El hombre sin miedo.

 

Nunca me consideré una persona temerosa en el sentido tradicional. No le temo a la oscuridad, a las alturas, o al riesgo de caídas. Tampoco me asusta el ruido de los golpes, ni las derrotas que, con los años, se vuelven costumbre. En más de una ocasión he visto desmoronarse lo que creía eterno y, sin embargo, he seguido caminando como si nada. Hay quienes creen que eso es valentía; yo lo llamo resignación.

Pero hay algo —alguien, más bien— que consiguió hacer tambalear esa convicción que tanto me había costado forjar. No fue a través de una escena grandilocuente ni de una tragedia poética, sino con algo tan simple como una mirada. Esa figura femenina (a veces pagana) representa todo lo que un hombre sin miedo no debería temer. Y sin embargo, lo hace.

No sé si fue la cadencia de sus silencios y su manera de habitar en ellos, pero frente a ella, todo lo que alguna vez creí sólido se volvió aire. Mi mente —siempre tan ordenada— perdió el rumbo, mis manos sudaron sin motivo y el corazón, músculo arrogante, decidió actuar por cuenta propia. Desde entonces, he intentado entender por qué, y no he podido —o quizá no he querido—.

Me gusta pensar que el miedo es una señal de algo profundo, un recordatorio de que todavía soy capaz de sentir. Porque uno puede vivir mucho tiempo sin miedo, pero eso también significa vivir sin vértigo, sin esa punzada que anuncia que algo —o alguien— nos importa demasiado. Y lo curioso es que ese temor no viene de ella, sino de mí. No temo a lo que pueda hacerme, sino a lo que podría despertar.

Nunca he sabido explicar del todo de qué huyo. Tal vez temo convertirme en ese hombre que apuesta todo por una causa perdida, o en el que confunde la inspiración con la redención. Quizá lo que me aterra no es ella, sino la posibilidad de volver a escribir desde la herida y no desde la distancia. Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, me descubrí vulnerable ante algo que ni siquiera ha ocurrido.

Y así, el hombre sin miedo, el que alguna vez se creyó invencible, camina con cuidado por los márgenes de una historia que no se atreve a comenzar. Porque hay romances —o preámbulos de ello— que no buscan cumplirse, sino recordarnos que seguimos vivos. Y mientras tanto, me repito que no le temo a nada, aunque sepa bien que eso dejó de ser cierto el día que la vi.

Tal vez algún día me atreva a descubrir de qué tengo miedo. Pero no hoy. Hoy prefiero fingir que sigo siendo el hombre sin miedo, aunque el solo pensar en ella me haga temblar.


En portada: The Hesitant Fiancee – Auguste Toulmouche (1866)

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