Ceferinas y peregrinos.
Hacía ya hace un tiempo en que su recuerdo se había convertido más bien en un cuadro colgado en las paredes de mi conciencia, uno que —a pesar de abarcar casi toda la pared— comenzaba a sentirse como parte del paisaje de mis antiguas memorias.
Claro que más de una vez me sentaba en el sillón de la
nostalgia para observarle, no como quien busca la respuesta a una pregunta
ahogada, sino como una manera de refugiarme en el pasado para sobrellevar el
terrible presente y tener una razón para despertar en el impredecible futuro.
Hace un par de días, en el ocaso del festejo a Santa Cecilia
—y con las manos más guiadas por la pasión que la razón— le escribí unas
cuantas letras. Sin mucha fe, envié aquel texto.
A la mañana siguiente, saliendo de misa dominical, vaya
sorpresa me llevé al darme cuenta de que había llegado más allá de su buzón y
más aún al saber que —por imposible que suene— ella había dado respuesta a mis
lúgubres palabras.
Pasaron pues los días. Su imagen había tomado fuerza —no es
que la hubiera perdido en algún momento— y su recuerdo se volvió una presencia
cercana. Ya no era parte del paisaje, no, era algo más.
Poco después, sentado a los pies de mi alma máter, sentí su
presencia. No bastó más que alzar la mirada para darme cuenta. De pronto,
aquellas memorias que habían permanecido dormidas por casi un año despertaron
de forma caótica causando una avalancha sentimental.
¿Será una coincidencia que justo después de ser abandonado
por falsas deidades y figuras paganas, el dogma original regrese? Siendo
realista, no creo que se trate de un regreso —no ahora, al menos—, pero tal vez
—como lo dijo aquella bruja— sea una visita a sus viejos dominios. ¿Con qué
fin? No lo sé, tampoco me intriga.
Regreso, visita o coincidencia. Hace semanas me hallaba con
la misma cuestión. Y tal como lo dije antes: la terminología es lo que menos me
importa.
Volví a sentir que se me quebraban las piernas, las manos se
me entumecieron y conjugar se volvía complicado. ¿Enojo, tristeza, nostalgia,
melancolía, reproche? Tal vez, pero no había forma de esconder mi sonrisa.
A penas regresó y ya siento que la extraño. Tal vez porque
me acostumbré —por no decir ‘acomodé’— a extrañarla. ¿Seré una memoria usual en
su pensamiento? ¿Aún figuro en su menester? Tal vez la próxima vez —si es que
la hay— pueda responderme eso.
Con un poco de suerte, no será la última vez que vuelva a
sentirme abatido por sus ojos negros. Hasta entonces, tendré que conformarme
con verlos al óleo.
En portada: Harry Potter and the Deathly Hallows – Part 2 (2011)
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