Los que no usan disfraz.
Hoy quiero compartirles este pequeño relato de noche de brujas. Espero que puedan disfrutar de esta lectura tanto como yo disfruté escribiéndola. Feliz noche de brujas a todos.
"Los que no usan disfraz"
Las
lluvias del verano habían cesado; de repente, el viento otoñal se hacía notar.
Ya no era la lluvia sobre el pavimento lo que resonaba, sino el crujir de los
árboles y el silbido del aire contra las hojas lo que daba sonoridad al
ambiente.
A la
víspera de la noche de brujas, me encontraba en la casa hogar de los salesianos
de San Juan Bosco, al sur de la ciudad. Aquel lugar, de pasillos estrechos y
olor a madera vieja, se había vuelto una suerte de refugio para mí.
Desde
hacía unos meses colaboraba ahí como profesor, enseñando a los niños a tocar lo
que pudieran: una flauta rota, una guitarra sin cuerdas, una voz que no conocía
aún su propia melodía.
Esa tarde,
me quedé más tiempo del habitual. No fue intencional; simplemente perdimos la
noción del reloj. Inés, una niña de ocho años, de cabello enmarañado y voz
diminuta, insistió en que la ayudara con una pieza que había aprendido de
memoria. Tocaba el xilófono con una delicadeza impropia de su edad. Cada nota
parecía un intento de ordenar el mundo, una pequeña invocación contra el
silencio.
—¿Te das
cuenta de la hora, Inés? —le pregunté al ver que ya casi no quedaba luz afuera.
—No importa, profesor. Hoy no hay que dormir temprano —respondió sonriendo.
—¿Ah, no? ¿Y eso?
—Porque hoy salen los que no descansan —dijo, bajando la voz—. Pero si lleva
esto, no lo van a ver.
Sacó de su
bolsillo una pulsera tejida con hilo rojo y una pequeña cuenta de madera al
centro. Me la colocó con solemnidad infantil.
—Es para
que lo confundan con uno de nosotros. Todos aquí tenemos una.
No quise
contrariarla. Sonreí y la dejé atarme el amuleto. “Gracias”, le dije, aunque no
entendía bien de qué me estaba protegiendo.
Apagué las
luces del salón y me dirigí al despacho del Padre Pino, un hombre de bigote
generoso y fe incansable, aunque algo permisiva. Al pasar por los corredores,
noté algo curioso: varios niños, aún despiertos, corrían disfrazados de
monstruos, brujas, esqueletos. Había risas, máscaras y globos naranjas.
—Padre —le
dije cuando entré en su oficina—, ¿y esto? ¿Disfraces de brujas y demonios en
un orfanato católico? No me diga que canonizaron a Drácula.
El padre
soltó una carcajada.
—No me
mire así, muchacho. Fue idea de Elena.
Mi corazón
dio un pequeño salto. Elena era la encargada de los talleres y mi compañera en
las tardes de voluntariado. Alta, de mirada curiosa y sonrisa tan tibia que
parecía tener luz propia. La conocí meses atrás, pero bastó poco para que su
nombre se volviera un eco constante en mis pensamientos.
—Dijo que
los niños también merecen celebrar —continuó el padre—, que no todo en la fe es
abstenerse del mundo. Y, bueno… esa muchacha es tan obstinada que resulta más
sencillo para mí decir que sí.
Sonreí,
intentando disimular cierta punzada de celos ante la natural autoridad con la
que ella imponía ideas incluso dentro del santuario del padre Pino.
—Deberías
quedarte —me sugirió el sacerdote, sirviéndose una taza de té—. Elena preparó
una pequeña fiesta. Verán películas y comerán dulces.
—Me encantaría, padre, pero tengo que llegar a la universidad, aún tengo que
entregar más de mis reportes. Pero estaré aquí temprano, como siempre.
—Como quieras, hijo. Como sea, me da gusto que estés aquí, aunque sea de paso.
Los niños te aprecian mucho, y creo que ella también...
—Seguro…
—Hablo en serio. La forma en que te mira, su reacción al verte enseñando. El amor
joven es el más hermoso.
—¿A caso trata de sabotear mis planes de entrar al seminario?
—Lo último que necesita este mundo es más hombres con sotana…
— Hmmm… —reí— Hasta luego, padre.
Nos
despedimos. Afuera, el viento se había vuelto más áspero. Me subí la bufanda,
revisé que mi mochila estuviera cerrada y salí a la calle.
Esperé
unos minutos el autobús en la esquina, pero el camino estaba vacío. Ni una luz,
ni un ruido de motor. Solo el silbido del aire, las hojas corriendo por el
pavimento y la sensación incómoda de ser observado.
Decidí
caminar. El sendero que bordeaba el orfanato se perdía entre eucaliptos. Cada
paso era acompañado por el murmullo de las ramas, un murmullo que, por
momentos, se confundía con susurros humanos. No era miedo aún, sino una especie
de inquietud animal, ese instinto que nos recuerda que no estamos solos.
A mitad
del trayecto, el viento cambió de tono. El silbido se volvió un lamento. No
podía distinguir si provenía del bosque o de mi cabeza. Aceleré el paso,
tratando de no mirar hacia los lados. La pulsera que Inés me había dado se
sentía tibia, casi viva, pulsando contra mi piel como un corazón ajeno.
Pasaron
minutos o quizá horas. No lo sé. Solo recuerdo llegar a casa y cerrar con llave
sin mirar atrás. Esa noche no dormí. Me senté en la cama, con la guitarra en
las piernas, intentando tocar algo, cualquier cosa, pero mis manos temblaban.
Cada sonido del viento me hacía voltear. En algún momento, me dormí con la luz
encendida.
Al
amanecer, el cielo tenía un color cenizo, como si el sol se hubiera negado a
salir.
Me vestí y
salí rumbo al orfanato. Llevaba un termo de café y una lista de canciones para
ensayar con los niños. Pero al doblar la esquina, el aire se me fue del cuerpo.
Donde
debía estar el edificio, solo quedaban cenizas.
El fuego
había devorado todo: los muros, el aula de música, los juegos. Policías
acordonaban la zona. Algunos vecinos observaban en silencio. Me acerqué,
confundido, hasta que un oficial me detuvo con la mano.
—No puede
pasar, señor.
—Soy profesor aquí —dije, sin pensar—. ¿Qué ocurrió?
El hombre
me miró con pesar.
—Incendio
durante la madrugada. No hubo sobrevivientes.
Sentí un
nudo en la garganta. Las palabras parecían flotar a mi alrededor sin tocarme. Solo
alcancé a preguntar:
—¿Y la
señorita Elena?
El policía
bajó la mirada.
—La mujer…
fue encontrada en la entrada. Se cortó el cuello con un vidrio. Dicen que
estaba esperándolos.
No
recuerdo mucho después de eso. Solo sé que el viento volvió a soplar, trayendo
consigo un leve olor a humo y a madera vieja. En mi muñeca, la pulsera de Inés
seguía intacta.
Esa noche,
al intentar dormir, juraría haber escuchado una melodía conocida. Un xilófono,
sonando a lo lejos, entre los árboles. Tres notas dulces. Tres notas tristes.
Desde
entonces, nunca más enseñé música. Y cada noche de brujas, cuando el viento
arrecia y las luces titilan, me parece escuchar voces infantiles cantando entre
las llamas.
Quizá solo
sean los ecos de mi conciencia. O quizá —como decía Inés—, los que no descansan
siguen reconociendo a los que no usan disfraz.
En portada: Donnie Darko (2001)

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