Todo puede empeorar, seamos felices mientras podamos.
Cuando creí que mis problemas no podían ser peores, aquella frase de Coco Celis hizo más sentido que nunca: “a la mañana le cuesta la misma mañana”.
La escena, para no extenderme en lo trágico, fue más o menos
así: semáforo en rojo, café aún tibio, y un instante después, el sonido seco de
una camioneta estampándose contra la parte trasera de mi coche. La física hizo
lo suyo y yo, obediente a las leyes de Newton, sufrí los efectos del “latigazo”.
Aquellos que han experimentado un siniestro de tal magnitud
entenderán el sentimiento de impotencia, enojo, tristeza y frustración. Pasadas
varias horas y con el apoyo de ángeles y héroes urbanos, regresé a casa con mi
auto —o lo que queda de él—.
Mi hermana, una sagaz doctora y estudiosa de la
traumatología, me refirió a hacerme una radiografía. Así, tomé el transporte
público, el mismo que no tomaba desde hacía ya un buen tiempo; recordé esos
rostros cargados de historia y los sonidos de la jungla pavimentada, pero eso
es prosa para otro cuento.
Al regresar a casa, con la garganta hecho nudo, hablé con
mamá, quien remató la conversación telefónica con un: “pero tú estás bien y eso
es lo único que importa, Dios no nos abandona”. Terminada la llamada, un
sentimiento que —presiento— se venía cosechando desde el primer instante del
siniestro, se desató en mi ser y me solté a llorar.
Lloré como no lo había hecho hace mucho tiempo. “A moco
tendido”, dirían coloquialmente. Me repetía constantemente: ¿Por qué a mí?”.
Había hecho todo bien, y con todo eso, las cosas salieron mal. ¿Es que acaso me
invadía la culpa? ¿Culpa de qué? Si no había sido yo el perpetuador de los
hechos.
La culpa, a sabiendas de no ser mía, se instauró en mi
pecho, me atormentó en soledad y no había palabra en el mundo que lograra
consolarme.
Con el paso de las horas entendí algo que no suele llegar a
tiempo: no fue el fin del mundo. Pudo haber sido peor, mucho peor. Y en esa
constatación absurda encontré algo parecido a la paz. Porque sí, la vida a
veces se empeña en recordarnos su fragilidad con un golpe de metal y ruido,
pero también nos deja el alivio de seguir aquí, respirando, aunque sea entre
lágrimas y papeles del seguro.
Quizá ahí está la enseñanza —si es que hay alguna—: mientras
el mundo no termine de caerse, mientras tengamos un poco de aire y una excusa
cualquiera para sonreír, conviene hacerlo. Ser felices aunque sea por
terquedad, aunque sepamos que todo puede —y probablemente va a— empeorar.
Y quién sabe, tal vez el lunes, cuando el cuello deje de doler
y el café vuelva a saber a café, me anime a hablarle a la muchacha del
exclusivo. Total, si la vida insiste en ponerse peor, al menos que me encuentre
intentándolo.
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