. En esencia, tratar de explicarlo es un esfuerzo fútil. Nadie necesita entender la anatomía de las flores para complacerse de verlas, ni comprender la química detrás del calor abrazador del ron al deslizarse por la garganta.

En mi caso, la imposibilidad de enamorarme de ti parece tener la misma naturaleza absurda. No me resulta difícil admitir que me atraes —a ratos con violencia, a ratos con ternura—, pero no logro ubicar ese salto, ese vértigo que define el enamoramiento. Y sin embargo, me atormenta la idea de no poder ofrecerte lo que quizá merezcas, como si mis cartas estuvieran siempre destinadas a no superar la ciega.

¿Será a causa de tormentos del pasado? ¿Antiguas deidades reclamando su lugar? ¿Maleficios que siguen condenando mi existencia? Entre brujas, musas y figuras paganas, siguen renuentes a soltarme —o yo a ellas—.

A veces pienso que si estuviera realmente enamorado de ti, pondría en juego todas mis fichas. No me importaría la estadística ni las probabilidades, mucho menos la certeza de perder. Lo apostaría todo, sin reservas, sin mirar atrás, con la misma convicción con la que uno sabe que una mala mano puede, por azar o milagro, convertirse en victoria. Y solo ahí, quizá, podría acceder a ese futuro del que tanto huyo.

Un futuro que —siendo honesto— me aterra. Porque la belleza de imaginarlo es proporcional al pánico que me da asumirlo como real. El futuro contigo es, a la vez, el premio mayor y la condena más cruel. Y en esa paradoja encuentro la frustración de mi sentir: el desearte sin enamorarme, el pensarte sin atreverme, el mirarte con la sensación de que nunca estaré en tu misma liga.

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Es un odio extraño este que cargo: no el de rechazarte, sino el de no poder amarte como deberías ser amada. El de saber que mi afecto, por más genuino que sea, no alcanza a rozar la intensidad de un amor completo. Y a pesar de eso, aquí me tienes, jugando manos perdidas, levantando apuestas inútiles, aferrándome al mínimo roce de tus palabras como si fueran la señal de un destino que nunca se cumplirá.

Tal vez, si tan solo pudiera amarte, la historia sería otra. Pero por ahora, solo me queda esta contradicción: desear lo imposible y odiar lo evidente.


En portada: Companion (2025)

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